El gerente y la ideología

Esta mañana, esquivando pilas de basura camino a esperar la ruta de Valeria, recordé que meses antes de resultar electo Peñalosa como alcalde en 2015, vi un Escarabajo subiendo por la 45 con un letrero pegado a la ventana trasera que decía “Bogotá necesita un gerente”. Pensé de inmediato en su conductor de anteojos y quise encontrarlo de nuevo para decirle “¡toma tu gerente!” —me es inevitable asumir que se refería a Peñalosa—, pero como restregarle a la gente sus errores ya no es pedagógico —y menos mal, porque yo voté por Moreno—, continué zigzagueando entre el chiquero con el tema en la cabeza pero mirando al piso para evitarme algún chasco.

Ya en casa, con las bolsas de la basura del fin de semana en un rincón de la cocina para evitar agrandar el desastre público —no me interesa hacer la de muchos con el caso Petro, que para complicar al hombre sacaron a la calle más basura de la que producían—, sin estar consumido por la ira y habiendo recordado que entiendo el que nos hayamos volcado a la gerencia después de tanta corruptela y mediocridad de los políticos , lo vi con más claridad: el asunto, más allá de si Peñalosa es o no un buen gerente, es hasta qué punto es perjudicial la prelación que le hemos dado a la gerencia en el entorno político, en la construcción de nuestras aspiraciones sociales.

Porque, a decir verdad, rara vez ponemos a las disciplinas administrativas en cuestión. A quién le discutimos, por ejemplo, la decisión infinitamente convencional de hacer un MBA; cuándo miramos con sospecha a quien nos entrega una tarjeta de presentación que dice CEO; o con qué argumentos le discutiríamos al señor del Volkswagen si simplemente asegura algo que cada vez más personas creen. Todo esto hace ver que quien ice la bandera de la gerencia no solo evitará ser criticado sino que probablemente será considerado un ejemplo a seguir.

Si le vamos a creer a la gerencia —porque, para empezar, en ese nivel debemos ponerlo: el de una creencia— que sea a plena consciencia de las inconsistencias que giran en torno a al menos tres valores que su entorno pregona como si vinieran por defecto con su oficio —hoy en día nada que goce de complejidad reflexiva viene con el título universitario, no, no, no—, y que muchos ven como razones suficientes para creer que están en capacidad de organizar políticamente una sociedad: ecuanimidad, no ser radicales y, sobre todo, no tomar decisiones basados en ideología alguna.

La ecuanimidad, para empezar, es una aspiración para la cual el pensamiento crítico es fundamental y si bien hay literatura para gerentes que alude al pensamiento crítico como pilar de su capacidad para tomar decisiones, termina por instrumentalizarlo eliminando de su espectro de acción lo que, para efectos de este texto, nos resulta fundamental: la capacidad de dudar de las verdades que se asumen sin tener demostración efectiva —retóricas—. En ese sentido, es bastante complicado creerlos ecuánimes, pues de entrada seleccionan las formas de pensamiento crítico que les conviene para posicionar sus ideas —pasa también en los colegios, como con el vicerrector del Gimnasio Moderno que dice que el “pensamiento crítico es peligroso porque enseña a las personas a ver solo lo negativo en los otros” —.

En cuanto a no ser radicales, no hay mucho qué discutir: ¿hay algo más radical, acaso, que pregonar que uno no debe ser radical? Y sobre la ideología, ni hablar, pues si uno aspirara a tomar decisiones sin influencia ideológica —cosa que no sé si es humanamente posible— cuando menos debería empezar por intentar reconocer las ideologías que rigen su vida, su cotidianidad, su forma de pensar y hasta la episteme que condiciona su experiencia de la realidad. Pero esto no está en los planes de los gerentes, no, no, no, ni aún si supieran que es la forma más bonita y compleja de algo que incesantemente proponen a cuanto subalterno se encuentran —ah, no, verdad que ellos son líderes y no tienen subalternos— o en cuanta charla dictan, dizque en nombre de la innovación: salir de la zona de confort.

Por esto mi preocupación por la expansión de la idea de la gerencia como manifestación superior del orden colectivo, pues le estamos entregando el mando de nuestra sociedad a personas que, en esencia, no tienen herramientas o incluso voluntad para cuestionarse a sí mismas y eso, ahí sí por defecto, sí que es materia para dudar de sus capacidades políticas.

Por eso hoy, caminando entre el chiquero y siguiendo una recomendación —muy gerencial, por cierto—, “vi una oportunidad antes que un problema”: las basuras de estos días, si bien deberían demostrar que la única razón para que un gerente decida vender una empresa que recibe cerca de $40.000 millones anuales en  utilidades para la ciudad —y que de su increíble mano gerencial podría casi duplicarse— es exclusivamente ideológica —neoliberalismo, se llama, y si de neutral no tienen nada, muchísimo menos lo tiene a la hora de no ser radical, porque empresa pública que esté por ahí cerquita, sin importar su rendimiento, ¡tenga, que la privatiza!—, son una oportunidad para revisar a quiénes le vamos a entregar en tiempos venideros la dirigencia política de esta patria y de esta ciudad.

De ahí que considere urgente dejar de hacernos los de las gafas cada vez que un gerente pela el cobre evidenciando que la ecuanimidad le queda grande y que la ideología que lo rige lo lleva a radicalismos insensatos. Todo esto teniendo en cuenta que lo de las gafas es todo un fenómeno psicológico que no podemos seguir obviando. Se llama “disonancia cognitiva” y consiste en que ante un fenómeno que pone en crisis las creencias del espectador, éste, en lugar poner en revisión sus convicciones, ajusta a conveniencia dicha experiencia hasta que empate con lo que cree.

No ajustemos la realidad de las basuras para ver en Peñalosa un gran gerente ni mucho menos seguir creyendo que la gerencia porque sí es un estadío superior de la humanidad. Más bien, aprovechemos “la oportunidad” para tener a los gerentes en revisión antes de seguir soltándoles nuestras vidas. Por ahí nos dan papaya y podemos ejecutar masivamente algo que venimos fraguando en Creatorio hace tiempo: poner a los gerentes al interior de la empresa privada —lo que llamamos Emprendimiento Político-Privado— a ayudarles a organizar administrativamente la cosa a ideólogos que, en sus búsquedas y revisiones personales, hayan llegado a hallazgos que puedan en orientar una sociedad para repartir dignidad y tranquilidad por igual.

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