Contracoaching para los desesperanzados

Luego de la victoria del “no” sólo veo a mis copartidarios del “sí” hablando de esperanza. Sea a modo de ánimo a continuar, como madrazo abierto o vergüenza generalizada, la esperanza, ausente o presente, pareciera ser su motivación para todo. Desde luego, cada quién tiene derecho a usar las motivaciones que le plazcan, pero me da la sensación de que con el paso del tiempo otras opciones han tendido a desaparecer. Debo decir que eso me genera conflictos.

Hace un par de meses una amiga, Mónica Marconi, luego de afirmarle mi convicción de una humanidad sin salvación, insistía en que había una contradicción en mí pues la forma en que opero como diseñador, teórico freelance -diría el creatorista Gabriel- o remedo de pedagogo, tenía que estar motivada por la esperanza. Aunque seguro ese día me quedé corto de palabras, el tema ha venido tomando claridad en mi cabeza, razón por la cual hoy explicaré una motivación que considero superior a la dominante.

Lo intentaré con un ejemplo: hoy en día es común encontrarse con quien, sea estudiante, profesional freelance, emprendedor, etc., quiere cambiar el mundo, salvar el planeta, eliminar la pobreza, etc. En sus frases bonitas, pero cliché, habita la esperanza de un mundo mejor que encuentra su punto más alto cuando uno llega a una conferencia del Sistema B y escucha el discurso de la mayoría de aquellos emprendedores que quieren utilizar la fuerza del mercado para dar soluciones a problemas sociales y ambientales. La mayoría, eufóricos porque cambiarán el mundo, se aplauden mutuamente luego de hacer afirmaciones con escaso sustento académico más allá de lo técnico: “un paquete de maní para mi cliente, un paquete de maní para el pobre”.

Desde luego es caricatura, pero, créanme, no está lejos de la realidad. Yo no tengo problemas con que quieran cambiar el mundo -a mí también me molesta nuestra situación actual-; los tengo con la ligereza con que se interesan por comprender el mundo que quieren cambiar. Esto lo explica Žižek con más facilidad cuando cita a Oscar Wilde: “es más fácil tener simpatía hacia el sufrimiento que hacia el pensamiento”. Eso, precisamente, es lo que veo yo en estas personas que sienten simpatía por lo social: una esperanza que reduce su agencia al distanciarlos de la problematización de su situación.

Seguramente revisando a Žižek y leyendo algo de Manel Güell (perdonen la imprecisión), emergieron dos conceptos que me dieron luces para ahondar en el tema: sentimentalizar y sensibilizar. El segundo puede sonar familiar, pues creativo, político o emprendedor que se jacte de ser sensible socialmente lo utiliza -junto con empoderar- en cuanta campaña se le atraviesa, por supuesto sin mesura alguna. Para estos casos, hablar de sensibilizar es buscar afectar emotivamente a las personas para generar un cambio en ellas. Por eso la aparición de sentimentalizar como categoría permite una claridad deliciosa pues, verdad sea dicha, estas estrategias únicamente sirven para generar reacciones momentáneas, registrables en algún video con aspiración de hacer viral, pero sin trascendencia a largo plazo en el comportamiento social de los individuos. Eso, en la mayoría de los casos, es ejecutado sobre la base que Wilde señalaba: la de nuestra simpatía (la del creativo, el político, el emprendedor b; la del ciudadano, el votante, el cliente) con el sufrimiento.

Así las cosas, lo correcto en estos casos sería hablar de sentimentalizar, afectar emotivamente para generar reacciones momentáneas y superficiales, haciendo uso de todos los recursos técnicos, disciplinares y –dizque- profesionales que se tengan a mano (fenómeno que, además de darse en los espacios ya mencionados, es protagónico también en los de rehabilitación como el coaching).

Si se me permite esa diferenciación, podríamos devolverle al sensibilizar un carácter digno de la responsabilidad del término: el de invitar a las personas a que quieran comprender en complejidad las situaciones que les afectan y, por consiguiente, a comprenderse en medio de ellas. Si esto fuera así, los actores sociales mencionados arriba no sólo dejarían de ser unos sentimentalistas -así los veo yo- sino que procurarían en los supuestos beneficiarios de sus acciones cosas más complejas que la pasividad que implica esperar ser ayudado (cosa mucho más compleja que empoderar o enseñar a pescar en lugar de dar pescado).

Desde esa perspectiva, alguien sensible (a lo social) no es quien llora viendo los dramas que muestran los programas de televisión nacional de domingo en la noche, así como no es insensible quien no se estremece con el sufrimiento ajeno. De hecho no tiene que ver con esas manifestaciones, pues es quien -se le escurran o no las lágrimas frente a la pantalla, suba o no a su moto a llevar agua embotellada a la Guajira mientras se hidrata con Coca-Cola, o incluso regale o no un maní a los pobres por cada uno que venda- se vea afectado lo suficiente como para procurar su comprensión del fenómeno que le inquieta en complejidad. Esto, en palabras del chileno Hugo Zemelman, sería el inicio de la constitución del sujeto histórico: aquél capaz de comprender su momento en la historia, dar cuenta de sí en dicho contexto y desde allí operar para transformar su realidad. “Todos podemos estar alejados del poder pero nadie puede estarlo de la historia”, diría.

Siendo así, Mónica tendría razón en parte pues sí trabajo para el cambio, pero con una motivación diferente a la esperanza. La sensibilización, como la veo hoy, encarna la búsqueda consagrada de la verdad y la libertad, y ésta, en tanto movimiento, hallazgos y preguntas constantes, resulta lo suficientemente atractiva como para ser motivo de acción. Además de eso, mientras la esperanza, como dirían los griegos, es una desgracia ambigua pues no separa acción y espera (una suerte de transacción en donde hago esperando un resultado específico a cambio), la búsqueda de la verdad y la libertad de un sujeto histórico –o de un sujeto sensible, como lo llamo para este caso- se da en el presente con respecto a la consciencia que uno tiene de su situación histórica. Ese presente de la búsqueda marca diferencia con la esperanza, pues amplía el espacio para la acción política que, a la luz de Hannah Arendt, debe gozar de las libertades propias de lo indeterminado, de no tener una expectativa que llenar (contrario a la esperanza; de allí la decepción y frustración por la victoria del no, por ejemplo). Esto es, hoy actúo conforme lo que comprendo, conforme a aquello de lo que puedo dar cuenta, para transformar mi realidad… hoy (una pregunta acá puede ser hasta qué punto un voto transforma mi realidad).

¿Qué produce todo esto en sumatoria? La posibilidad de aquel sujeto sensible de darle una nueva dimensión a la noción de agencia. Desde una perspectiva ciudadana como la de Ronald Inglehart, ésta no es otra cosa que la capacidad de tomar decisiones con propósito. Propósito que, para el caso de este sujeto, tiene un carácter político detonado por la búsqueda y su consiguiente comprensión.

En conclusión, la esperanza como motivación me genera conflictos pues me parece angustiante ver la cantidad de gente –muchas veces a cargo de organizaciones filantrópicas o con cargos influyentes en fundaciones de gran calado- instaladas con orgullo en lo que llamo altruismo inocuo: un mar de bonitas intenciones con un centímetro de profundidad en donde la pretensión de ayudar parece nublarles el interés por comprender y, por consiguiente, disminuyendo su capacidad de transformación (la verdad es que pocas veces creo que, sobre todo en esos altos cargos, genuinamente quieran un cambio social; pero eso es otro tema).

Con todo esto no quiero decir que quien opere basado en la esperanza no pueda estar buscando la verdad y la libertad a la vez. De hecho los desesperanzados conocidos a quienes les escribo hoy lo andan haciendo mucho antes que yo. Pero ellos son más bien poquitos, y con todo esto del “pos-plebiscito” he visto tanto discurso esperanzado meramente anímico, alimentando la ingenuidad colectiva desde sus vacíos de contenido y proponiendo a las personas una vida de frustración sobredimensionada, muchas veces descolocada con respecto a la realidad de cada quién, que me pareció urgente escribir, pues me siento presenciando una suerte de democracia sentimentalizada.

Precisamente por eso propongo que, si bien la esperanza como motivador desaparece con dificultad –es uno de los paradigmas más grandes que he visto-, tengamos la voluntad de desprendérnosle y empecemos a operar la realidad desde la búsqueda de la verdad y la libertad que, por demás, me antoja una vía mucho más honesta, genuina y eficaz que la transaccional esperanza.

Eso, creo yo, debería motivarlo a uno lo suficiente para reponerse al “no”.

Y esto es lo que llamo contracoaching.

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