Sin equidad, el diseño no solucionará problemas de movilidad

La conclusión del foro de ayer sobre movilidad en bicicleta, realizado en el marco de la Feria del Libro de Bogotá 2016, fue la siguiente: con infraestructura –por parte de la Alcaldía- y seguridad –por parte de la Policía- se conseguirán las condiciones idóneas para generar igualdad en la movilidad bogotana. Los panelistas –el alcalde Enrique Peñalosa; el comandante de la Policía de Bogotá, Hoover Penilla; el urbanista Stefan Bendiks; y la Jefe Comisario de la Policía de los Países Bajos, Hanneke Brouw- sin controversia alguna, parecieron acordar que conseguir resultados en estas dos instancias es la vía definitiva a la promoción del uso de la bicicleta en el contexto bogotano.

De acuerdo pacialmente. Desde luego, la implementación de una infraestructura adecuada hace de la experiencia de la bicicleta algo mucho más seductor para quienes aún no se suben, y la seguridad, tanto en términos viales como de control por parte de la autoridad competente, retiraría el pretexto de una gran cantidad de conductores de carro para no usar bicicleta con más frecuencia o por primera vez. Pero que en ello radique la solución definitiva a nuestra situación, me parece una conclusión escasa. Alguien dirá que igual es un avance tener al alcalde y a la Policía Metropolitana unidos en el mismo propósito. Sí, lo es. Pero para comprender el carácter de los avances, se debe prospectar según la postura política del gerente de turno, y para este caso el futuro que se viene, según veo yo, no es el que más se acerca a lo que el alcalde mismo señala como igualdad –esa que uno ve en sus rénderes-, sino uno en que las condiciones de inequidad no permitirán que el buen diseño de infraestructura y de ciudad cumpla su cometido a cabalidad.

Reconozco procesos de diseño urbano sumamente atractivos, como los desarrollados por Bjarke Ingels bajo el concepto de lujo social, en los que propone espacio público de las mejores características ya que, si alguien merece lo mejor en diseño, es a la larga la totalidad de la población. No los pobres; ¡todos! En ese sentido, me alíneo al discurso de Peñalosa, Bendiks, Ingels y otros tantos. Pero a los dos que estuvieron en el foro se les escapa algo que considero todavía más sensato y que encuentro en el análisis del profesor Harvey Molotch cuando afirma que “el buen diseño necesita democracia y paz”.

Es recurrente la aspiración de urbanistas, arquitectos, diseñadores y alcaldes visionarios, de encontrar en el diseño la solución a los problemas sociales; es delicioso sentirnos dueños de un oficio que emancipa y educa, por más discutibles que resulten esas dos potencias. Molotch, por el contrario, se pregunta qué tan cierto es eso, pues considera que no es el diseño por sí solo el generador de impacto en las urbes de países con la mayoría de sus necesidades resueltas –con proyectos como el Supekilen de BIG en Copenague o la Hovenring de ipv Delft en Eindhoven-, sino que es precisamente el contexto el que le permite concretar su cometido, no solo a nivel funcional sino también estético –de ahí, tal vez, que el diseño nórdico sea referente a nivel mundial-.

Peñalosa aboga por la igualdad –es fácil creer que es genuino por su enredada retórica entusiasmada- pero considero es de carácter superficial. Ni toda la inteligencia policial que generen, ni toda la infraestructura local bien diseñada –en cursivas porque con los ejemplos de las ciclorrutas que él mismo construyó y la comparación que hace con orgullo de la glorieta de la calle 63 con Av. 68 con la Hovenring, diciendo que son idénticas, todavía me quedan dudas de si hablamos del mismo buen diseño– transformarán sustancialmente la hostil cotidianidad del bogotano que teme al subirse a la bicicleta, pues en su raíz yace la evidencia de otra máxima del mismo Molotch: “la ciudad paga la inequidad”.

No. Definitivamente no creo que la apuesta de Peñalosa por la igualdad tenga buenos resultados. La razón está en las contradicciones de sus comentarios: en su intervención insistió en que el problema de la desestatización de las empresas de la ciudad es un tema del siglo pasado; que sólo un pensamiento retrógrada concebiría esas posibilidades; y en seguida alabó la igualdad holandesa ejemplificándola en que allá el empresario acaudalado y el obrero usan la bicicleta para ir al trabajo. Para mí en ello radica una contradicción.

A Peñalosa definitivamente se le escapó que la equidad conseguida en Holanda fue consecuencia de la presencia de un Estado benefactor que velaba por la redistribución de la riqueza, y no gracias la liberalización económica -de la cual él es fiel representante- que hoy, como en la mayoría de los países, también está amenazando las garantías mínimas -que no eran pocas- que aún permiten al obrero holandés pedalear al lado del acaudalado sin conflicto.

Vaya uno a saber por cuanto tiempo antes de que, también en Holanda y a pesar de su gran diseño, las ciudades paguen la inequidad. 

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