Por Fajardo, a pesar de él, pero sobre todo a pesar de mí.

Mis respetos para quienes se suman a hacer campaña a estas alturas. Recuerdo de La Ola Verde lo desgastantes que fueron para mí los dos o tres días en que salí a la calle a conversar con la gente sobre por qué era importante votar por alguien como Mockus. De verdad, mi admiración total y mis más firmes deseos de que no pierdan la cabeza por andar en esas a tan poco tiempo de elecciones. Creo que, a estas alturas, conseguir votos a favor de uno o del otro es un tema demandante.

De ahí que no escriba para convencer a nadie de votar por Fajardo sino sólo por justificarme. Dado que no creo en (1) la idea de centro que Fajardo propone —insisto en que su idea de centro es populismo de derecha… como un MBA—, (2) en eso de que hablar de derechas e izquierdas es anacrónico —cuentico que hasta Ordóñez echa y que sólo aboga por la despolitización radical que, en consecuencia, le entrega al centro (de derecha) las nuevas posibilidades electorales—, (3) en que si quedara Petro nos sumiríamos en una polarización sin precedentes —como si fuera culpa de él y no de los antecesores—, (4) que es un mal administrador —lo visto en Bogotá, a mi juicio, no deja claridad sobre el tema puesto que era conveniente para muchos que no pudiera gobernar— (5) o que no tendría gobernabilidad porque el país no pasará de la derecha recalcitrante a la izquierda vanguardista —va de la mano con lo anterior, sin embargo en Latinoamérica ya hemos visto casos de izquierda que han logrado pilotearla—, hablaré del único par de argumentos que tengo para hacerlo: uno estratégico y el otro político.

El estratégico, que muchos ya han mencionado, es que si de ganar se trata y Petro llegara a segunda vuelta, mucha gente de Fajardo se iría a votar contra él porque creen al menos uno de los puntos que listé en el párrafo anterior —cuando no otras barbaridades—. Caso diferente se daría en la situación en que Fajardo llegara a segunda vuelta. Pero como se supone que uno no debe votar estratégicamente sino por quien uno realmente cree, paso a la segunda.

Como usualmente hablo bien de Petro y manifiesto mi admiración por el tipo y mi agrado por el país que propone, habrá quienes piensen que, contrario a lo que dije al principio, yo sí fui convencido de mover mi voto de Petro a Fajardo. De ninguna manera y por eso acá va mi argumento político: yo iba a votar por Claudia o por Robledo y por eso me mantengo.

Hace un par de semanas, conversando con esa delicia de equipo con la que trabajo en la Tadeo, Carlos nos contaba a Cira y a mí que un taxista le dijo: “Iba a votar por Fajardo hasta que puso de vicepresidente a la señora esa. ¡Porque Dios hizo al hombre hombre y a la mujer mujer!”. Desde luego, el sujeto entró en conflicto con valores esenciales para él y es muy respetable, pero la actitud de bajarse del bus cuando hay alianzas me ha  parecido constante y de ahí me ha resultado sospechosa.

Si uno mira hacia la derecha se da cuenta de que las alianzas van primero que las diferencias. Allá no importa si es derecha financiera, derecha política, latifundista, paramilitar, lefevrista, evangélico o de esos centros engendrados por algún MBA. Allá tienen claro que después se reparten el bizcocho pero que a la hora de hacer bulto no conviene ponerse melindrosos. Claro, cuando uno ve la forma en que meten a la izquierda en un solo paquete —no distinguen entre socialismo y comunismo, por ejemplo—, pueda que el tema no sea de prioridad sobre la alianza sino de que, sencillamente, no logran verse las diferencias —de ahí puede derivar que quieran homogenizar antes que garantizar equidad—.

De este lado, en cambio, la cosa es a otro precio. Que si es comunista, que si es socialista, que el social-demócrata, que el ambientalista, que la vendida de centro-izquierda, que la feminista, que el guerrillero, que si de la corriente Petro, de la Navarro, de la UP, de la Clarita… lo común por acá es que la gente haya construido posturas políticas que son suceptibles de verse frágiles cuando uno da el brazo a torcer en algo que antes pregonaba. Y eso sí tiene un costo político de este lado de la contienda.

Esto, desde luego, no es negativo. Al contrario: debido a eso creo que la izquierda es, por definición, el lugar político idóneo para construir diferencia —la de verdad, ¿no? No esa de “tú y yo somos diferentes porque a mí me gusta la matemática y tú prefieres la historia; porque a ti te gusta el chocolate y yo prefiero Starbucks; etc.” —. El tema es que sí está apareciendo como un factor que no nos permite consolidar las alianzas necesarias para, algún día, ver qué pasa en este país con una presidencia de izquierda.

Entonces la pregunta es si acaso es de melindrosa que la izquierda no se quiere unir. Yo simplemente creo que no era el momento. De mi escasa memoria, que igual coincide con la mayoría de momentos en que la izquierda lleva siendo reconocida como fuerza política en Colombia, diría que no habíamos vivido uno en el que tuviéramos varios candidatos de corte social-demócrata, de izquierdas o movimientos políticos relativamente nuevos, con influencia y peso electoral. Así las cosas, es fácil comprender que no nos pudiéramos poner de acuerdo.

El tema es que se ha culpado al ego de los candidatos de no permitirlo como si ese fuera el problema mayor, y acá es en donde aparece mi apuesta de estas elecciones porque no me lo parece dado que, primero, reducir el conflicto a un problema de egos de los candidatos es erradicar esa diferencia que es tan valiosa para la izquierda; y segundo, porque si de egos se tratara, no sólo serían los de ellos los que enredarían la pita, sino sobre todo los de los electores.

Así como el señor del taxi, muchos se han bajado del bus de Claudia, de Robledo y de Fajardo porque el uno es muy de izquierdas, el otro es muy ambivalente y la otra muy gritona. Claro, esto es caricatura; no quiero eliminar esas diferencias de la izquierda que ya mencioné y, precisamente, defiendo. Pero sí quiero señalar algo que tal vez no estaba en el panorama: la cultura de la alianza vista a la luz de los electores de izquierda es algo que requiere trabajo.

¿Acaso nos cuesta entender que hay causas más grandes que nosotros? Yo creo que sí. Que los electores de izquierdas, por una parte, desconfiamos tanto de los políticos locales que sospechamos de toda transacción que se haga —completamente comprensible y, de hecho, necesario—; por otra, que nos cuesta sopesar nuestras diferencias a la luz de una intención mayor; y, por último, que terminamos concentrados únicamente en lucir coherentes con nuestras tesis desconociendo que, mientras habitemos el capitalismo, seremos los exponentes número uno de la incoherencia.

Hacerle frente a la corrupción y defender los acuerdos, me parece, no es solo un punto de partida urgente sino uno lo suficientemente grande como para hacer a un lado particularidades específicas. Claro, esto también deja ver el enorme espectro ideológico que puede llegar a cubrirse y que dificulta esta articulación, pero sencillamente teníamos que pasar por acá para ver si en adelante comprendemos la dinámica de las particularidades, las diferencias y las apuestas comunes.

¿Que cuál es mi razón política, entonces? Que los votantes de izquierda —y esos que se dicen de centro-izquierda— no tenemos una cultura política de la alianza que nos permita conservar las diferencias que con tanto trabajo hemos construido mientras aspiramos a la vez a conseguir la dirección del país. No tengo otra razón. De ahí que de tiempo para acá haya decidido no continuar manifestando la inmensa cantidad de diferencias que tengo con Fajardo y lo mucho que me embejuca verlo echo un Mockus en los debates, para, en cambio, concentrarme en lo que la alianza con Robledo y Claudia López ha podido ganar en terreno hacia un proyecto de país más acorde con lo que yo creo.

Creo en Fajardo, como dice mi querido creatorista Gabriel, por interpuestas personas. Me parece que así se construye política en tiempo electoral y no al revés. Porque eso no es supeditar el criterio a otros. Lo que sí se supedita es el ego y la idea de nuestra superioridad moral con respecto a los candidatos, y se hace con respecto a un propósito mayor al de quedar bien con uno mismo porque “oh, mírenme, ¡qué coherente he sido!”.

Alguna vez dije que si en Creatorio considerábamos primordial unir voces para apoyar una candidatura que no fuera la de mi preferencia, cedería mi voz para apoyar una causa que es más grande que yo. En este caso hago lo mismo pero sobre todo en clave de construir una cultura de la alianza política que venga desde los electores: si sumercé iba a votar por Claudia López o por Jorge Enrique Robledo para presidencia, supongo era porque cree en ellos —yo, por ejemplo, lo hice por ambos en elecciones parlamentarias y no me decepcionaron—. ¿De verdad hoy pondrá por delante un criterio personal que, si bien procura construir día a día, no puede conocer los intríngulis de lo que está sucediendo entre ellos tres, tras bambalinas? Al menos yo no.

Así las cosas, mantendré mi voto por Fajardo a pesar de él, pero sobre todo a pesar de mí.

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