El día en que las sustentaciones dejaron de ser salas de ventas

Detesto que me aborden personalmente para venderme cosas. Si hay una razón por la cual le huyo a mis conocidos miembros de empresas multinivel -si no lo sabían, ahora comprenderán por qué hace rato no conversamos- es porque me irrita esa situación.
Sin embargo, siendo ligeramente tolerante con el mundo que me tocó vivir y aceptando que si me situara en un radicalismo mayor podría someterme a una soledad irreversible, he aprendido a lidiar con eso en el entorno comercial… únicamente en el entorno comercial.
De ahí que cuando esas dinámicas invaden el académico, entro en una suerte de crisis que únicamente inhibe la corrección política pedagógica actual.

Si bien comprendo y reconozco la importancia del carácter persuasivo en la presentación de un proyecto de diseño, sumamente útil para generar viabilidad, llamar la atención y convocar a su realización, pienso que la idea de vender el proyecto que algunos colegas docentes promueven ha sabido mutar en una ingenuidad infinita por parte de los estudiantes.
Durante cinco años he sido jurado de trabajos de grado y las presentaciones usualmente me llevan a la misma pregunta: “¿Sumercé de verdad está tan convencido, como parece, de que su producto es infalible?” Lo digo porque, a pesar de los vacíos evidentes que presentan sus propuestas, perseveran en demostrar que uno está equivocado; que todo funciona de maravilla.
Mi hipótesis: lo hacen porque compraron la idea de que es mejor saber vender que saber hacer (idea que suelen adquirir al final de la carrera, cuando se dan cuenta que no saben hacer mucho; algo hemos de deberle al capitalismo).

Sin embargo, luego de todo este tiempo discutiendo con algunos e intentando invitarlos a pensar objetivamente en su resultado, hoy vine a toparme con algo de esperanza. Seguro -quiero creer- ha pasado antes y simplemente anduve en lugares distantes este tiempo, pero después de esta gran espera, hoy vi esa sensatez en varios (ahora) colegas que, luego de haber cumplido con un trabajo constante de exploración a lo largo del último semestre -porque si de persuadir se trata, pocas cosas lo consiguen más que un proceso evolutivo nutrido, coherente y claramente sustentado-, llegaron a su propuesta final diciendo, palabras más o menos: “sin embargo, mi propuesta final, acorde con las comprobaciones, aún falla en tales y tales puntos”.

Si su suspicacia le hace creer que así cualquiera terminaría la carrera, lamento desestimar la crítica. Desde luego, un cierre de esas características no graduaría a quien, siendo incapaz de demostrar un proceso poderoso, generador de conocimiento, mostrara tal sensatez. En ese caso, jurados y exponente simplemente acordarían que es necesario otro semestre.
Los casos de hoy, a mi juicio, fueron reconocidos por los otros dos jurados -resalto lo que ellos dijeron, pues yo venía acompañando el proceso desde principio de semestre- debido a que en quienes sustentaban, más que una intención de vender, se veía consciencia de lo aprendido en el proceso; una consciencia que se puede acercar, por fin, a la generación de conocimiento; una consciencia que claramente les permitirá salir a la vida laboral a ejercer reconociendo lo que efectivamente son capaces de hacer.

Y esto último no es tema menor. Vivimos, creo yo, momentos de confianza-en-sí-mismos desbordada. No puedo sustentarlo más que en mi escasa media década de docencia, pero tengo la sensación de que los vacíos dejados en el fortalecimiento del oficio como diseñadores, de la capacidad de hacer con manos propias, han sido llenados por el espíritu del entusiasmo y del ánimo fervoroso que ha instalado la superación personal en la idiosincrasia inestable de quienes vivimos el capitalismo flexible sennettiano.

Entonces, ¿en qué son convertidos nuestros egresados cuando no tienen oficio y, en lugar de eso, mucha seguridad en sí mismos? En vendedores a los cuales solo les queda intentar convencer de una idea que, aunque potencialmente buena, corre el riesgo de dejar de pertenecerles, pues, en el mundo del diseño y al menos por ahora, las ideas son de quienes las ejecutan (no soy experto, pero tengo entendido que se podrán registrar las ideas; ahora, ni creo en el poder del registro ni creo que suceda pronto, así que…).
Lo lamentable de esto no es solamente esta etiqueta sino lo que el exceso de confianza implica. Ya lo decía Estanislao Zuleta en una de mis citas favoritas a Platón: no hay ignorancia más peligrosa que aquella de quien cree saber lo que no sabe.

Cabe anotar, eso sí, que en la mayoría de los casos, los resultados de hoy no sólo fueron reflexión sino también factura óptima, y esa combinación, a mi parecer, da excelentes bases para creer que en diseño sí se puede generar conocimiento desde la práctica y en pregrado.

Por eso me atrevo a invitar a todo estudiante de diseño local a que -independientemente de si su perfil es administrativo, social o cualquiera de esas nuevas vertientes incompletas de la disciplina- mediante su oficio, la traducción de éste en propuestas comprobadas y el reconocimiento de los alcances genuinos de su proceso, se convierta en un generador de conocimiento -al menos para sí mismo- y, en consecuencia, se rehúse a hacer parte de la gran masa de vendedores ignorantes que desde las universidades estamos entregando a la vida profesional cada semestre.

Coda: a mis estudiantes de CPG de este semestre que hoy sustentaron con plena consciencia de lo conseguido, un agradecimiento enorme por haber creído que es posible graduarse con un oficio permanente, dando cuenta de toma de decisiones claras y demostrando que es más importante el conocimiento que las ventas (cosa sana para los jurados, pues es jarto eso de sentir que cualquiera le quiere meter los dedos en la boca a uno).
Hoy no hubo ningún trabajo meritorio, pero esas cuestiones siempre me han parecido secundarias. La sensatez vale mucho más.
Mucha suerte, colegas.

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