El feminicidio de las reinas

Hoy en Argentina hay marcha contra el feminicidio, me cuenta mi amigo Pablo​. En Colombia, después de 2 años de ser radicado, se aprobó -por fin- que el feminicidio sea declarado delito. Hay avances.

Pero, entonces, uno se acuerda que esta tierra le cree tanto o más a las reinas en todas sus presentaciones (actrices, presentadoras, modelos, profesionales rasas -porque lo de inteligente no me lo creo todavía-, damas de compañía o todas las anteriores en una) que a las académicas, activistas, columnistas, maestras, deportistas o meseras de Crepes, por mencionar solo algunas de las que considero mucho más valiosas, y se le baja la autoestima de patria a la roída suela de los zapatos.

Y fue también mi querido Pablo -no el Milanés, definitivamente-, precisamente por el acontecimiento en Argentina -porque allá las marchas sí son dignas-, quien al postear el video que acompaña este texto me hizo pensar aquello.

No he visto el pronunciamiento de la catajarria de reinas que han invadido la televisión nacional, básicamente porque no acostumbro a ver televisión en horas de Jotamario. Es una cuestión de principios. Pero no me es difícil imaginar su fervoroso apoyo a la ley que por su importancia y urgencia, nos tomó apenas dos años sancionar.
Mientras escribo esto, de sus botóxicos labios debe estar saliendo, en forma de voz, el poco aire que aún cabe en sus poliméricos pechos, cargando el estandarte del ingenuo feminismo propio de una madre que exige a sus hijas vestirse día a día como una dama -porque ella es una feminista que defiende la dignidad de la mujer; ¡lo he presenciado!-. Todo esto mientras sus rígidas, descubiertas y esculturales piernas se adormecen en la misma posición, porque de cometer movimiento despreocupado alguno, su minúsculo vestido revelará el cuidado interiorismo que debe mantener en tensión al televidente.

Ellas creen -y le hacen creer a muchos- que hacen parte del nuevo paradigma de la reina, la reina inteligente. Son aparentemente críticas -por ejemplo con el feminicidio-, muy audaces, empresarias y su cuerpo no es más que un complemento que conscientemente disfrutan explotar en una actualidad que no tiene reversa y, a la larga, “no es tan mala”.

Yo, en cambio, considero que su inteligencia es un espejismo patrocinado por la ligereza de la educación superior actual y que, de seguir creyendo que su postura crítica ante el feminicidio revela inteligencia y no paradoja, cuando en el nauseabundo éxito de la televisión nuestra mujer cincelada haya vencido del todo a la natural, “a aquella que no se ve a través de los ojos de los hombres”, como dice el documental que adjunto, tendremos material de sobra para hacer el propio. ¡Y le podremos poner la marca país de turno!

Habrá quien, cual capitalista de a pie, trate de anular lo que digo minimizando su trascendencia, alegando que no acepto que ellos -los capitalistas y las reinas- existan, apelando al comodín del derecho a ser diferentes -pues si alguien se tomó en serio la diversidad, fue el homogeneizado capitalista.
Pues bien, no creo que sea evitar la diferencia. Lo que me preocupa, por el contrario, es la totalitarización de la homogeneidad. La capitalista y la de las reinas. Sobre todo de las feminicidas de la mujer natural.

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