De cuando uno logra verse el arribismo

Cuando en 2017 organizaron esa comilona de hamburguesas llamada Burger Master —con la que me di cuenta de que Tulio Zuluaga no había muerto—, me pillé infraganti dándomelas de experto en cualquier cosa que no soy. Mientras Camilo aseguraba que “la de pulled pork es excelente”, yo insistía en que “la de sólo Angus y mozarella era buenísima”. Por un buen rato esgrimimos argumentos, como si con esa jaloneadera los presentes nos creyeran expertos; como si al menos nosotros nos reconociéramos el uno al otro como experto. Verme en esas me bastó para, en adelante, pescarme en fantocherías del mismo calibre —que “La Gran Belleza” tiene una fotografía impecable, que excelente lo último de Kronos Quartet, que El club de la pelea es un gran libro…— solo que frente a fantoches más inocentes que yo, pues ellos todavía no se veían en aquel ridículo que apenas yo pareciera notar: el de eliminar de mi léxico la ligereza del gusto.

¿De cuándo acá opté por calificativos de experto —bueno, excelente, grande, impecable… — para hablar de cosas en las que a duras penas he profundizado? ¡Vergüenza es lo que doy y más me vale no volverme a pillar usando esas palabras sobre lo que no construí! Porque el hecho de pasársela saltando entre canales o pegado a Netflix no da créditos para llenarse la boca diciendo que Game of Thrones es una gran serie. No. Mi godarria —que todos cargamos con una— me da para dejarle a quienes se dedican a entender algo en profundidad o a haberlo vivido construyendo un criterio, la autoridad para usar esas formas. Y como verse a uno mismo las vergüenzas pareciera dar licencia para vérselas a los otros, ya no hago más que verme reflejado en ustedes, hablando con una soberbia desechable de temas que siempre es mejor aparentar dominar.

Acá no estoy reivindicando las profesiones que también bastantes vergüenzas dan desde que se posaron ética y políticamente por encima de la ciudadanía, no, no, no. Acá trato de decir que, sospecho, estamos infinitamente lejos de una genuina experiencia de la experticia. Porque si Rodrigo me dice que tal director de cine o tal escritor es bueno, es porque se dedicó a reprobar semestres de múltiples carreras por andar perdiendo el tiempo viendo películas y leyendo; porque si Amalia, mi madre adorada, dice que los patacones más crocantes se hacen con el fuego más bajito posible —el que se consigue sin hacerle caso a la perilla del gas que algún diseñador ingenieril sin tiempo diseñó—, pasándolos dos veces por un cunchito de aceite, una antes y otra después de aplastarlos y sumergirlos un rato en agua de ajos, es porque en lugar de ser pensionada con trabajo para ganar doble sueldo, prefirió perder el tiempo en los hallazgos exclusivos de una cocina llena de paciencia; porque si Víctor, mi tío, me habla de paisajes colombo-venezolanos, es porque se fue a perder el tiempo andando hasta el Caribe venezolano, dejando atrás su trabajo y sus documentos de identidad, para demostrar que un tal Espacio Público Internacional era posible.

Hace tiempo alguien me dijo que perder el tiempo era ganar espacio. Ver a estos expertos me hace pensar que la experticia poderosa se forja robándote tiempo al mundo productivo; que la experiencia real de la experticia tiene que ver con hacerse a uno mismo los espacios para que, dándose a otras cosas, suceda lo que es imposible a punta de perfeccionamiento técnico, de entrenamiento. Y eso hoy en día, en este occidente que ya es casi todo el mundo, tiene necesariamente que ver con la capacidad como individuos de recuperar el espacio que el productivismo nos ha ido quitando con su pasito solapado.

Los demás, entrenados o no, somos viles consumidores compulsivos que, con lenguaje impostado, a duras penas ocultamos el simple degustador que somos, todo para investirnos con el único honor que sabemos perseguir: arribismo. Un arribismo que es fiel copia del de siempre de este chiquito país, de aquel en que toca creerse y mostrarse como uno no es para evidenciar una ascendencia—como sé que dicen los directivos de muchas compañías igualmente arribistas, porque qué más hace uno cuando el ascenso económico le ha pegado sin la educación crítica que le permita confrontarlo dignamente— que a la postre consiste en mostrar evidencias de desigualdad para asentarse en posiciones de poder.

Sé bien que la disposición a robarle tiempo al sistema no aparecerá entre nosotros, lo sé, pero esto hace imprescindible dejar a los expertos hacer lo suyo sin ser opacados por imitadores de quinta. Se me ocurre, pues, regular nuestra lengua y por el camino nuestro lenguaje. Reivindiquemos la ligereza del “me gusta” —no el de redes, que ya bien ligero es—, digamos con tranquilidad “me gusta la hamburguesa de carne básica” sin temer ser menos sofisticado que el otro, o reconociendo que nos gusta algo sofisticado sin entender muy bien por qué. Lo anterior no para regodearnos en nuestra mediocridad —que no es sino un recordatorio de que somos humanos—, no, sino para, al menos, poder escuchar a quienes sí tienen algo por contar desde los espacios que ganaron perdiendo el tiempo. Por ahí de paso, si le bajamos a nuestro arribismo, tumbamos el statu quo que tan bien paradito se ve en las cabezas de tanto arribista que lo admira sosteniéndolo desde abajo.

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3 thoughts on “De cuando uno logra verse el arribismo

  1. Tantas veces me he logrado ver en el arribismo y en la arrogancia, supongo que son de la misma familia. Me gusto, jajaja, leer esto, por no decir más.

    1. Seguro sí son familiares, Andrea. Habrá que perder el tiempo dándole vueltas a la arrogancia para ver qué genética comparten. Me gusta que le gueste. Gracias por leer y comentar.

  2. Buen escrito, y creo que “perdiendo el tiempo” es que he logrado aprender más cosas valiosas…

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