El peligro de una tibia tolerancia

Dice Ricardo Silva Romero en su columna de hoy que lo único que nos faltaba en este país de lamentables habitantes era una marcha contra la tolerancia –lo de lamentables, es mío-. Estamos de acuerdo. Sin embargo, y aunque nunca tendré estadísticas de si son mayoría, a mí me preocupan más los tolerantes; los tibios tolerantes.

En medio de las discusiones, en el enredado murmullo al que uno a veces prefiere hacerse sordo –de cuando en vez hay que cuidarse la salud mental-, hay frases que retumban para mí: “es que yo sí respeto a los LGBTI; incluso tengo amigos y conocidos, pero no por eso permitiré que a mis hijos, a los hijos del país, les digan que su sexualidad es indefinida”. Ese tipo de personas, que para algunos pueden estar viviendo la transición entre modelos sociales, es al que debemos atacar pues, como dice Estanislao–y esto lo repetiré hasta el hartazgo-, no hay peor ignorante que quien cree que sabe lo que no sabe.

Obviando el hecho evidente del desconocimiento de “la cartilla” y la ley por parte de quienes hacen este tipo de afirmaciones –cuestión que está explicada por demás; un ejemplo contundente es la columna de Ana Cristina Restrepo-, lo que cohabita en ellos es una contradicción que excede su capacidad de mirar la imagen que están construyendo de sí mismos; que, en palabras de William Ospina, no es otra cosa que su dificultad de constituirse como ciudadanos. Y, creo yo, no pueden señalar el absurdo en que están envueltos, en gran medida, debido al sentimiento de exaltación propio de quien se considera a la vanguardia de la sociedad.

Porque pregonar a los cuatro vientos una tolerancia tibia que le da a uno estatus multicultural, de persona con mente abierta y sofisticada, pero negar lo fundamental, la garantía esencial de los derechos del otro, es un acto completamente ególatra que decanta en una postura fundamentalmente antidemocrática.

Sin embargo éste es apenas un primer nivel. En medio de esa tolerancia tibia y sin postura y enredado en una discusión de redes sociales que no llevan a nada en conjunto, pero que lo sumen a uno en estas reflexiones, alguien puso la vara todavía más alta cuando, luego de hacer la debida introducción de su respeto por la comunidad LGBTI y de hasta llegar a tener amigos así, dijo: “… incluso en mi tesis de maestría planteé un modelo de negocio para el mercado rosa –qué apelativo más patético- pero eso no justifica que acepte se establezcan conceptos que no tienen más definición que absurdos” –el hombre está convencido de que a los niños se les impondrá tener sexualidad indefinida y que la única ciencia a tener en cuenta es la avalada por el Vaticano-.

Para Žižek, el mundo multicultural de occidente, aquel tolerante que acepta a todas las etnias, inclinaciones sexuales, credos, etc., sólo tiene algo en común que sirve de aglutinante social: el capital. Si bien al hombre que cité se le puede dar el beneficio de la duda –en las redes uno a veces opina sin pensar o escribe apresurado sobre lo que nunca se ha tomado el trabajo de pensar-, y aunque no conozco en detalle su modelo de negocio, su afirmación me sirve como ejemplo pues entre líneas quiere decir que, además de tener en cuenta a la comunidad LGBTI para sentirse pseudovanguardista, la forma manifiesta de sustentar dicha postura es mediante el mercado. A la larga, ¿qué mejor forma de mostrar que son incluidos en la sociedad si no es mediante una oportunidad de negocio que les permita comprar dignamente? Todo eso es válido, siempre y cuando no se exijan sus derechos fundamentales, porque para ese caso el multiculturalista –que para este caso también es pseudo- no encuentra razón para que el gobierno haga lo que le corresponde por ley.

El demos, decía Žižek recordando cómo Rancière definía lo político hablando de la Antigua Grecia, era lo que denominaba a aquellos sin lugar en la estructura social establecida; lo político entonces era lo que se daba cuando el demos no sólo exigía ser escuchado sino que además se postulaba como representante de la universalidad, de todos. Desde esta perspectiva, la inclusión social a medias que resalta el pseudomulticulturalista en sus intervenciones, no solo es ofensiva con la comunidad LGBTI, pues los instrumentaliza vulgarmente para el beneficio de su imagen, sino que decanta en una actitud antidemocrática que, además de impedir la promoción de los derechos de todos por igual, le teme a que sea un LGBTI quien nos represente a todos. Mírese no más el estigma con que se carga a una ministra que, ya se esté de acuerdo o en contra de sus políticas –yo estoy en el segundo grupo- termina siendo medida por fuera de lo que la ley le exige.

Adenda:

Si el tolerante tibio quisiera avanzar tantico, un primer paso podría ser aceptar su contradicción y echarle cabeza. No con el fin inmediato de convertirse -el tema a la larga no es individual- sino de permitir la transición colectiva necesaria para el cumplimiento de la ley.

 

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