Maluma y los demás músicos entretenedores.

Meterse a definir qué es arte ha de ser una de las vainas más jodidas que hay. Por eso no pretenderé hacerlo –ni más faltaba- pero es que es todavía más jodido no decir nada mientras uno sí escucha a Maluma definiéndose a sí mismo como artista y al gobernador de Antioquia condecorándolo por eso.

Cuando Ricardo Rivadeneira, profesor de la Nacional adscrito al Instituto de Investigaciones Estéticas, dijo en alguna clase que el arte crea imágenes del mundo en que vivimos, yo agradecí la claridad que me brindó. Supe, en pocas palabras, algo de a qué se dedicaban los artistas. Luego de un buen tiempo, inquieto por tantas movidas de los mismos artistas hacia el mundo productivo, vine a comprender gracias a otro profesor, Victor Laignelet, que además de lo que decía Rivadeneira, aquellas imágenes se generaban en una episteme –la creación- distinta a la que regía mi vida y la de la mayoría de occidentales -la investigación.
Así es como hoy entiendo que los artistas generan imágenes del mundo en que vivimos mediante procesos de creación que no están regidos por un destino específico –una hipótesis científica o un producto para un cliente, por ejemplo-, sino más bien por, como dice el resumen de un libro que me recomendó el creatorista Rodrigo, encontrar lo que uno no estaba buscando.

Aparece, pues, Maluma a llamarse a sí mismo artista frente a una catajarria de chicuelos que ven en él un futuro posible; frente a sus padres ilusionados con que el talento de sus niños se convierta en el éxito que el antioqueño encarna, y es ahí cuando entro en conflicto con la etiqueta que se pone.

Si bien la expresión de Rivadeneira seguro implica mayor complejidad, yéndonos a lo básico, creo que sí, Maluma genera imágenes del mundo en que vivimos. Sus canciones funcionan casi como un retrato hiperrealista de nuestra actualidad -pareciera pasar igual en todo el género. Acá no hay recursos retóricos qué pensar ni formas de vida que difieran de las aspiraciones de la mayoría de occidente… No. Es nuestro mundo, tal cual. Y cuando la reproducción del mundo que nos tocó es literal, sus imágenes pueden ser útiles para vernos y de paso entendernos.
Sin embargo no creo que sean imágenes creadas intencionalmente por él sino más bien simple reducto del consumo, pasando por alto revisarlas. De ahí, seguramente, que quienes no sentimos afinidad con el género y sus imágenes, seamos más proclives a verlas para intentar comprendernos como sociedad.

Acá entra la segunda parte de mi noción de arte: como epistemología, la creación en el arte implica una búsqueda constante que se da sobre los hallazgos fruto de lo hecho. ¿Qué pasa, entonces, cuando el artista no revisa las imágenes que crea? Que no está en un proceso de creación. Simple. Más bien termina siendo uno de acumulación de imágenes similares que no le proponen a él reflexión alguna -ojo, reflexión creadora que no necesariamente es de carácter moral.

Luis Camnitzer-02

Luis Camnitzer lo dice con más claridad y creo que funciona para el caso en cuestión en el que no hay creación sino acumulación.

Claro, esto no es asunto de Maluma solamente sino una situación general de la mayoría de músicos comerciales actuales, pues no se dan a la búsqueda propia de la creación artística, sino que la reducen a los accidentes investigativos –un acorde, un instrumento, un arreglo que emerge como minúscula epifanía- que suman puntos de creatividad a la hora de conseguir lo que sí les afana encontrar: éxito.

Michel Leiris-04

El genio, creo yo, está en la capacidad de hallazgo del artista; el éxito es apenas propósito del occidental, del capitalista, del productivista.

Hay quienes dicen que las comparaciones son odiosas pero a mí me parecen reveladoras y de gran utilidad. Hace unos años, cuando conocí algo de lo denominado Música Contemporánea (mayúsculas intencionales); de la música concreta de Schaffer y Henry; el minimalismo de Steve Reich o Philip Glass; la electrónica o las voces de Stockhausen; lo hecho por Jacqueline Nova en estas tierras; las controversias de John Cage; y las interpretaciones de Kronos Quartet, creí en la posibilidad de tener en mis tiempos una música más cercana al arte. Claro, ellos también alcanzaron esa forma de reconocimiento que llamamos éxito, pero creo genuinamente que esa fue la consecuencia de su creación y no el propósito. Son dos situaciones diametralmente opuestas aunque parezcan ir por el mismo camino.

También lo creí cuando conocí a un compositor de la Universidad Central, Fabián –perdón, Fabián, no recuerdo su apellido-, que aspiraba a tener alguna vez nueve arpas clásicas en algún escenario para tocar en vivo las piezas contemporáneas que escribía influenciado por Stockhausen y Einstürzende Neubauten; también cuando vi más o menos de cerca la experimentación con frutas tropicales y música electrónica de los tipos de La Pulpa o la de mi querido Lizarazo cada que se mete a hacer su música sin pensar en si venderá o no; en la búsqueda que Andrea Echeverry emprendió de su sonido, seguro independientemente de la baja en ventas que pudiera representar; y cuando escuché por primera vez a Velandia y la Tigra en el Anónimo hace unos buenos años. Creí porque, en cualquiera de esos ejemplos –y los que se escapan a mi memoria y conocimiento- veía con claridad una intención como artistas, una búsqueda, un andar que dista del afán de éxito.

¿Dice Usted que Maluma también ha tenido una búsqueda? No lo creo. Cuando lo que uno produce es consecuencia de la apropiación de un canon, aquel que propone aplicar lo de eficiancia consabida más la leve dosis de cambio propia de la innovación que los mercados masivos aprueban –sospecho que de eso hablará con tono de coach motivador en la “conferencia” que dará en la Universidad de Miami (porque las universidades también renunciaron a la pedagogía) sobre nuevas tendencias musicales-, no anda en búsqueda sino en cacería o afán de éxito. Lo mismo pasa con la mayoría de músicos actuales.

Y de la retórica del esfuerzo de Maluma, tan resaltada por el gobernador y refrendada por él en su discurso de condecoración, ni qué decir. Ya es suficiente con el cuentico de que el trabajar 24/7 nos dará un mundo mejor; sólo hay que ver el ejemplo de las empresas publicitarias que, a cambio de un buen salario, exprimen a los empleados mientras sumen a la opinión pública en una crisis social de desinformación cada vez más profunda. Esfuerzo real es el que requiere la búsqueda del arte en un medio tan esclavizante como el que nos convoca.

“(Edson) crea por crear”, dice la novia -creo- de Velandia en el documental de Noisey. Eso, y no otra cosa, es la creación, y aunque lo intente deslegitimar el statu quo, es ahí donde radica el esfuerzo propio del arte. La creación con propósito no es creación; es creatividad –o como la llamaría la profesora Karin Stempel, burocratización de la creación-, desarrollo de nuevos productos, investigación, etc., pero no creación. Velandia hace su arte y crea. La búsqueda propia de la creación es jodida, precisamente, porque no tiene nada que ver con la construcción de un producto con respecto a un canon, ni siquiera con hallar lo extraviado, sino por el contrario es el encuentro con lo nunca habido. De ahí que el esfuerzo de la creación exija mucho más que el de la optimización, pues implica poder ver en lo que uno hace lo no esperado, lo nunca visto.

Hablando de El Paseo 2, Ricardo Silva Romero decía: “… podría concluirse que (…) “la gente” aquí se encoge de hombros más de la cuenta, que tiene demasiado claro que todo, desde la guerra hasta El paseo 2 podría ser mucho peor, y que entonces se ríe y se alegra y agradece al cielo y disfruta mientras puede, pero que nada de eso significa que no esté preparada en cuerpo y alma para que todo sea mejor”. Siento que es extrapolable a este caso. Esa es la música que bailamos y consumimos pero no porque no estemos preparados para la venida de algo mejor, sino porque quienes tienen el talento y la capacidad de producir cosas poderosas renunciaron al genio y a la búsqueda enlistándose en las amontonadas filas del éxito, y de paso terminan menospreciando el potencial de sus audiencias.

Por eso digo creí. Creí en que había otras maneras de oír que serían aceptadas y en cómo eso podría influenciar lo que procuramos quienes hacemos el deber de crear, de hacer en una episteme diferente a la investigación. Luego supe que difícilmente sucedería pues, como civilización, no estamos dispuestos a oír lo genuinamente diferente. La música que es producto de la creación artística demanda, de quienes consumimos música, un esfuerzo por habitar lo diferente. De ahí que la culpa no la tenga solamente Maluma y la música de radio o youtube de hoy -los señalo, eso sí, por llamarse irresponsablemente artistas-, sino también quienes estamos lo suficientemente cómodos creyendo que engrosar nuestras listas de reproducción con nombres de músicos que no conocíamos, pero que hacen prácticamente lo mismo que nos gusta, es sinónimo de nuestra apertura a lo nuevo.

De ahí que me complique la existencia que Maluma siga llamándose artista y además lo condecoren subrayando su valor cultural. Por eso, un poco a regañadientes -porque no me gusta mucho lo importado-, propongo hacer una traducción forzada de lo que este sujeto y la inmensa mayoría de músicos -en general personalidades del espectáculo que padecen la misma irresponsabilidad- serían en el mundo anglosajón: entretenedores. No se llamen artistas; llámense entretenedores. Llamemos a las cosas por su nombre. A la larga a lo que se dedican es a vivir del mundo del entretenimento que, como bien lo decían Santiago Moure y Martín de Francisco, sirve muy bien en estos tiempos con su propósito: distraer de lo importante.

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