La incoherencia de mi voto por Fajardo

Por estos días me topé con alguien que había visto la charla que di a nombre de Creatorio en la Semana de la movilidad sostenible de Medellín de 2016. Se acordaba de mí, según me contó, porque aquella vez dije una frase que le había quedado sonando: “en estos tiempos solo la derecha puede ser coherente”. Quedé agradecido. Es bonito que se acuerden de uno… así la frase sea de Žižek. Pero lo gratificante de sus palabras fue que le había encontrado sentido en su vida a lo que dijimos: “uno, que anda en proyectos para intentar discutir el statu quo, siempre está en contradicción y los godos se agarran de ahí pa’ desacreditarlo”. Pues precisamente por eso escribo: me denuncio incoherente porque voy a votar por Fajardo.

Listaría lo que no me gusta de Fajardo y su postura (a)política, pero como cuando uno lee blogs usualmente no termina el artículo, mejor voy al porqué un exigente vanguardista debería votar por el hombre —o por cualquiera que no esté en la derecha— en aras de dar un paso para construir una tierra más sana para vivir en diferencia.

Cuando vino Bergo —como le dice de cariño el creatorista Gabriel— y a Claudia López le dio por ir a sentarse en primera fila a alguna misa que debió dar, vi a gente políticamente cercana a la senadora criticándola para, acto seguido, bajarse del bus de su campaña a la presidencia. Aquellas personas, miembros de la comunidad LGBTI, pusieron en duda la firmeza de ella con la causa debido al hecho. No discutiré sus razones pues si hay algo que se me dificulta entender es por qué hay miembros de la comunidad LGBTI que buscan la aceptación de la iglesia católica, pero regresando a la cita de Žižek por la que fui recordado en la capital antioqueña, valdría la pena revisar acaso qué tipo de candidato esperamos quienes estamos del lado opuesto a la godarria.

Porque mirando la alianza entre Uribe, Pastrana y Ordóñez, uno ve que las incoherencias les importan un bledo. Allá no es grave el extremismo, a la coalición no la compromete ser un quemalibros. Siempre y cuando sume votos, da igual. No más basta con ver cómo un Iván Duque, a pesar de su impecable oratoria llena de propuestas y tecnicismos — ¡qué peligro de tipo! — y de habilidad para sortear los debates a los que su patrón nunca fue, prefiere no tocar el tema de la inclusión de Ordóñez en la consulta.

En cambio de este lado no perdonamos una porque, joder, ¡cómo somos de coherentes en nuestra cotidianidad con cosas mucho más manejables que una campaña presidencial! Pongámonos serios y comprendamos la dimensión de nuestras decisiones. Si le quitamos el voto a un candidato para castigar su incoherencia, que al menos sea porque uno es un absoluto ejemplo de coherencia vanguardista en medio del capitalismo neoliberal. Pero yo no creo que eso sea muy común. He visto, si mucho, dos casos en mi vida: uno se fue a vivir a una comunidad de permacultura y el otro va caminando a todas partes para poder vivir con cerca de trescientos mil pesos al mes sin estar en la miseria. De resto me atrevería a afirmar que todo progresista vive en conflicto con el sistema porque aún no encuentra la fórmula —o los ovarios o las bolas— para salirse de él.

Ya he dicho varias veces que en esta sociedad necesitamos más autoridades que empoderados —por aquello de no saber distinguir entre autoridad y poder— y que, desde mi punto de vista —muy a lo Hannah Arendt— la autoridad se construye con autoría, sí. Pero una cosa es considerar que alguien pierde autoridad por la dificultad que implica la coherencia absoluta para cualquier vanguardista en medio del neoliberalismo y otra entregarle el país —otra vez— a los coherentes de siempre que, por cierto, tienen esto por argumento y lo sacan a relucir en cada debate quedando divinamente ante los incautos.

La absoluta coherencia es hermosa como ideal de vida, como aspiración social, como valor, etc.,  pero quienes estamos en procura de comprender la sociedad para ver cómo gestamos transiciones significativas tenemos la responsabilidad de leer lo que implica exigirla en estos tiempos, en este país, en esta vida; la responsabilidad de decidir si mantenemos nuestra ideal aspiración o reconocemos su imposibilidad ante la intención de poner de presidente a alguien que haga parte de una coalición con suficientes puntos de vista diferentes como para garantizarnos que se nos respetará la dignidad que hemos construido quienes andamos contra la corriente.

Yo no soy seguidor de Sergio Fajardo. Tengo muchas diferencias con su manera de operar lo público, con su mirada de la educación, con su postura  —como también dice Gabriel, “tiene más sabor un vasao’e babas” —, pero su intento por reivindicar otras formas de  hacer política no corrupta y la coalición que logró, me es suficiente por ahora. Por mi parte iba a votar por Claudia López y lo iba a hacer así me hubiera dejado un mensaje confuso el verla sentada haciéndose selfis con el Papa de fondo, entre otras tantas cosas que me harían verla incoherente —como la rabieta que hizo cuando Fajardo inscribió candidatura solo—. Pero ahora que consolidó la coalición con Fajardo y Robledo —por quien habría votado antes que por Fajardo— temo que la incoherencia sea motivo para quitarle votos a los tres: la de Robledo por irse con el neoliberal de Fajardo, o la de Claudia al renunciar a su aspiración de poner una mujer presidente, o la del mismo Fajardo por mostrar que está más a la izquierda de lo que los ingenuos del absoluto centro esperaban…

Sé que la maquinaria de Vargas Lleras es monstruosa y no hay mucho que hacer al lado del tipo, y que la extrema derecha estará detrás de él en algún momento, pero si bien propongo que votemos por Fajardo no escribo con la ilusión de tenerlo de presidente. No creo en la esperanza. Lo hago más como ejercicio para subrayar aquello que me recordaron de mi charla en Medellín: lo imposible que resulta la coherencia absoluta de quien busca un modelo social distinto y lo imperante que es mantenerla como horizonte para ver si alguna vez somos los de este lado los que nos ufanamos de coherentes.

 

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