En diseño no se “sensibiliza”; se “sentimentaliza” (o emocionaliza)

Escucho y veo aplicada en un sinnúmero de proyectos de disciplinas creativas y administrativas la siguiente premisa hecha formato: “hay que sensibilizar a la gente con respecto a ___________” (inserte en el espacio cualquier problema social, ambiental, económico, etc.). La voluntad de quienes lo dicen es bonita y hasta cierto punto alentadora. Pero me antoja una situación en exceso ambigua y, por tanto, contraproducente. Puede ser agradable encontrarse con gente interesada en lo social, pero el agrado se desvanece en cuanto empieza a revelarse el poco interés que tienen en problematizarlo (tal vez porque de alguna manera todos encarnamos un tanto del carácter neoliberal de nuestros tiempos). Para ilustrar lo naif de la situación, asista no más una sesión de coaching de/para emprendedores sociales.

Sensibilizar se volvió eje proyectual de todo llamado a la consciencia: una campaña de accidentalidad vial que por indicación de la Bloomberg Philanthropies debe ser escalofriante para generar escarmiento; un producto de diseño para comunidades vulneradas debe llegar al corazón para comprender las lamentables condiciones en que otros viven; una silla de ruedas —o una venda en los ojos— para que los que caminamos —y los que vemos— nos pongamos en los zapatos de El Otro; etc. Y es apenas obvio, pues tocar fibras sensibles para involucrar al indiferente es algo que, a primera vista, lo deja en una situación de vulnerabilidad que facilitaría la entrada a ese estado de incomodidad que es la consciencia. Lo complicado está en comprender que de esa vulnerabilidad también se puede tomar el camino de la superficialidad, cuestión que me parece es la más frecuente en estos días.

A lo que asistimos hoy, creo yo, contrario a la sensibilización es lo que en una mezcla de Žižek con Josep Muñoz y Manel Güell, se llamaría sentimentalización*: el efecto de activar las emociones de cualquier persona utilizando todas las herramientas disciplinares disponibles con tal de generar una reacción empática inmediata (dolor, angustia, sufrimiento, lástima, admiración, etc.) pero con inocuas aspiraciones reflexivas.

Es esa ansiedad de inmediatez, de poder sumar en los indicadores de éxito de equis o ye campaña —o en la calificación de un trabajo de la universidad— lo que puede sentenciarlo todo. Si lo importante es conseguir un gesto, una expresión o cualquier otra manifestación de afectación, la consecuencia es una reacción superficial fácil de abandonar y que no invita a profundizar en la situación, cuestión que precisamente, es la materia de la sensibilización.

Richard Sennett diría que al ser una sociedad en la que predomina lo fácil, nos es casi imposible ver la necesidad de atravesar la superficie de los fenómenos para comprenderlos; una sociedad en la que reina lo ilegible. Y es precisamente esa facilidad preferida la que Žižek señala volviendo a la máxima de Oscar Wilde: “es más fácil tener empatía hacia el sufrimiento que hacia el pensamiento”. Diseñamos y creamos para generar emociones aceptadas socialmente como las adecuadas frente a determinadas situaciones —angustia por quienes mueren de sed en la Guajira, por ejemplo—, en lugar de hacerlo para detonar en el espectador —y en los diseñadores mismos— un interés por develar lo oculto tras los hechos. Y es eso lo que implica la sensibilización genuina: despertar la necesidad de entrar en profundidad.

No nos preocupa entrar en profundidad ni a los creativos ni a los espectadores o usuarios, y eso es fácilmente explotado por la industria de la publicidad, por supuesto excusándose en que quien no opera rápido será devorado. Desde luego, el fenómeno también viene expandiéndose pandémicamente a otras disciplinas superficialmente afines —como el mercadeo, la comunicación social, la administración, el diseño, etc.— al igual que a una gran cantidad de organizaciones no gubernamentales y fundaciones que también patinan en la misma superficialidad, sirviéndose de las habilidades disciplinares de las primeras y vinculando universitarios incautos con ganas de ayudar, pero enajenados de la posibilidad de construir postura autocrítica.

El “confunde y reinarás” domina nuestros discursos mientras vivimos convencidos de que, genuinamente, ayudamos a los desvalidos por medio de nuestras disciplinas. Por el camino teminamos menospreciando a la gente al creer que con información verídica y la invitación adecuada —ahí sí sacando a relucir lo creativos que suponemos somos— no conseguiremos proponerle que indague por su cuenta, que mantenga la pregunta en la cabeza o que vean en ellos la capacidad de encontrar información y problematizarla más allá de los alcances de quienes se lo proponemos.

Un ejemplo son estos clips de video virales creados por comunidades de noticias como AJ+ o Playground: las noticias son impactantes, reveladoras, poderosas. Si sumercé las ve, las comparte y ahí para de contar, está siendo sentimentalizado*. Si, por el contrario, le inquieta la cuestión, indaga sobre el fenómeno y busca sus propias fuentes para trascenderlas y comprender la complejidad actual, es la sensibilización la que está tomando fuerza —pero eso sería más mérito suyo que de los realizadores audiovisuales—.

Ya demostramos que podemos generar espacios de vulnerabilidad hacia el cambio a partir de las emociones. Ahora usémoslos para fomentar el interés de las personas en entrar en profundidad. Total, si realmente alzamos la bandera contemporánea de los amantes de los retos, este es uno de los de verdad.

*Adenda (agosto, 2017): Más precisa es la problematización hecha por Byung-Chul Han en su libro Psicopolítica al utilizar el término emocionalización. La diferencia que propone está en que las emociones son de corta duración y por tanto apenas permiten reacción; la emoción (emotio) sólo nos pone en movimiento sin la necesidad de comprender. En cambio los sentimientos —la melancolía, por ejemplo— al ser duraderos sí dan margen de reflexión, es decir, nos dan la posibilidad de querer entrar en profundidad —los cambios fundamentales de uno en la vida se dan en períodos de tiempo en los que uno es habitado por sentimientos flluctuantes pero permanentes—.

 

 

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