Para acabar con ladrones y linchamientos

Detrás (o debajo) de cada video de linchamiento a ladrones, entre los ya innumerables oprobios enardecidos de aprobación, sale alguien (además de la Policía) a desestimar la reacción de la gente, con calificativos que dejan al neandertal en un estado cívico digno de admiración.

Me resulta conflictivo: cuando veo las golpizas no puedo evitar sentir que algo de justicia, en medio de la confusión con la venganza, allí queda. Y cuando leo los evolucionados reparos de quienes lo consideran una barbarie, reprocho el dejo de alivio que el video había sembrado en mí.
Sin embargo, mi conflicto excede las dos posturas. Ha de ser porque, como dijera mi maestra Nathali, en las estructuras polares siempre hay espacio para la estupidez.

En uno de los varios textos contra el linchamiento, encontré de manera incipiente una relación causal que aunque un tanto más atractiva, no ofrecía solución contrastante con la eficacia momentánea del linchamiento.
Luego de ver al autor enmarañarse repasando las consabidas ineficiencias de la Policía local y la estructura penitenciaria, desembocó apuntando ligeramente, en un miserable párrafo que citaba superficialmente a William Ospina, hacia arriba, hacia la cumbre de nuestra estructura social:

Pero mucho más grave, es que no hemos querido darnos cuenta  como dice William Ospina,  que la culpa es de la vieja dirigencia con sus maniobras corruptas y excluyentes, que producen una serie de condiciones de inequidad que se ven en la falta de oportunidades, en el no  cumplimiento de los derechos fundamentales, y en el beneficio de unos y la sepultura de millones.
No se queden con la versión fácil.

Aunque su versión no aporta mucho más que la “fácil”, le abono la búsqueda causal tratando de superar lo instrumental del aparato estatal (policía más estructura carcelaria y judicial) y la superioridad evolutiva de quienes escriben desde la seguridad de las redes sociales.

Estoy tan de acuerdo con Ospina como con muchos que coinciden en la responsabilidad que tienen quienes se mantienen en la cima, al alimentar la guerra en que vivimos los de la mitad para abajo. En particular, encuentro oportuna para el caso la visión de Jane Mayer, columnista de The Newyorker: “si (los de arriba) pueden tomar el resentimiento de la clase media y dirigirlo hacia abajo –ése que uno ve en los linchamientos y los comentarios que los apoyan-, en vez de hacia arriba (…), al uno por ciento que vemos enriquecerse más que nunca (a expensas nuestras y de los ladrones), entonces pueden tener éxito políticamente”.

¡Y qué fácil hemos caído en enfocar nuestro resentimiento hacia abajo! Sea por linchamientos o por el simple miedo que brota de nosotros cuando vemos a alguien vestido como suponemos se visten los delincuentes, nuestra clase media pareciera cumplir a cabalidad lo que alguna vez escuché y no recuerdo de quién, para adjudicarle la autoría: “la pobreza existe para que la clase media tenga a quién tenerle miedo y así valide la estructura que perpetúa en su lugar a la clase alta”. O algo parecido.

Concentrados en mirar hacia abajo con desprecio, no notamos que nuestro estilo de vida basado en la imitación de los que consideramos arriba, el del consumo codicioso, puede ser causante de la salvaje cotidianidad en que vivimos. La delincuencia ya no sólo parte de la necesidad, es claro, sino que tiene mucho que ver con la manera en que hemos alimentado la codicia en un marco de inequidad como el nuestro.
“¿Y cómo empezamos a sentir codicia, Clarice?”, le preguntaba el magnífico Dr. Lecter (que comprendía muy bien eso de ser psicópata) a la novata del FBI. “Empezamos por codiciar lo que vemos todos los días”, completó.

¿Qué vemos todos los días, entonces? Uso Transmilenio cinco de siete días a la semana y cada vez que me subo veo a más personas con smartphone (por cierto, sólo un diseñador o un publicista pudo ponerle un nombre tan embaucador a semejante aparato. Y sólo una sociedad que cedió a la tecnología su inteligencia pudo creerle). Si la mitad de los asalariados en Colombia ganan apenas un mínimo y la mayoría de los que reciben un salario decente le apuestan a estar metidos entre un carro mamándose el trancón, entonces la mayoría de los que van conmigo están más cerca de los primeros que de los segundos. Siendo así, ¿cómo hacen para tener celulares costosos? ¿Acaso hay un boom de facilidades de compra, promociones espectaculares o Carlos Slim renunció a parte de sus ganancias para que todos tengan telefonía inteligente?

No. En Colombia roban un celular cada 30 segundos (algo más de un millón el año pasado, eso ya lo sabíamos) y va a parar al mercado que alimenta los deseos de quienes no alcanzan a comprar uno legalmente con su salario o rebusque. Y que, colados o no, usan Transmi.

En este punto, alguien clase media que me lea desde su iPhone 6 pagado a doce cuotas –porque al año debe empezar a pagar la versión 7- podrá concluir que la codicia que vive en quien no gana suficiente para obtener su tiesto legítimamente nos tiene jodidos. Bueno, yo creo más bien que nos tiene jodidos a todos.

Como el chiquito de la casa que imita a su hermano adolescente, las clases inferiores de occidente elevan el rostro hacia sus superiores y admiran, precisamente, aquello con que han logrado ocultar lo que adolecen. Es ahí, en ese lugar, en donde veo los smartphone, en la codicia construida por el consumismo. Así, la idea de que son imprescindibles ha contaminado a todas las clases sociales, luego son dispositivos diseñados para sociedades adolescentes.

Todos, haciendo eco de aquel publicista o diseñador, nos convencimos de que, ya sea por necesario o por cool, vivir sin uno no tiene sentido. Y, dígame Ud, ¿cómo hace para sobrevivir alguien sin algo que le dijeron era fundamental para conseguir y sostener un trabajo, para poder estudiar, tener amigos o completar lo que le falta de dignidad humana para ser reconocido socialmente? Viéndolo así, tal vez los ladrones de celulares roben por “necesidad”.

Los tiestos esos son útiles, sí, mas no imprescindibles. Si queremos que los atracos bajen, también tenemos que bajarle al imaginario que construimos sobre ellos. ¿Cómo conseguirlo? Sólo se me ocurre proponerle mi comprobada estrategia: regrese a la flechita y vea lo sabroso que es caminar tranquilo. Yo tengo una y cada vez que veo a alguien que por su apariencia me inspira sospecha (ver imagen), aunque con algo de miedo, pero en reacción completamente opuesta a quien tiene smartphone, la saco y exhibo con descaro. Le garantizo que eso neutraliza la acción delictiva de cualquier potencial ladrón.
Total, como rezan las sabias palabras de Edson Velandia que mi amigo Daví recuerda siempre: “porque al que no tiene televisor, no se le daña el televisor”.

para acabar con ladrones y linchamientos

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