Idología (o el oficio de ensalzar a un candidato)

Durante un par de semanas cargué el jodido peso de intentar escribir sobre mis críticas a la patética campaña del candidato a la presidencia que hace más de tres meses osé escoger. Más de diez mil palabras escribí describiendo la incompetencia del equipo de campaña basada en el voluntariado —modelo que considero nefasto en una sociedad intelectualmente de avanzada—, tratando de ponerlo en clave de “esta gente me tiene a punto de darle mi voto a Petro”. No contento con mi enredo, la cosa se puso crítica cuando me dio por abrir la bocota para manifestar públicamente y sin explicar razón que estaba a punto de retirarle mi voto a Claudia y a Robledo —por interpuesta persona—, pues fue como si hubiera activado el botón que convierte a cualquiera en evangélico.

Sin decir que tuvieran una mala intención —ni estos evangélicos temporales ni aquellos de dogma—, una lluvia de columnas de opinión recomendadas cayó sobre mí, terminando yo por leerlas todas —imbécil— como si en ellas fuera a encontrar la luz. ¿Puede haber ingenuidad mayor? Lo dudo. Ingenuo porque en la inmensa mayoría de los escritos más que encontrar la ideología esperada y tácita de este tipo de textos, lo que terminó por revelarse fue algo que llamaré idología.

Quienes querían que me quedara con Fajardo me compartieron opiniones de gente que muchos llaman intelectuales —pero que yo no— como Rodolfo Llinás; de personas admiro como Uprimny, García Villegas, e incluso me hicieron ver que uno de mis referentes en sociología lo apoyaba: Richard Sennett —la gente estaba pesada—. Por su parte, los del lado de Petro me recordaron que a él lo apoyaban otros a quienes les reconozco mucho valor —ahí sí— intelectual, como Santiago Castro-Gómez —con la Red de Estudios Críticos Latinoamérica— y Luciana Cadahia, entre otros, pero también a dos grandes a quienes admiro enormemente: Arturo Escobar y Carolina Sanín —¡es que como lo conocen a uno, abusan!—.

Los leí a todos, insisto. No hubo luz. Esencialmente porque la inmensa mayoría se concentraban en decir por qué su candidato era tan maravilloso, acentuando el contraste con el contendor sacándole en un par de renglones los trapitos al sol. Con las flores de lado y lado no tenía problema alguno, pero fue con los trapitos con lo que empezó a tener sentido mi terapia: no debía atender a los recomendados como disimuladamente me los compartían —”oiga, qué difícil estar confundido. ¿Por qué no lee esto a ver si le ayuda (a votar por mi candidato)?”—, llenos de piropos hacia ellos mismos y una que otra crítica contundente y verídica hacia el otro, sino desde el vacío ciudadano que deja entrever la idea de un candidato ideal.

(Nota del 26 de mayo: gracias a un comentario que el creatorista Mateo me hizo, es importante señalar que si bien estoy hablando de lo que me pasa alrededor de dos candidatos, este fenómeno no es exclusivo de ellos.)

No sé hasta qúe punto sería consciente, pero desde que me monté en el bus de la pre-candidatura de Claudia López, por allá a finales de 2016, empecé a decirle —con ingenuidad de blogueroque su apuesta por la corrupción tenía vacíos alrededor de cosas que yo venía construyendo de tiempo atrás con los creatoristas. ¿Qué conseguí cuando se lo compartí a quien fuera que estuviera contestando en sus redes sociales? Lo que seguramente consigue cualquier aparecido que intenta ser escuchado: “Hola, muchas gracias por tu mensaje. Si quieres ser voluntario de la campaña de Claudia, comunícate con…” —por supuesto que leí lo anterior con voz de gomelería infinita—. Después, apoyando la decisión de la Coalición Colombia pero mostrando mi esceptisimo con respecto a Fajardo, me denuncié incoherente antes de que otro lo hiciera y después reafirmé que votaría por él a pesar de mí. En esa última ocasión compartí mi texto con uno de los jefes de campaña del hombre y su respuesta fue clara en el poco interés que le despertaba mi problematización: “Fajardo no es de izquierda. Es de centro”.

En esos tres textos, sin planear las conclusiones que propongo en este cuarto, no solo le planteé dudas a dichos candidatos sobre lo que representaban sino, como vengo procurando de tiempo para acá, dudé de mí como ciudadano objetivo. Inconscientemente me embarqué en la procura por un diálogo que me permitiera, por una parte, expresarle a mi candidato —sí, desde la ingenuidad de un blog— qué no me parece de lo que planea y plantea, qué creo que debe revisar desde mi perspectiva; y por otra, mostrarle que estoy pendiente de cualquier estupidez que pueda hacer —como el no tener conocimiento sobre los acuerdos con Fecode; como el ponerse el eslogan #PresidenteProfesor y quedarse corto en la complejidad de sus explicaciones; como el armar un equipo de campaña a punta de voluntarios con muchas ganas de hacer pero sin un liderazgo crítico que los haga ver como el equipo de un profesor y no como el de un coach de vida; o lo peor, la idea de traer a cinco conocidos a que voten por Fajardo… o que en su defecto se metan a Amway — para así, acto seguido, exigirle que me respete. Porque, Fajardo, hombre, debo decir que su campaña me ha insultado sistemáticamente con tanta ligereza, superficialidad y arribismo.

Eso es lo que creo debe hacer un ciudadano responsable hoy: mostrarle al candidato de su preferencia que lo admira, sí; que le reconoce virtudes, sí; que le emociona su postulación, sí; … pero sobre todo que le va a exigir ser competente porque, no me joda, ¡el palo no está pa’ cucharas!

Así las cosas, cierro mi intento por participar en estas elecciones sin decirles si Fajardo y Claudia —que también se puso en la tarea (que comprendo pero no comparto) de ensuciar a la izquierda tratando de sonsacarse unos voticos— me alcanzaron a espantar para terminar dándole mi voto a Petro, pero sí compartiéndoles el pánico que me produce ver a tanta gente ensalzando candidatos que si bien son óptimos, dejan todos mucho que desear como para echarse un país al hombro. La ciudadanía colombiana necesita entrenarse en la tarea de controlar a sus candidatos, de exigirles, de criticarlos, de recordarles constantemente que ellos son sus servidores y no al revés.

De otra manera, si seguimos dando papaya idológica —así como pasó con Uribe—, estaremos haciendo de esto un caldo de cultivo para el autoritarismo. A la larga, si no exigimos en campaña, ya posicionados nos tendrán mediditos.

Dedicado a todos los que inconsciente o conscientemente
intentaron evangelizarme

Nota: a quien le interese, de todas esas columnas de opinión que terminé leyendo les dejo las dos únicas con que me identifiqué: una de Jorge Gómez Pinilla y otra de Mario Jursich Durán.

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One thought on “Idología (o el oficio de ensalzar a un candidato)

  1. El creatorista jugando al vértigo.
    Recién leí… ¡Cómo se ven las cosas después de que pasan! Hoy veo la img. de Duque, el “presidente electo”, y releo la última parte de tu texto.

    Como siempre, gracias por compartir.

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