Mockus revisado: la creatividad sola no transforma ciudades

En medio de la nostalgia por la cultura ciudadana que por estos días experimentamos muchos habitantes de Bogotá con edad suficiente, el New York Times publicó una columna del profesor Antanas Mockus titulada El Arte de trasformar una ciudad. En ella, si bien no explica por qué la hemos venido perdiendo, el exalcalde enumera algunos puntos clave en su consecución. No obstante, pasa por alto uno que, a pesar de parecer perogrullada, esconde una complejidad exquisita: la cultura ciudadana de Mockus ha desaparecido sencillamente porque Mockus ya no está.
Permítanme explicarme.

Hace cinco años, cuando me inicié como docente de los programas de diseño industrial de las universidades Nacional y Tadeo, en Bogotá, y claramente bajo la influencia del exalcalde, orienté mis asignaturas hacia el diseño de acciones –o las acciones de diseño, como las llama el diseñador César Sierra- en pro de la cultura ciudadana.
Como producto de una maraña de semiótica, intervención urbana artística en todas sus variables y algo de la irreverencia mockusiana, resultaron acciones sumamente poderosas que invitaban al transeúnte a la reflexión mediante el humor, la sorpresa, el disgusto, el juego, etc., -herramientas que el mismo Mockus señala como fundamentales en su plan de transformación- básicamente irrumpiendo en su rutina (un ejemplo es Prohibido Parquear desarrollado por varios estudiantes de Objeto y Comunicación de la Tadeo).

Supe un tiempo después que estaba siendo contemporáneo de una gran cantidad de ciudadanos que desde múltiples áreas del conocimiento e instituciones, trabajábamos procurando mantener vivo un legado que veíamos diluirse en la cotidianidad. Es decir, lo que no percibíamos como voluntad política desde la administración distrital, tratábamos de compensarlo con ciudadanía activa, que no es otra cosa sino voluntad política ciudadana.
Sin embargo, a pesar de la gran cantidad de organizaciones y colectivos ciudadanos engendrados y aún llenos de vitalidad –como el Combo 2600, el Ciclopaseo de los miércoles, Cebras por la vida, Teusacatubici, Despacio, 100en1día o incluso la misma organización de Mockus, Corpovisionarios, entre muchísimos otros-, en materia de cultura ciudadana, Bogotá seguía decayendo drásticamente.

Es un sinsentido, lo sé, que un legado como el que dejó Mockus haya detonado la gestación y crecimiento de tantos movimientos de ciudadanía activa, y no haya sido suficiente para mantener la cultura ciudadana conseguida durante sus administraciones –tal vez por eso él mismo diga que el mayor reto no es generar el cambio sino sostenerlo-, pero culpar a las administraciones únicamente por no haberle dado la importancia requerida me resulta aún insuficiente.

La cantidad de programas que, por ejemplo, ha dedicado la administración actual a recuperar la cultura ciudadana perdida, no es despreciable. Desde muchas de sus instituciones hay trabajo arduo al respecto y aunque uno podría caer en discusiones técnicas, éticas, estéticas, etc., alrededor de la pertinencia de las campañas, para mí hay un elemento de mayor magnitud que no ha sido abordado con el peso requerido en aras de comprender la decadencia de la cultura ciudadana local. Se llama autoridad.

La autoridad, decía Hannah Arendt, es una cuestión de autoría: quien es autor, se constituye como autoridad de lo que ha hecho y esto le da peso a su voz. Nosotros, los colombianos, confundimos con facilidad autoridad con poder –no, no creo que sea problema de la cultura del narcotráfico; al contrario, diría que ésta fue consecuencia de nuestra confusión- y muy a nuestro estilo (intimidando), hacemos que prime el estatus social, político o económico sobre el buen comportamiento ciudadano. Así, el policía de tránsito monta su moto en andenes y anda en contravía antes de poner un parte; los cuatro multimillonarios por excelencia del país dicen cómo debe ser la política fiscal; los narcotraficantes y paramilitares ponen los congresistas que sancionan las leyes a su conveniencia; las guerrillas hacen justicia social matando campesinos; y el expresidente de la guerra nos dice cómo acabar el conflicto con ejércitos paramilitares. Todos, personas con poder, pero nunca autoridades. O, bueno, únicamente de formas varias de autoritarismo.

Mockus, por el contrario, fue autor de una ciudadanía y de una postura política que ha inspirado respeto –no intimidación- y esa es la cereza que corona una autoridad genuina. Algo muy por encima de sus mimos, su versión del chapulín e incluso de sus mismas nalgas.
Estoy de acuerdo parcialmente con lo que dice: la creatividad, la sorpresa y el carácter juguetón del político son herramientas útiles y poderosas que pueden modificar comportamientos y hábitos; es algo que aplico en mis clases y en los colectivos a los que he pertenecido, y en efecto la gente se sorprende, los estudiantes y participantes se empoderan como ciudadanos y eventualmente se convierten en autoridades –siempre y cuando comprendan la necesidad de serlo para poder salir a la vía pública a proponerle a otros que se sumen. Pero sin una figura de autoridad como el alcalde, que en efecto lo sea, dudo francamente que pueda haber una transformación cultural de la magnitud de la que él gestó. Por eso lo que podamos hacer los ciudadanos en las calles por la causa pierde fuerza y corre el riesgo de parecer mera creatividad publicitaria -como la que cito al final.

Esa es mi versión de los hechos: la razón por la cual la cultura ciudadana de Mockus se ha perdido es precisamente porque desde que lo tuvimos como autoridad en cultura ciudadana en la alcaldía, no ha tenido quién la suceda –exceptuando a Peñalosa que de cuando en vez se subía en una bicicleta para pasear por… Copenhague. Eso es lo que le queda mal decir a él en su texto y por eso me atrevo a sumarlo yo.

Las demás administraciones pueden haber dedicado poco o mucho del presupuesto a cultura ciudadana para hacer buenas o malas campañas, pero para mí es claro que ninguna ha gozado de la autoridad necesaria para respaldarlas, luego es irrelevante lo que hagan.
Por eso uno las ve apelando, de manera inocua, a lo que los grandes creativos de la publicidad consideran: llenar el vacío de autoridad de los alcaldes con estrellas de la farándula, como si Robinson Díaz pudiera difundir la cultura ciudadana tan fácil como Rafael Novoa vende su “saludable” té en polvo.

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