El Maestro y mi tarea

Unos días después del 3 de octubre de 2013, cuando Hugo Zemelman falleció, vi en mi Maestro William Vásquez la amargura que produce la partida de un Maestro (las redundancias casi nunca valen, pero que ésta lo haga). Zemelman era su profesor en el doctorado que hacía en México y le había dejado una tarea. “Mi maestro murió y ahora no sé a quién entregarle mi tarea”, dijo William en clase, con un dolor que, creo, todos sentimos.
Hoy me tomo el atrevimiento de citar a William porque creo comprender mejor aquel sentimiento.

Supe de Galeano parafraseando a su amigo Fernando Birri y su épica definición de la Utopía, por allá en 2006, haciendo mi trabajo de grado en diseño, cuando buscaba teoría que me diera más luces alrededor del concepto de Tomás Moro. Cuenta Galeano que, estando en Cartagena de Indias dando una conferencia con Birri, un estudiante le preguntó para qué sirve la Utopía. El cineasta contestó: “La Utopía está en el horizonte. Yo sé muy bien que nunca la alcanzaré. Que si yo camino diez pasos, ella se alejará diez pasos. Cuanto más la busque menos la encontraré, porque ella se va alejando a medida que yo me acerco”.
¿Para qué sirve la Utopía, entonces? Para caminar.

De Birri nunca supe más, de hecho jamás vi alguna de sus películas -tarea pendiente igual-, pero de Galeano no me pude separar. La culpa la tuvo en principio el cineasta, sí, pero luego El derecho al delirio se encargó de todo:
“En la calle los automóviles serán aplastados por los perros (…) La gente no será manejada por el automóvil (…) Se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez, que cometen quienes viven por tener o por ganar en vez de vivir por vivir no más; como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que juega”.

Sus palabras superan de lejos cualquier cosa que pueda decir, lo sé, pero las mías son lo mínimo que puedo hacer por reconocer lo que hizo en vida. Al menos lo que hizo en la mía. Sin Galeano no estaría acá, no pensaría como pienso ni creería en lo que creo. Galeano me hizo creer en la Utopía y me animó a caminarla porque, como él mismo dijera, no es culpa de ella lo que los hombres hemos hecho en su nombre.

Por eso con su partida recordé la amargura con que William nos habló aquel día: porque aunque Eduardo Galeano nunca la vería, siento que hoy se me fue el profesor que me dejó mi mayor tarea.

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