Una Madre Desobediente

Suerte. Sí, yo he hecho algunas cosas en la vida con criterio, con decisión, con pasión y gusto, y muchas más por obligación, por supuesto. Hacerlas me ha traído a donde estoy, cuestión francamente satisfactoria. Pero decir eso acarrea una responsabilidad mayor: la de reconocer que el resultado no es sólo cuestión de mérito, sino que también tiene una alta dosis de suerte. Esa suerte, como en la mayoría de los casos, fue haber nacido en donde nací: en medio de una familia educada con un montón de voces en múltiples áreas del conocimiento, posturas y contrastes, pero particularmente, llena de desobedientes.

Si bien de todos esos desobedientes algo me ha quedado a mí –mi capital cultural es la desobediencia- mi suerte particular radica en las desobediencias puntuales de mi mamá.

¿En qué consiste tener una mamá desobediente? La lectura no es sencilla. De hecho pasa fácilmente por lo diametralmente opuesto. Mi mamá, como muchos otros padres de su generación, fue una trabajadora incansable y disciplinada (digo fue porque ahora disfruta su jubilación, si bien no deja de trabajar cuidando a mi abuela junto a mi tía Alejandra), en gran medida para poderme sacar adelante como madre soltera, si bien con el apoyo de su familia. Una madre para quien el bienestar de su hijo dependía de su juicio para cumplir las normas del mundo; es decir, una madre aparentemente obediente.

Pero la obediencia es consecuencia de la dificultad para leer la realidad y los intríngulis de la contemporaneidad correspondiente a cada quien; obedecer es un acto sencillo cargado con las narrativas de la aparente complejidad que implica cumplir las normas no discutidas. Ante esto, mi mamá ya empieza a desencajar y, sospecho, es una cuestión heredada.

Mis abuelos, dos personas del campo boyacense y santandereano, tuvieron trece hijos los cuales, según el contexto histórico, serían un capital productivo grandioso para explotar la tierra. Pero, también por suerte, mi abuela había tenido contacto con la educación escolar y así, junto a mi abuelo, consideraron que aquél era el camino que debían seguir sus hijos, sin importar lo titánico que resultara darle educación, comida y techo a esa catajarria de chicuelos. Una lectura muy audaz del contexto que se tradujo en una reacción de desobediencia a la estrategia común.

Tras ese ejemplo, mi madre obró descaradamente a contracorriente: mientras la sociedad obediente llenó sus billeteras de tarjetas de crédito, mi mamá -sin entrar en detalle sobre el fenómeno de la deuda como David Graeber o los guionistas de Mr. Robot- prefirió el ahorro y la austeridad cuando no había con qué; mientras la norma era buscar educación privada para los hijos, mi mamá rechazó un ofrecimiento generoso y genuino para llevarme a un colegio de élite, en donde se suponía tendría mejores oportunidades, dejándome en el colegio público en que estaba con niños de todas las condiciones sociales. Pura sabiduría de resistencia.

Para mi mamá y mis tíos, tener educación básica y constituirse como profesionales garantizó procesos liberadores de muchos tipos: de género, políticos, artísticos, técnicos, deportivos, éticos, científicos, etc., y eso a su vez los llevó a transmitirnos a sus hijos las mismas oportunidades. Pero las obediencias del mundo cambian conforme las generaciones pasan y esa educación que para ellos fue una desobediencia, para nosotros hoy es lo contrario: un acto obediente gracias a que, por un lado, quien no lo tenga es considerado menos y, por otro, al carácter productivista desbordado que ha tomado la educación (la crisis actual de la educación consiste en la importancia que le damos para producir económicamente que supera el interés por encontrar sentido a nuestra existencia).

Por eso, si bien hubo más desobediencias ejemplares en ella además de las anteriores, la desobediencia más grande y la que más agradezco, fue darme tiempo para pensar.
A diferencia de muchos padres que ven en la educación de sus hijos una inversión que les permita tener como rédito el que su descendencia se sostenga y ascienda económicamente, mi mamá, sin dejar de ser consciente de lo útil que aquello resultaba, nunca me mostró el trabajo como un lugar de afianzamiento de los valores y las responsabilidades para la producción económica -seguramente porque ya vislumbraba en él las contradicciones que ha traído la transformación del capitalismo flexible de Sennett-. Ella simplemente me propuso que hiciera una cosa a la vez, lo mejor hecha posible y que disfrutara; cuestión que, palabras más o menos, lo que me daba era tiempo.

Librarme, pues, del afán productivo, fue una gran parte de esa desobediencia de mi mamá, pero el hecho de tener tiempo no trae implícito aquello de usarlo para pensar. La educación profesional y de posgrado hoy no da cuenta necesariamente del ejercicio reflexivo en su sentido más amplio pues, como dice mi gran amigo Alfredo, está reducido a una sola de sus dimensiones: resolver problemas. La actividad de pensar en tanto divagación, duda, deriva, esa que no tiene propósito ni fin práctico, aquella que puede sacudir las insensatas lógicas de nuestro ritmo de vida, tiende a la extinción. Desde luego, porque no es productiva.

En ese sentido es que considero crucial el papel de mi familia y mi mamá, pues me permitió complementar la educación escolarizada con un contexto en el que semana a semana, y desde mis primeros días de vida, todos esos fenómenos emancipadores que mencioné anteriormente se manifestaban de diversas maneras. Eso garantizó en mí, en términos de Bourdieu, un gran capital cultural de desobediencia y un comportamiento diletante de carácter crítico. Esto fue capitalizado en mí por mi madre al darme el tiempo que las dinámicas productivas me habrían arrebatado sin dejarme siquiera notarlo.

Sí, es cierto que el tiempo tiene su equivalente en dinero y que el tiempo que mi mamá me dio para pensar le costó mucho de lo que ahorró cuando evitaba endeudarse, incluso llevándola a evadir sus principios y alguna vez adquirir uno que otro préstamo para un viaje mío o un semestre de universidad. Pero eso es lo que agradezco enormemente y en donde reconozco su mayor desobediencia: eso que muchos padres consideran una inversión responsable para hacer de sus hijos seres que se sostengan con sus familias –eventualmente con algún retorno-, para ella fue un cheque en blanco destinado a garantizarle a su hijo la incertidumbre propia de una búsqueda verdadera.

Cuando terminé mi maestría –otro de esos tiempos para pensar apoyados por ella- y agradecí ante mi familia sus desobediencias, mi tío Hernando, hermano de mi mamá, tradujo el término que usé en algo más claro: “la desobediencia no es otra cosa que la búsqueda de la libertad y la verdad”. Lo más grandioso de esa aclaración fue venir a comprender luego de tantos años de vida, que mi mamá desobedeció una y tantas veces, no por su propia búsqueda de la libertad y la verdad, sino para que yo pudiera encaminar la mía.

Eso es suerte, pues no hay mérito en un hijo para que su madre desobedezca de esa manera por uno. Mil gracias, madre mía, por darme tiempo para pensar y, sobre todo, enseñarme a desobedecer de la única manera posible: sin haberme obligado a obedecerte.

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