Peñalosistas despolarizadores

Sé que es difícil catalogar a algún elector de Peñalosa como “peñalosista”, básicamente porque fue el descarte de muchas personas que optaron jugársela por él al considerar que era lo menos pior.  Como sea, haciendo esa salvedad, diré que me causa un amargo agrado ver lo que algunos votantes del actual alcalde de Bogotá empezaron a manifestar en los últimos días seguramente ante la avalancha de artículos, videos, memes y demás expresiones propias de las redes a causa de las acciones de su elegido en materia de metro, humedales y vendedores informales, entre otros: su preocupación por la polarización de la opinión pública.
Siento agrado porque me preocupa la polarización; pero es amargo porque es una acción francamente contradictoria viniendo de donde viene y lo suficientemente llamativa como para hacerse hacerse viral: ¿por qué llaman a la despolarización quienes eligieron a un alcalde que se posesionó con una clara postura polarizadora? (o despolitizada, como él insiste, pero polarizadora)

No puedo señalar a ciencia cierta qué motivó a aquellas personas –a las cuales aprecio; la salvedad nunca sobra y es necesaria acá en donde la opinión corre el riesgo de sesgar- hoy aboguen por esta empresa habiendo sufragado como lo hicieron. Tal vez estaban nublados por una rabia contra Petro lo suficientemente grande como para no notar que Peñalosa era el bastión de la polarización; también pudo pasar que hayan elegido siendo concientes de eso, pero hasta ahora estén viendo los efectos. Opciones hay muchas, pero me aterra que haya surgido -y acá viene el potencial viral- como vía de escape al verse atacados porque el tipo que subieron a la alcaldía mantiene una postura técnica de una intransigencia únicamente equiparable a la ideológica del que terminaron detestando (no, no me parece que la técnica sea mejor que la ideológica pues es ilusorio creer que en la una no habita la otra, pero sobre todo porque lo intransigente somete a las dos a sus caprichos). Es una situación que me recuerda el desprecio generalizado que el colombiano sentía por Chávez cuando acá andábamos al extremo exactamente opuesto. La diferencia es que esta vez no andamos entre derechas neoliberales ni izquierdas radicales comunistas sino que es el centro, el supuesto lugar común de la despolarización, el que como dice Žižek, está mostrando que también puede ser radical, y que por tanto es falso creer que su asepsia y neutralidad son posibles sin construirlas y se dan por defecto con la etiqueta autoimpuesta.

No sé por qué lo hicieron, como tampoco sé –aunque lo dudo mucho- si habrían abogado por la despolarización de la ciudad de haber quedado electa la izquierda de nuevo. Les daré el beneficio de la duda. El caso es que sea cual sea la razón, me parece necesario alertar el brote de sensatez antes de la posible viralización pandémica, ya que un “peñalosista” que se precie de despolarizador debería empezar por reconcoer que votó por un ser en extremo polarizante y que bajo la administración del sujeto en cuestión su empresa será titánica, por no decir imposible (cabe anotar que igual es alentador ver dichos espíritus, pues durante los eternos años de mandato de Álvaro Uribe se vieron todavía menos; seguro porque su dictamen contra la oposición incluía sanciones a los espíritus conciliadores), pues si hay algo que puede atizar con propiedad las contraposiciones intolerantes, es la postura de un mandatario.

La gran pregunta que nos queda es cómo ser ciudadanos debatientes sin que eso implique silenciar nuestros desacuerdos, sobre todo con la historia reciente que nos toca llevar a cuestas: la tradición uribista de neutralización por “acción terrorista del contrario”, la carga de radicalismo discursivo e intransigencia administrativa de Petro, la actual dosis de deslegitimación general de lo hecho con anterioridad desde una imposible, y por demás sin sentido, neutralidad política (despolitización, según él), y la parte de los medios tradicionales que por su negligencia han llevado a que algunos independientes tomen un tono apenas comprensible de revanchismo.

A mi juicio, la tarea es casi imposible pues apaciguar los ánimos teniendo por alcalde uno de discurso despectivo, reduccionista, estigmatizador y que encarnó todo eso prácticamente por estrategia electoral, no tiene caso. Pero como considero que la despolarización es absolutamente necesaria para mejorar el clima político de una sociedad y además vivimos épocas de motivación, habrá que meterle ganas al asunto, eso sí, sin sacrificar lo que la motivación pasa por alto: ponerse en cuestión para evitar asuntos que trascienden lo técnico y se instalan en lo epistémico. Es decir, comprender que la despolarización es una tarea de escuchar sin necesidad de acuerdo –escuchar para comprender, que es la escucha real- y de aceptación del tono del otro para no sacrificar la deliciosa vehemencia ni renunciar al juicio.

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