Batman en Notre Dame

Me antoja que Bruce Wayne también se habría sumado a la lista de Pinault, Arnault, Apple, Trump, etc., con unos cuantos milloncitos para la reconstrucción de Notre Dame. Porque así se comportan los súper héroes que nos tocó ver en cine —y en las noticias—: ellos restablecen el orden.

Mi ser más banal disfruta repitiendo una y otra vez la trilogía que Nolan hizo de Batman. Pero mi ser que no lo es tanto —que de ninguna manera se ufanará de ser crítico de cine con lo que viene a continuación— no puede dejar de ver que son Ra’s al Ghul, Talia al  Ghul o Bane quienes quieren —mediante unas vías un tanto polémicas que no discutiré acá— plantear un orden social diferente que acabe con la corruptela, la manguala y la cochinada de Ciudad Gótica y, por ende, de cualquier sociedad que se le parezca.

Pero entonces llega Batman a hacer la de Fajardo, diciendo que él no está de un lado ni del otro, pero que, en cambio, todo debería seguir como está. Es decir, con gente divinamente pero decente que invierta enormes sumas de dinero —del que les sobra, desde luego, y que genera excención de impuestos, por supuesto— en una fachada filantrópica creada para hacerse los que solucionan problemas a la larga causados por ellos mismos al tratar de captar sumas todavía más obscenas de dinero. Para conseguirlo, Batman le da una zurra bien brava a los terroristas gracias a un cojonal de dinero que ha invertido en tecnología militar y después de acabar con ellos —spoiler alert— se jubila con una pensión extraordinaria para compartir con Gatúbela —que, ya desmovilizada, lo hace ver de mente abierta— en alguna casita modesta de Toscana.

Todo puede estar mejor si el modelo sigue igual, es lo que nos viene a decir cualquier súper héroe gringo, que es la misma vaina que cualquier filántropo multimillonario. Y me antoja que esa idea que domina nuestra perseverancia está aferrada hasta la médula de lo que llamamos innovación.

Que Notre Dame sea recuperada o no me tiene sin cuidado, y no porque desconozca el valor que tiene para la cultura occidental, sino porque esa misma cultura occidental reaccionó, en cabeza de los máximos exponentes de nuestro desbalanceado sistema, no a plantearnos un debate para revisar su pertinencia —el palo no está pa’ cucharas—, sino simplemente a levantarla de nuevo.

Entonces Notre Dame me recuerda la crisis financiera gringa de la década anterior: Wall Street, símbolo de la pudredumbre de un sistema económico basado en la especulación, nos revela sus vergüenzas tirando a la calle a miles y, a pesar de eso, un gobierno atado de manos rescata todo el sistema financiero. Claro, en algo se diferencian ambas situaciones: podríamos decir que la crisis financiera estadounidense requería acciones inmediatas, mientras que Notre Dame puede esperar —si bien Macron salió a decir que en cinco años estará lista—. Pero debería alertarnos nuestra incapacidad tanto para darle lugar a discusiones sobre la pertinencia del símbolo en la actualidad y ahí sí tomar acción —Notre Dame—, como para anticiparnos a los colapsos por venir de instituciones de las que tenemos herramientas para sospechar —crisis ambiental-financiera, por ejemplo—.

Sospecho que ambas incapacidades tienen que ver con que nuestra idea de innovación —que es la administradora de nuestra idea de cambio hoy en día— está íntimamente arraigada a la conservación del sistema tal cual es. Es una innovación de la preservación y no de la transición. Basta con leer uno de los referentes más renombrados del diseño actual, Tim Brown y su Design Thinking, para encontrar por todas partes guiños sobre cómo cualquier acción de diseño —AKA innovación— debe abogar por la sostenibilidad del planeta y del sistema económico, par que según muchos teóricos de la economía y el medio ambiente es sencillamente incompatible. Pero es ese tipo de innovación el que se nos propone en academias e institutos sin abrir espacio de discusión alguno. Es el tipo de innovación que un tipo como Bruce Wayne lleva en la sangre y por el que, además, es reconocido.

¿Qué vendría a ser una innovación contudente, entonces? Una en la que el colapso de las instituciones que hoy rigen nuestro tejido social fuera el foco de reflexión para comprenderlas y ahí sí aplicar la trillada máxima: conocer la historia para no estar condenados a repetirla. Y a partir de la elucubración sobre esas situaciones hipotéticas pero altamente probables —qué hacer cuando el capitalismo sucumba; qué camino tomar si la religión fracasa; cómo reaccionar cuando veamos el lado patético del emprendimiento; etc.—, diseñar alternativas viables que nos den claridad sobre cómo operar para conseguir realidades otras.

Pero esas preguntas nos toca hacérnoslas a nosotros, a quienes el tema de la innovación convencional nos incomoda, en espacios realmente divergentes que procuren otras formas sociales. No vale esperar que Bruce Wayne, Bill Gates, Elon Musk, ni mucho menos el finado y sobrevalorado Steve Jobs, se las formularan. A ellos les basta con seguir siendo los súper héroes innovadores que levantan imperios de innovación para mantener el orden.

Eventualmente otra catedral caerá y ellos, filántropos de vanguardia, acudirán a levantarla. Y todo seguirá igual.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s