Palabras de un pesimista sobre la felicidad

En la serie Hannibal, el Dr. Chilton le decía a la Dra. Alana Bloom: “la diferencia entre el optimista y el pesimista está en que el optimista vive en lo que cree es el mejor mundo posible, mientras que el pesimista teme que eso sea cierto”. Algo así me pasa.
Decir que la felicidad es importante para el bienestar de una comunidad es tan fácil como aseverar que la educación es el pilar de la transformación social: la mayoría no dudaría en estar de acuerdo -yo dudo de ambas. Lo delicado, precisamente por eso, está en no preguntarnos por qué llegamos a ese acuerdo tan fácilmente.

Tanto en las cátedras en psicología positiva del Tal Ben-Shahar en Harvard o del coach de vida –título que me produce alergia- Andrés Aljure en La Sabana, como en cursos intensivos de emprendimiento en Wikideas y charlas en TED –como la de Mario Chamorro-, parece vivir dicho acuerdo. Es importante ser felices, pero hoy en día lo es más porque, claramente, no lo somos.

Viéndolo así, incluso la construcción más sólida de todas en el sentido tradicional de la producción académica –la del PhD. Ben-Shahar, por lo que he visto hasta ahora-, que cuenta con el respaldo de la ciencia y de una de las instituciones académicas más reconocidas del mundo –par colonizador peligrosísimo, por demás-, ofrece una respuesta meramente técnica: cómo ser feliz. Veo en las redes que dicha respuesta se ha viralizado en forma de pequeñas dosis de psicología positiva aplicada por cada quien a su vida, para demostrar que su búsqueda de la felicidad es la más significativa y profunda de todas –muchos comparten, por ejemplo, un post que dice “demuestran que la clave de la felicidad es viajar y no comprar compulsivamente”.

La ciencia –que últimamente se convierte en mera técnica- y las reflexiones de mis cercanos se ven confluir en una afirmación peligrosa: la felicidad -la nuestra- goza de profundidad. Como al principio del texto, podría estar de acuerdo de entrada. Pero entonces uno da vuelta y ve el chiquero de mundo en que vivimos y tiene que dudar: ¿qué tan profunda es esa felicidad que pregonamos realmente?

Lanzaré mi idea sin más preámbulos: creo que vivimos tiempos de banalización de la felicidad (así como de otros tantos estados sensibles que consideramos importantes). Permítanme explicarlo en tres puntos:

  1. La llenura: Cuando Estanislao Zuleta hablaba de la ignorancia, decía que Platón la concebía en muchos niveles. De todos, el más peligroso no era el simple hecho de desconocer o de no saber –un estado de vacío-, sino el creer que se sabe lo que no se sabe –un estado de llenura.
    Cuando asumimos una postura abiertamente aceptada como valor en la sociedad podemos estar entrando en un estado de llenura sin notarlo. Podría pasar con la humildad o la espiritualidad, entre varios casos, pero para éste es la felicidad: entre una francamente superficial ligada al dinero, al consumismo o a los placeres mundanos, y otra brindada por la familia, los amigos, los momentos vividos y sus recuerdos, seguramente veríamos con mejores ojos la segunda.
    Poniendo atención a los coaches de vida –alergia con náuseas esta vez- y la gente que me rodea, radico mi sospecha en la sensación que tengo al respecto: sólo nos interesa la técnica para ser felices, y si la técnica dice que la felicidad debe ser profunda, ¿quién dudaría de tremendo combo?
  2. Llenos hasta la banalidad: la ignorancia por llenura es crítica en términos particulares pero puede ser más desastrosa cuando se vuelve masiva, afectando a toda una comunidad. Hannah Arendt decía que el mal no estaba en seres monstruosos, excepcionales, sino por el contrario en quienes éramos terroríficamente normales. Ese mal radicaba en ser desprovistos de la capacidad de pensar, entendida ésta no como la habilidad de solucionar problemas sino de, básicamente, reflexionar.
    Una llenura colectiva, como la que percibo acá, en donde los científicos, los coaches de vida –sólo náuseas- y los ciudadanos de a pie sienten satisfacción por hallar una felicidad profundamente técnica, puede bloquear la intención de reflexión. No pensamos en por qué nos interesa tanto la felicidad en estos días. Simplemente nos regocijamos en las maravillas de la ciencia, en donde, por demás, cabría una paradoja exquisita: el mal puede radicar en la llenura –náuseas y arcadas- que produce nuestra ciencia de la felicidad.
  3. Subjetividad: alguien me dirá “pero la felicidad es subjetiva; Usted no puede entrar a discutir qué hace feliz o no a la gente, ni qué es o no profundo.” Y podría ser cierto… siempre y cuando la subjetividad fuera intencionalmente construida por tantos diversos sujetos. Me explico: recuerdo la salida clásica del capitalista que, sintiéndose contra las cuerdas ante las preguntas que develan su escaso nivel de reflexión, opta por agarrarse de una de las tantas herramientas que su modelo económico ha sabido absorber de su brazo multiculturalista liberal, a saber, la diferencia: “es que Usted no acepta que yo soy diferente.” Técnicamente, el capitalista no es un ser diferente. De hecho nunca se ha preocupado por construir su subjetividad y, como resultado, es un ser bastante homogéneo en su contexto. Pero al salir de éste y encontrarse frente a alguien que sí lo ha hecho, sucede que vive uno de escasos momentos en que puede considerarse diferente; por eso siente la necesidad de alegar una particularidad que no le es propia.
    De la misma manera, quien alega la subjetividad de su felicidad puede estar cayendo en una ingenuidad similar, pues si no la ha problematizado este argumento puede estar evitándole la molestia de pensar.

Viajar, meditar o hacer ejercicio hoy, por más profundas que parezcan, no son más que formas de comprar felicidad, incluso si se hacen gratuitamente y en un contexto social tan malsano. Al no problematizar la felicidad y consumir la que se nos vende, consumimos una bastante banal que, aunque se sienta bien, le es útil a un modelo económico que perfectamente causa nuestras infelicidades más profundas. Por tanto, lo perpetuamos… felices.

¿De qué sirve cualquiera de esas tres estrategias –o de las otras seis del Tal Ben-Shahar– si al salir a la calle la realidad pasa por encima de la supuesta felicidad ganada? Si me preguntan, prefiero tranquilidad que felicidad. Ya decía una gran amiga que regresó de viaje en estos días: “el mundo tiene cosas muy lindas como para estar clavado uno en un PC”, a lo que con mi pesimismo contesté: “bueno, a mí las cosas lindas no me afanan. Me preocupan más las feas que insistimos en no ver”… para poder estar felices.

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5 thoughts on “Palabras de un pesimista sobre la felicidad

  1. Hola Cristiam. Creo que la última frase es la respuesta “las cosas feas que insistimos no ver”, creo que allí esta la verdadera felicidad, lo demás es placer persé y evasión si no esta en sintonia con autodesenmascararse, que creo que es la primera tarea del individuo: Tema muy interesante para un café…

    1. Yo creo que hay un error de base en esta cultura de la “felicidad histérica” (término que, no sé cuando o en donde, leí alguna vez): es pensar que hay medios para la felicidad. No sé si a eso se refiere con la técnica, pero esa especie de artilugios o doctrinas que llevan inevitablemente a la felicidad son una gran farsa que abunda hoy en día y de la que todos, inevitablemente, somos y seremos presa. Claro, si lo avala la ciencia se vuelve una carnada aún más eficiente, pero creo que más allá de eso el tema va a que se tenga la idea de que hay algo a lo que nos podemos dedicar, enamorar, o aferrar que nos puede llevar a través de la vida dentro de un camino de placer ilimitado; desde mi pobremente justificada idea de la vida, no hay nada a lo que podamos aferrarnos sobre lo que no proyectemos cada uno de nuestros movimientos pasionales, intelectuales o físicos, y creo que en ese mismo orden de ideas nada que nos lleve hacia la mayor de las felicidades va a dejar de llevarnos también hacia lo más miserable de nuestra existencia. Uno busca un medio para vivir, con todo lo bueno y lo malo, no para ser feliz. Todo lo que vaya disfrazado de eso es un invento no humanizado.

  2. Me atrevo a comentar abierta y descaradamente que vivimos en un estado de confusión permanente entre felicidad, alegría y satisfacción.
    – Esta delicia que acabo de leer me siembra una sonrisa de reflexión (alegría a la cual espero volver cuando hable de este texto) y definitivamente satisfacción. –

  3. Quisiera decir, desde mi punto de vista, que la felicidad a pesar de su carácter subjetivado, banalizado o ignorantemente adoptado, es un sentimiento de sensibilidad experiencial absoluta en el que logramos una liberación de nuestro actuar de manera consciente y amable con el mundo entero, lo demás, son guirnaldas que ponemos.

    Gracias Cristiam,

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