La corrupción como síntoma -no causa- de nuestros males.

Difícil no estar de acuerdo: la corrupción nos tiene jodidos. El asunto es que hay una enorme diferencia entre si es la causa de nuestros males o si es un síntoma de lo que nos pasa y, viendo que es tema de las precandidaturas de la coalición ciudadana que conformarán los Verdes junto a otros, vale la pena discutirlo con la intención de robustecerlo.

Tanto a Claudia López como a Sergio Fajardo les he oído tocar el tema de acabar con la corrupción, pero el escenario en que lo plantean, si bien puede ser con la intención de tener una comunicación más clara con la población, me antoja escaso.
Hago la salvedad, pues creo en la agudeza con que López ha construido su postura. Pero debo decir que en el caso del discurso de Fajardo, si bien parece digerible y resulta convincente, me parece excesivamente difuso cuando habla de temas como la corrupción y la educación. Cada que Fajardo repite lo grave que es aceptar que alguien robe pero que al menos haga, su público se emociona. No lo contradigo, pero una cosa es estar de acuerdo en lo obvio –y hay que nombrar lo obvio muchas veces para hacerlo visible- y otra que eso obvio sea máxima de un diagnóstico acertado. Por eso el que para Fajardo –y seguro para la mayoría de los Verdes, incluyendo a López- la corrupción sea la causa de nuestros males y que en eso se centre el discurso -o que eso sea lo que se está entendiendo-, me resulta insuficiente.

Por supuesto que es nefasto aceptar márgenes de corrupción para poder esperar beneficios colectivos, pero más delicado es pasar por alto hasta qué punto todos nos vemos enredados en un estilo de vida que es caldo de cultivo para esos comportamientos. A saber, el de la sociedad occidental que ha basado la dignidad humana en la opulencia consumista, en una noción de éxito dominante vinculada estrechamente al ascenso social, fortalecido por la ingenua meritocracia del sueño americano (“si yo quiero y trabajo duro, puedo”) y potenciada hoy, como nunca, por el embate del neoliberalismo en la individualización del bienestar.

Ése para mí es el diagnóstico de nuestra situación; eso es lo que causa la corrupción. Claro, tiene que ver con un tema de valores, pero no porque, como dijeran los papás, se hayan perdido. Más bien tiene que ver con qué entendemos por valores. En Creatorio, por ejemplo, vemos  la cultura como el conjunto de valores que nos motiva a actuar, aquello a lo que adjudicamos valor para operar la realidad. Para este caso hay que preguntarnos qué nos motiva más a actuar: ser reconocidos como alguien íntegro o farolear en un Mini nuevo, de esos cuatro puertas que le copiaron a Lifan. Y a juzgar por la cantidad de tiestos de esos que hay en la calle, nuestra motivación es clara -además de nuestra escasa construcción de gusto.

Ahí está ese éxito como valor, la opulencia como valor, aquello de encontrarse con los viejos amigos del colegio, llegar en el mejor carro o invitarlos a la casa más grande en las afueras de la ciudad y sólo juzgar la proveniencia de los recursos en caso de salir en las noticias. Acaso, ¿qué es lo que quieren los corruptos? Lo mismo que quiere la inmensa mayoría de la sociedad occidental. Bien pueda burlarse del petaco’e Chivas, de la gruesa’e caviar, del deme lo más caro que tenga relleno de lo segundo más caro, pero si Sumercé va a comer a donde los Rausch y sube la foto a redes (o de ahí pa’ abajo hasta el Crepes de pollo con champiñones), no está haciendo más que alimentar la misma idea de éxito; esa única idea de dignidad que lo hace confudir a Usted la calidad de vida con el nivel de consumo.

Por eso cuando Claudia López y otros congresistas apoyaron la idea de reducir sus salarios me pareció fantástico. No porque fuera a acabar con la corrupción –dirá Sumercé que la diferencia sería compensada en algún contratico- sino porque es una idea en esencia necesaria para el bienestar social desde el imaginario de éxito.
En alguna de sus tantas intervenciones, Mujica insistía en que hacer dinero no era malo sino que lo malo era hacerlo en la política; que si alguien quería dinero, bien podía irse a la empresa privada. Desde esa perspectiva, reducir los salarios de los políticos ayuda a fortalecer un imaginario alejado de la idea del puesto político vitalicio y mediocre que llena bolsillos haciendo poco. Sin embargo, es claro que quienes toman las decisiones alrededor del mundo no son los políticos sino quienes están al mando de las grandes corporaciones, que velan por mantener esa acumulación de capital sin precedentes que vivimos actualmente y que están en el centro del imaginario del éxito. Esos imaginarios son los que construyen corrupción en un mundo en donde en las altas esferas sociales no hay espacio para todos.

Incluso es fundamental cuestionarnos al respecto en muchos otros escenarios. Para la muestra un botón de lo que, a juzgar por la popularidad del tweet, uno creería es idóneo:

sumas-obscenas

Escribir una leyenda

Desde luego que yo también quisiera que los deportistas tuvieran una vida digna, pero crear focos de concentración de capital con sumas obscenas no es dignidad; más bien es generar más espacios que alimenten esa idea de éxito de la que sólo nos quedamos con el sueño de manejar un Audi como el de James (no importa que sea para huirle a la policía superando los límites de velocidad), que hace llenar escuelas de fútbol con niños hijos de padres que sueñan por ellos, que se creen la ingenua historia de que el suyo -entre decenas de miles-, con la mera dedicación y esfuerzo del sueño americano, llegará a ser el “10”, no de la Selección Colombia, sino del equipo más derrochador que exista para cuando el niño esté en edad de merecer. Dignidad, creo yo, sería poder ver, con algo de criterio, que todo lo que gira alrededor del fútbol -así como del mundo del espectáculo, del esnobismo artístico, de la música masiva, etc.- está inundado de corrupción, pues la dignidad es la posibilidad de comprender.

Así las cosas, creer que la lucha contra la corrupción está instalada en el marco institucional y público, alejada del imaginario colectivo de esa dignidad y ese éxito que ya he descrito, me antoja fragmentario. De ahí que en Creatorio hablemos de las Empresas Político-Privadas, empresas que se construyen comprendiendo el actuar privado como una responsabilidad colectiva -más allá de lo básico que resulta generar empleo, crear fundaciones, etc.-, preguntándonos con cuánto se vive dignamente, cuántos más pueden ser beneficiarios de esa vida digna, si es mandatorio crecer indiscriminadamente, etc.

Para mí es claro que actuar contra la corrupción tiene que ver con atacar el estilo de vida que prevalece hoy en occidente con ideas tan básicas como querer menos, necesitar menos, preguntarse cuánto es suficiente, disminuir la velocidad de la vida, cuestionar la productividad como obsesión, etc. Esas ideas -y otras más complejas- operando también como preguntas, resultan fundamentales en el actuar ciudadano de cada quien, pero también significarán cambios sociales en la medida en que quienes las vivan, quienes las ejecuten en sus vidas, terminen siendo vistos como exitosos. Es decir, que de alguna manera los demás querramos replicarlos.

Para mí es claro que la opción que plantee esta coalición es la más próxima a hacerle frente a la corrupción, pero a mi juicio sería ideal que abundaran las ideas de base, como la reducción de salarios, que puedan darle a la sociedad colombiana otra forma de ver el éxito político y en consecuencia un cambio a la  noción general de éxito.

Nota: De Fajardo sólo tengo por decir que, sí, el tipo podría ser una buena transición, pero acá trato de anotar que me parece bastante distante la posición de quienes se echan al hombro transiciones conscientes de un destino contundente y la de quienes las consideran su meta. A Fajardo lo veo entre los segundos; a Claudia López la veo más cerca del primer paquete. Por eso por esa mujer me pongo la camiseta.

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2 thoughts on “La corrupción como síntoma -no causa- de nuestros males.

  1. De nuevo, estupendo. Claro que parece arar en el desierto plantear ideas como esta, la de sacar del “cochecito en movimiento” (de nuevo el coche como símbolo del dejarse llevar por una aparente comodidad) a todos los que andamos corriendo detrás del peso. Y me incluyo, porque también a veces caigo en eso de confundir lo que se requiere para vivir dignamente a aquello que es lujo innecesario y que en nuestra cabeza se disfraza de primera necesidad. El último celular, el restaurante de lujo, el vestido más caro. Qué bien me hace leer sus artículos, Cristiam, porque me ayudan a recordar lo importante y a alimentar la esperanza de que el panorama no sea taaaaan desértico, y que cada vez más personas estén pensando más allá del billete de 50 mil.

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