Generalizar a quien generaliza al estudiante que marcha

“No hay que generalizar”, pregonan todos como si supieran de qué hablan. Sí, todos. Desde esa particularidad absoluta con que este tiempo nos etiquetó pero que nadie podría demostrar que merecemos, izamos una bandera-comodín que nos arropa y nos deja ser tan convencionales como siempre, y, de paso, nos salva de hacernos responsables de la dejadez inercial de época a la que nos entregamos para seguir siendo un consumidor más que no arrisca a ciudadano.

Pedimos que no se generalice porque nos convencieron de que no somos iguales. Frases como “No se sientan diferentes. ¡Siéntanse especiales!” [1], sacada de algún manual de superación personal completamente apolítico, acentúan esta idea todavía más. Y nadie nos aclara que el no ser iguales tampoco quiere decir que seamos diferentes. Así las cosas, viendo cómo el áuge apaciguador del ánimo que el me gusta encarna y que nos impide toparnos con lo estremecedor que resulta lo realmente diferente, como dice Byung-Chul Han [2], aceptamos a manos llenas la diversidad pero erradicamos de nuestras vidas la posibilidad de vivir la alteridad.

Nos reducimos, así, a evitarnos el dolor que pudiera implicar darnos cuenta de que no somos tan singulares como las narrativas retumbantes de la actualidad nos dicen —¡es que con presidente coach es todavía más jodido!—y el problema que esto conlleva es que en nuestra empresa egocéntrica por no untarnos de comportamiento de muchedumbre, terminamos llevándonos por delante el intento de cualquier científico social o ciudadano por ayudarnos a entendernos como colectivo.

Pero no se trata de que los ciudadanos de nuestro amado y desastroso país no sepan el uso que se le da a la generalización en tanto generación de conocimiento, no. Sospecho que lo saben tan bien que lo usan a conveniencia —¡a conveniencia ideológica!— y el caso estrella para mostrarlo es la protesta estudiantil que vivimos por estos días los colombianos.

Sin medirse, sin interés alguno por salvarguardar la dignidad del porcentaje que su sesgo cuantificara como minoría —y que en cualquier otro caso sería causal de un airado “¡no hay que generalizar!”—, el ciudadano-científico social, dueño del diagnóstico universal y objetivo de la situación, generaliza: “¡los estudiantes que marchan son vándalos!”, “¡los estudiantes que marchan son vagos!”. Ahora la generalización, como máxima expresión de un empirismo prejuicioso, sí es ciencia y, faltaba más, no hay riesgo de ser afectada por un sesgo ideológico.

¡Joder, qué vergüenza damos! Son decenas de miles de estudiantes que, como ellos mismos dicen, salen a marchar parchado, frente a unas cuantas decenas de encapuchados —sobre las cuales hay material suficiente para dudar de su procedencia: desde extrema izquierda hasta tiras o encubiertos del ESMAD— y aún así la infinitamente mediocre conclusión del ciudadano que posa de científico social para dar un juicio ideológico, es que una minoría ridícula representa la apabullante mayoría. Entonces es cuando encuentra importante generalizar.

Es que hasta políticos que se ufanan de serios, como Juan Carlos Pinzón —¿lo recuerdan? Sí, el inmolado de Vargas Lleras—, han salido con perlas similares: “Hay que incentivar el amor por lo público —dijo en un pánel el martes pasado— (pues) no es común que en las protestas dañen lo público”. No le interesa al señor contrastar lo que dice con los hechos de esta misma semana en Francia —aunque salgan algunos agringados a decir “que es que allá no hacen más”[3]— ni mucho menos enunciar las protestas contra Maduro —con las que seguramente sí está de acuerdo, pero ahora no es conveniente mencionar—, porque se le cae la generalización de la protesta. Y eso que no le estamos dando vueltas a lo del “amor por lo público”, pues lo que están haciendo estos estudiantes es una forma bastante contundente de demostrar ese sentimiento.

Me antoja, entonces, que el problema explota cuando el otro, la alteridad, el que realmente es diferente, aparece y pone en jaque al sujeto que habita o garantiza la permanencia del statu quo. Así es como este reacciona ya sea pidiendo que no se le generalice, pues siente que su mera diversidad no alcanza para impedir ser invisibilizado entre la masa. Esto garantiza no tener que exigirse, no tener que procurar una diferencia real sino conservar aquella con que fue etiquedado —tal vez desde niño— pero que no merece. Y del otro lado, el generalizar se vuelve una herramienta poderosa para neutralizar a ese otro que no puede soportar porque pone en evidencia su mera diversidad, ya que sí representa diferencia. De ahí que generalice por lo bajo, por lo inverosímil, por lo traído de los cabellos.

Sí, esto es generalizar sobre los que generalizan, y si usted se siente generalizado, bien pueda tomar o no mi diagnóstico. O generalizarme para neutralizarme.

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[1] Pronunciada por una señora muy prestante, Bisila Bokoko —que fue presidente de la Cámara de Comercio España-Estados Unidos por varios años—, en el evento “Empresas con Doble C” organizado por Corpovisionarios, el pasado lunes 26 de noviembre de 2018.
[2] Byung-Chul Han en La salvación de lo bello.
[3] También lo dijo en el evento de Corpovisionarios el pasado martes 27 de noviembre en el pánel de expertos sobre la cultura ciudadana en las empresas.
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