Brindo por una sociedad de niños sin sueños

En noviembre me fue notificado que por razones administrativas —las que rigen la operación en la universidad contemporánea— la electiva que diseñé y que por más de cuatro años dirigí en el programa de diseño industrial de la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano, llamada Movilidad y estilo de vida, no sería ofertada en adelante. No fue agradable, sí, pero no es por ello que escribo. Lo hago más bien por lo que dictándola encontré.

Salvo en un par de casos, con ligeras variaciones y corriendo el riesgo de parecer un ejercicio motivacional, en los períodos académicos en que fue ofertada les propuse a los cerca de cuatrocientos estudiantes de casi todas las carreras de la universidad que por allí pasaron, que compartieran en el espacio sus sueños, metas y aspiraciones. Primera conclusión: a excepción de unos cinco casos, todos soñaban esquemáticamente lo mismo.

Claro, no requería de muestreo alguno para demostrarlo. La bibliografía que allí tratábamos, en gran medida problematizando la influencia que en el mundo occidental actual había ejercido la idea del sueño americano, ya lo vaticinaba. Supongo no les es difícil imaginar el casa-carro-beca expandido de los collages que presentaban: chévere tener una casita —tal vez a las afueras de la ciudad o un apartamento en los cerros—, un carrito —ojalá uno que de vez en cuando voltee miradas y ande sabroso—, poder pegarse uno que otro viajecito —entre más lejos, más icónico o más recóndito, mejor—, hacer un posgradito —europeo o estadounidense, de otra forma no pesa—, tener una empresita propia —porque no queremos ser empleados de nadie, así no entendamos de qué se trata el empleo ni el emprendimiento en el mundo neoliberal— y ayudar a los desvalidos —porque hay que compartir nuestra experiencia de superación con otros—. Eso sí, en compañía de una mascotita —perrito o gatito, idealmente de raza, cuando no un bicho poco convencional pero que dé estatus, como un minipig—. Todo lo anterior en diminutivo —así uno suena modesto en estas tierras— y basado en la idea de que si lo conseguían con esfuerzo —independientemente de la ética y la política, cada vez más distantes de las prácticas profesionales— es porque lo merecían, cuestión que exonera de cualquier posible conflicto por llevarse por delante algún tercero. A la larga pa’ eso es que hacen voluntariado, ¿no?

Creo que todos conocemos esos sueños con sus variaciones en términos de mercado: casita en las afueras, apartamentico con vista a la ciudad o tipo loft en barrio hipster; superbike, convertible o SUV familiar; Australia, la Torre Eiffel o los archipiélagos polinesios; Ivy league, tradición europea pública o… cualquier escuela privada europea o argentina regulimbis; que viva el freelance, la empresita que dé plata o la que me apasione; voluntariado en una ONG, una fundación o similar, pa’ la selfi; bestia con problemas respiratorios, sin pelo o la que haya tenido Paris Hilton en algún reality. Pues acá es en donde radica la conclusión que requirió de otra bibliografía para entenderla: a pesar de ver que sus sueños eran la misma vaina, todos creían que los hacían diferentes.

El sociólogo francés François Dubet tiene una explicación para esto: las dinámicas de consumo difunden la idea de que comprar esta marca o la otra nos hace diferentes, cuando lo que sucede en realidad es que compramos para acentuar nuestra desigualdad, pues mostrarnos superiores a otros resulta sumamente útil en la lógica darwiniana del ascenso social. Así, los valores que adjudicamos a este vehículo frente a otro, a este destino de vacaciones o estudio frente a otro, a la marca de ropa que compramos frente a otras, etc., distorsionan la construcción de la diferencia y la sitúan en la desigualdad.

Esto supone un problema de aproximación a la realidad que el teórico del diseño Giovanni Cutolo ejemplifica bien desde su mirada: todos estamos sometidos al requerimiento de alcanzar un buen gusto objetivo, una forma de gusto preestablecida que otorga estatus y que, como todo en las estructuras de poder, ya ostentan quienes lo ejercen. Así, muchos tratamos de adquirir cosas que no se corresponden con nosotros estéticamente —no es gratuito que Lacoste o Tommy Hilfiger sean marcas tan convencionales en su producción prêt-à-porter y a la vez tan pirateadas para el consumo popular, ni que el gusto de Donald Trump sea tan cercano al de nuestros incónicos traquetos: ambos tratando de imitar el de la aristocracia— no porque no tengamos el derecho a éstas —es el argumento clásico del burgués que, por definición, es mera godarria—, sino porque no nos hemos dado el espacio para construirnos —para este caso— estéticamente como diferentes. Esto es lo que él llama formar un justo gusto subjetivo.

Este problema estético es análogo a los estilos de vida y se manifiesta en lo que aspiramos en nuestro futuro como individuos. El director de cine Elías León Siminiani diría que los sueños preestablecidos que la mayoría perseguimos fueron la forma más eficaz de atrapar el soñador que todos tenemos dentro, aquel que podría guiarnos a un cambio social sustancial, y que esos sueños se encierran en uno más grande: el sueño americano. No puedo estar más de acuerdo. Estoy convencido de que esos sueños esquemáticos de mis estudiantes, que son los sueños de la inmensa mayoría en el occidente en vías de desarrollo, regidos por esas ideas de desigualdad que nos convencen de nuestra diferencia, mantienen el statu quo.

Los sueños orientan nuestras vidas más que en cualquier generación anterior, y no porque perseguirlos como individuos nos garantice una vida plena, sino porque sostiene la retórica rectora del sistema: si quiero y me esfuerzo puedo, mientras en la sociedad de la meritocracia con suerte apenas una de cada veinte personas cumple sus sueños, cuestión que está generando brotes de inequidad devastadores como los vistos en el país gestor de la idea— el discurso de Obama en la Convención Demócrata de 2004 muestra con claridad que en Estados Unidos es preferible creer en el sueño americano a construir una propuesta disruptiva ante la crisis—. Lo delicado es que mientras el modelo se resquebraja, la idea se consolida.

Una demostración a escala está en lo que sucede con las organizaciones multinivel más grandes del mundo, las que mayor riqueza acumulan en pocas personas —el documental sobre Herbalife de Netflix da algunas ideas al respecto—. Desde sus inicios entendieron perfectamente el modelo de la meritocracia neoliberal y tomaron su retórica para explotar la cotidianidad de sus adeptos desde la fantasía de sus sueños: mostrar el testimonio de unos pocos exitosos —los socios diamante para Amway, el evento Herbalife Extravaganza, por ejemplo— es suficiente para evitar suspicacias y encaminar a los seguidores en una idea ilusoria de trabajo que simplemente transfiere dinero a las cuentas de sus superiores. Un círculo vicioso que a la larga evidencia que entre mayor sea la brecha, más mérito se percibe en el ascenso económico.

Claro, en el modelo social dominante sí hay trabajo palpable —aunque pronto los robots lo eliminarán—, pero esencialmente funcionamos igual: todos emocionados queriendo ser el próximo Elon Musk, viendo en Bill Gates y Steve Jobs el “exitoso de la puerta de al lado”, concentrados en cómo Christopher Gardner —el que representa Will Smith en la película de bolsillo del coach promedio— a punta de “verraquera” logró ser el único de los veinte candidatos en pasar la prueba, sin darnos cuenta de que lo más probable es que hagamos parte de los otros diecinueve o encarnemos a la esposa que, esforzándose más que el protagonista, todos menospreciamos. La estadística es clara: al menos nueve de cada diez personas exitosas ya había nacido en la cima, pero nuestra mirada es selectiva a conveniencia, de nuevo, del statu quo.

Si alguna vez quisiéramos tomarnos en serio la idea de cambio e innovación que tanto pregonamos, tendríamos que empezar por revisar nuestros sueños. Los soñadores que alentamos hoy no son más que perpetuadores del sistema, incapaces de ver “fuera de la caja”, aplaudidos dizque por su decisión. Pero para darse cuenta del largo trecho que nos falta, basta con ver lo que sucede al proponerle al menos a una cuarta parte de esos cuatrocientos estudiantes que tuve que, a partir de la supuesta consciencia del fenómeno que habían ganado en clase, rediseñaran sus sueños. El resultado: indignación, incomodidad y molestia porque ¡cómo iba a meterme con algo tan personal como su idea de realización personal! Ellos, según ellos, ya eran suficientemente diferentes. Fue como pedirle a un cristiano que, entendiendo los absurdos políticos de su dios, lo rediseñara para ser más coherente con el momento histórico que le tocó —recuerdo un colega entrenador muy creyente que, después de una conversación en la que le contesté por qué no podía creer en su religión, me dijo: “sus argumentos son tan claros que si mi fe no fuera tan sólida, me habría convencido” —. Imposible y en gran medida lo entiendo. Loro viejo no aprende a hablar, por más que apenas esté saliendo de la adolescencia.

Entonces recuerdo lo que todos dicen, que tal vez los niños pudieran ser el cambio. Reconozco que de un tiempo para acá he decidido no felicitar a quien quiera tener hijos  —entendiendo que la felicitación es el reconocimiento de una forma de éxito—. No solo por el problema medioambiental que representa la sobrepoblación sino sobre todo por, como ya mencioné, la tendencia de los padres a convertirse en los estimulantes mayores de sueños inconvenientes y convencionales. Es claro que en esa intención, los padres tienen que convertirse en unidades de produccionismo exageradas para patrocinarle los sueños a sus hijos —hijos que, paradójicamente, terminan sin padres pues se la pasan trabajando—, pero sobre todo los priva —a los padres— de cualquier ratico que pudieran tener para pensar qué carajos están haciendo con sus vidas; las de ambos. Ahora, entendiendo que en muchos casos el daño ya está hecho, en esos niños veo una opción. El tema es que para ello tendríamos que quitarles esa generación de padres creyentes en que la única forma de mostrarles su apoyo es alentándolos a cumplir tanto sueño insostenible preestablecido por el modelo —la mayoría de mis estudiantes tenían padres de esos, por ejemplo—. Es decir, tendríamos que formar padres que dejaran a sus niños ser antes de amarrarlos a su idea —probablemente frustrada— de sueño americano. ¿Necesitamos, entonces, niños que creen nuevos sueños? Dudo que sea la vía.

Humberto Maturana, el pensador chileno, dice que nuestros niños no tienen tiempo de ser niños porque están ocupados siendo proyecto. Todo lo que aprenden es en función de lo que puedan ser en su vida productiva y no de lo que puedan aplicar a su realidad hoy. Eso no solo les quita agencia en su presente sino que alimenta cánones de éxito que apenas satisfacen la vida de unos pocos privilegiados en perjuicio del colectivo. ¿No deberíamos, entonces, dejar de preguntarles qué quieren ser cuando grandes? Me antoja que no hay mayor crimen contra el cambio real que esa pregunta.

De ahí que haya decidido felicitar a los padres que den prelación al presente de su niño con respecto a su futuro. No más niños que quieran ser James ni papás que quieran que su hijo lo sea —o el mejor en cualquier campo—, pero sí más papás que dejen a sus niños jugar por jugar, todavía mejor si es fuera de competencia. No más niñas esclavizadas en escuelas de ballet para ordenar su cuerpo a la idea francesa —o rusa o cubana— y sí más que bailen sin ideas preconcebidas en cualquier momento del día. No más niños en clases de mandarín porque es el idioma de los negocios del futuro, pero sí más niños interesados por hablar el idioma de los pájaros, el de los ancestros, el de los juguetes. No más niños en realities de canto ni papás llorando en las pantallas haciendo fuerza para que clasifiquen, “porque si no empiezan desde chiquitos en el —polémico éticamente hablando— mundo del espectáculo ya no lo lograrán”, pero sí más niños que escriban canciones porque sí, pinten porque sí —ojalá sin que podamos entenderlos—, que creen desprendidos de una idea productiva de futuro basada en la otra retórica peligrosa: la de las pasiones.

Definitivamente, si bien es cierto que necesitamos nuevos sueños, en el caso de los niños no me parece suficiente e incluso me antoja riesgosa la idea de diseñarlos. La fuerza de la retórica del sueño americano es tan poderosa que atrapa con facilidad cualquier intento desprevenido por buscar alternativas que estén en su misma clave: la de sueños. Por eso me animo a una propuesta más atractiva, al menos para mí que no creo en la esperanza sino en la creación: ¡quitémosle a los niños los sueños y dejémoslos ser!

Por eso brindo en este fin de año porque en algún golpe de suerte —ya que la consciencia no es nuestra virtud— los padres de los nuevos niños le desobedezcan a su creencia en la meritocracia neoliberal, se despreocupen por la ansiedad que produce el control del futuro, y le permitan a sus niños una infancia en presente, desenchufada de la idea de éxito de sus padres e incluso de cualquier otra y, por consiguiente, de infinita potencia de cambio.

Por eso mañana brindaré por una sociedad que libere a los niños de sus sueños.

___________

Nota: Agradezco infinitamente a los cerca de cuatrocientos estudiantes que me dieron todo este material para seguir intentando comprender por qué nos empeñamos en consolidar el desastre que nos tocó en suerte.

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