Conciencia colectiva

El martes 20 de octubre, como es mi costumbre, luego de terminar una sesión más de clase en la Tadeo, me dirigí al D70. Como apenas lo tomo por un par de estaciones, salvo que esté absolutamente desocupado, me voy de pie. Así que me ubiqué junto a un par de sillas azules libres.
Justo antes de cerrarse la puerta del bus, alguien con pinta de estudiante de alguna de estas universidades, rápidamente entró al bus y fue a parar derecho a la silla junto a la ventana del par que estaban frente a mí.

Una vez el bus se puso en marcha, el hombre sacó una botella con agua. Lucía tan sediento que sentí alivio por él. Con la emoción respectiva dio giro a la tapa sin tener en cuenta, defintiivamente, que se trataba de agua con gas. No lo culpo; creo no haber podido abrir una botella de soda nunca en mi vida, sin que se riegue una cantidad considerable. Pero a la vez creo que por eso mismo nunca lo haría en un bus.

El agua saltó sobre la silla que nos separaba, alcanzando a otra estudiante que también iba de pie y a mí. Por supuesto, en ese momento, el alivio empático que había sentido segundos antes desapareció por completo. Tuve rabia. Sí, era solo agua, pero igual tuve rabia.
Con una sonrisa impostada, de las que cargan temblor en el labio superior, lo miré mientras me secaba la mano en el pantalón. A la vez él, aparentemente avergonzado, me dijo: “es solo agua, ¡lo siento!”.
La sinceridad que vi en sus palabras me ayudó a recobrar la calma. El temblor del labio desapareció y la sonrisa genuina quedó. Sin embargo, mientras él secaba su maleta y su ropa con pañuelos desechables que llevaba en una bolsita, el charco que reposaba en la silla libre me miraba.

Con los ojos clavados en él recordé por eternos segundos que unos días atrás, cuando en una situación similar otro estudiante, ante una frenada inesperada de la misma ruta D70, había vertido sobre mí los jugos avinagrados del mango que iba comiendo, yo había quedado bloqueado por la molestia y no supe qué decirle sino hasta el momento en que dejé el bus: debí haberle pedido, al menos, que recogiera el trozo de mango que había caído al piso y que seguramente llegó a no sé cuántos portales.

Esta vez no podía repetirse. No podía permitir que el charco fuera secado con las posaderas de un anciano o una mujer embarazada. Concluí, pues, que si gozaba de los medios para secarse él mismo –los pañuelitos- podía hacerlo con la silla. Opté por hablarle de la mejor manera posible:

  • Hombre, ¿tiene algo para secar la silla?
  • ¡Claro, por supuesto!

Con aparente naturalidad, sacó un pañuelito más del paquete y la secó. Me miró con agrado y dijo:

  • ¿Se va a sentar?
  • No. Es para que quien la necesite no se moje.

A mi juicio, estaba operando muy bien, pues la reacción del hombre a mi llamado iba funcionando a la perfección… hasta que su gesto cambió

  • ¿Se sintió bien?

Su tono ya no era muy ameno; parecía indicar que yo me regocijaba por haberle dado una lección.

  • No, no lo hice para hacerlo sentir mal.
  • ¡Pues me sentí burlado!

El temblor del labio volvió, esta vez sin sonrisa, para intentar una última vez calmar los ánimos:

  • … es una forma de consciencia colectiva…
  • ¡Pues no la tengo!

Silencio.

Dejé el bus en la estación que me correspondía, pero a diferencia del día en que ocurrió el siniestro del mango, esta vez no encontré respuesta inmediata a qué hacer. Sólo me ha acompañado la misma pregunta perpetua sobre qué hacer cuando algo así sucede.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s