El popular cambio climático de Macron

Hace unas semanas en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, el preciso Boaventura de Sousa Santos, con respecto al asunto entre Macron y LePen, decía lo siguiente: “(…) el cuarto síntoma (de la crisis actual de la democracia) es el refuerzo de la extrema derecha. Este año es dedicado a Francia, que mucha gente me pregunta qué está pasando en Francia: la opción es una extrema derecha política y una extrema derecha financiera. ¡Qué opción para el país de la liberté, égalité, fraternité!”.

Así, Macron fue elegido como diría mi primo Juan Manuel: siendo capaces, los franceses, de hacer lo que Estados Unidos no: escoger al menos pior. Así como hicimos nosotros con Santos frente a Zuluaga, ¿no? Esta mirada permitiría coger con pinzas a Macron, pero sus contrincantes políticos han dado tanta papaya -la movida de Trump es inverosímil- que es difícil ver al presidente francés con claridad y que resulta muy bien explotada por el hombre. Si hay algo que ha aprovechado la derecha financiera -o la vanguardia neoliberal- en los últimos años de redes sociales, es esa tensión que existe en nosotros entre el no haber construido posturas políticas elaboradas y la necesidad de mostrarnos activistas, preocupados, afectados y profundos. ¿Nos interesa saber quién es Macron de fondo? No; Boaventura lo pone en evidencia. Pero lo que sí nos interesa es mostrar que estamos preocupados -¡y políticamente hablando!- por el medio ambiente.

Poniéndolo en términos que venimos trabajando en Creatorio hace tiempo, nos es importante mostrarnos sensibles con estos temas, pero terminamos siendo sentimentalizados o, como diría Byung-Chul Han, emocionalizados: enfrentados a situaciones en que la escaza duración de las emociones nos lleva a actuar genuinamente afectados pero sin tomarnos el tiempo -nunca lo tenemos- para reflexionar en aquello que nos conmueve. Así las cosas, compartimos el video del sujeto afectados por la decisión de Trump pero sin preguntarnos qué está diciendo Macron. Claro, en gran medida porque todos creemos -es una actitud casi teológica, así como la que le criticamos a Trump por no creer en el calentamiento global- que el desarrollo sostenible es la alternativa ideal, como si la hubiéramos escogido racionalmente de entre un ramillete de opciones, cuestión que no ha pasado.

¿En qué creemos, entonces, cuando apoyamos el desarrollo sostenible? Los decrecentistas, quienes consideran que la idea de crecimiento económico ilimitado en un mundo con recursos finitos es un absurdo, proponen la siguiente metáfora para ilustrarloimaginemos que vamos en un barco -el barco del crecimiento económico- a alta velocidad y a la distancia vemos un gran témpano de hielo contra el que vamos a chocar -el de la insostenibilidad de ese modelo económico, que sólo nos deja ver ese 10% llamado calentamiento global-. Entonces decidimos hacer algo y así creamos el desarrollo sostenible, que no es otra cosa que una reducción de la velocidad del barco sin cambiar de rumbo para posponer el siniestro.

Como veo las cosas hoy, en eso es en lo que creemos y en ese sentido me llama la atención una afirmación de Macron: “con respecto al clima no hay plan B porque no hay un planeta B“. En la lógica de crecimiento, si todos aspiráramos a tener una vida media como la de alguien que vive en Estados Unidos -y de eso se tratan nuestros sueños, ¿no?-, no necesitaríamos sólo planeta B sino hasta planeta E; como la de Noruega, hasta D; como la de Kuwait, hasta planeta L. ¿Alcanzará el desarrollo sostenible a reducir nuestras aspiraciones de vida al punto de conformarnos con el único planeta que tenemos? Sospecho que en su capitalismo financiero, Macron no se ha preguntado eso (o no le importa).

Lo anterior tiene que ver, básicamente, con que nuestra idea de desarrollo está directamente anclada a la lógica de crecimiento, lo que convierte a esa sostenibilidad en mero eufemismo. Eso se ve materializado en los estilos de vida individuales. Al sernos prácticamente imposible concebir otra forma de desarrollo, de progreso, lejos del incremento en nuestros bolsillos para invertir en consumo, toda idea de éxito termina siendo atrapada por la misma retórica. De ahí que quienes estén en ascenso social lo manifiesten mediante un consumo energético superior: vehículos particulares por miembro de la familia; más televisores por unidad residencial; más dispositivos electrónicos (computadores, tabletas, teléfonos y, ahora, relojes inteligentes) por persona… Y los que no gozan de ese ascenso, procuran reflejarlo endeudándose o alimentando el mercado negro de los robados, pues es imprescindible tener esos dispositivos para estar conectados a las redes y, ahí sí, mostrar que estamos sumamente interesados en la política y el medio ambiente, como para compartir un video en que Macron respalda nuestro derroche. Todo un absurdo.

Hay datos que dicen que el consumo de un teléfono inteligente (recarga, servidores, redes inalámbricas) es equiparable al de un refrigerador mediano. Otros dicen que eso es exagerado. Las diferencias, sin embargo, están centradas en el dispositivo, pero hay un acuerdo más o menos general en cuanto a que el consumo energético de la nube, de los servidores, es alarmante. A esto se suman datos más generales, pues nuestro consumo energético crece exponencialmente. Por ejemplo Chile, el país que consume más energía per cápita en Suramérica, ha cuadruplicado sus números en los últimos veinte años. A su vez, un ciudadano estadounidense consume tres o cuatro veces lo de un chileno. Y, desde luego, los sudacas no nos sentiremos dignos del mundo que creó el sueño americano si no llegamos a obtener esos niveles de consumo… ¡porque la dignidad humana, en occidente, es consumo!

Dudo que el avance tecnológico, incluso agradeciendo a Macron su compromiso ambiental, logre sostenibilidad solo. Si no hay un cambio en lo que rige nuestra idea de éxito y su relación con el consumo energético, ¿para qué guardar esperanzas? No más se proyecta que de unos 1500 millones de celulares inteligentes estimados en 2013, a 2019 casi se cuadruplicará esa suma, y no pecisamente en un acto de democratización de la tecnología, sino más bien en uno de concentración del consumo. Y al consumo energético de todos esos aparatos y la nube, sumémosle el impacto ambiental de la extracción de los minerales de las baterías, compuestos y su desecho.

Sí, es clar

Así las cosas, esta viralización de Macron me resulta sospechosa tanto por él como por quienes lo comparten. ¿Sabemos de qué hablamos cuando apoyamos el desarrollo sostenible o es que una vez más estamos optando por elegir lo menos pior antes que buscar soluciones concretas con tal de construir un avatar digital que goce de la consciencia que nosotros no? Sea cual sea, es claro que nadie está buscando salvar el planeta –igual un absurdo, como lo caricaturizaba el exquisito Geroge Carlin– ni la especie humana. Acá lo único que buscamos salvar es un modelo económico que es insostenible social y ambientalmente.

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