El abnegado y berraco diseñador emprendedor

Nuestro mayor valor diferencial es la permeabilidad, la actitud frente a la situación actual: no nos quejamos, no nos lamentamos, no caemos en el victimismo, no reivindicamos nada al Estado, no nos creemos ni creamos falsas excusas. Canalizamos toda esa energía negativa y creamos, con más fuerza, proyectos innovadores, rentables y exportables”, dice el liberal ingeniero en diseño Pablo Crespo, hablando de cómo estas características lo han posicionado comercialmente.

Pero también he escuchado palabras semejantes en espacios muy diferentes. En mi salón de clase, por ejemplo, cuando entré a estudiar la universidad en el 2001, y más recientemente a un expresidente en el que confío muy poco, cuando se dedicó a hacer política directamente en la psique de los niños, en los colegios: “sacrificio personal: la vida es de sacrificios –dice-, pero hay que hacerlos con alegría. Uno no puede hacer sacrificios sintiéndose sacrificado (…) ¡No! Hay que hacerlos sin darse cuenta que uno se está sacrificando. ¡Y hay que hacerlos con gusto, con alegría, con ganas! Y no hacerse el mártir.” (ver minuto 13)

Los dos parecen estar de acuerdo, pero a mí tanta compatibilidad me resulta sospechosa, pues el ingeniero de diseño se autodenomina liberal y el político, porque lo conocemos, sabemos que habla como caudillo neoliberal. ¿Por qué si ideológicamente están en lugares distintos, hablan de lo mismo? Para mí, porque en ambos opera el mismo modelo económico: el Capitalismo Flexible, término que Richard Sennett ha intervenido con juicio.

“En la actualidad, el término flexibilidad se usa para suavizar la opresión que ejerce el capitalismo –dice Sennett. Al atacar la burocracia rígida y hacer hincapié en el riesgo se afirma que la flexibilidad da a la gente más libertad para moldear su vida. De hecho, más que abolir las reglas del pasado, el nuevo orden implanta nuevos controles, pero estos tampoco son fáciles de comprender. El nuevo capitalismo es, con frecuencia, un régimen de poder ilegible.”[1]

Seres flexibles, que se adapten a los cambios rápidamente y que no sufran anímica ni psicológicamente ante los embates de la economía capitalista 2.0, es lo que necesitamos y buscamos formar. “Curiosidad, actitud e innovación son los nuevos valores en auge”, dice el ingeniero Crespo, resumiendo, como mis profesores de primer semestre, lo que podríamos denominar competencias laborales generales. Álvaro Uribe, por supuesto, lo aplaudiría desde su noción de liderazgo abnegado.

Siendo así, quién resulta más coherente al resaltar las supuestas bondades del líder/emprendedor en el capitalismo flexible: ¿el ingeniero en diseño liberal o el político ultraconservador? A mi juicio, el expresidente.
Por eso lo que me parece grave es la recurrencia con que muchos emprendedores y diseñadores liberales hablan de lo mismo que los neoliberales radicales y bajo los mismos parámetros, en una dinámica muy similar a lo ya resaltado por William Ospina para el caso colombiano [2] e  Immanuel Wallerstein para el francés [3], quienes describen en detalle cómo el pensamiento liberal se adaptó al modelo económico cuando sus líderes consiguieron su seguridad – o acaso ambición- económica. Es decir, cómo su intención de transformación social fue apaciguada por los beneficios materiales recibidos como parte de la transacción con la godarria para mantener su porción de poder.

Acá el emprendedor que logró vender un alto número de productos con su muy novedosa estrategia le cuenta a los demás cómo lo hizo, sintiéndose un gran liberal, maestro en las artes de la manipulación del sistema, sin reconocer que, por la lógica del modelo económico, muchos otros de aquellos a quienes les habla sencillamente no podrán hacerlo. Sin embargo les dice que esa es la vía y que dependerá única y exclusivamente de ellos: “Tu vida es tuya y puedes hacer lo que quieras con ella. Nadie te va a venir a rescatar.” Eso lo debería decir un radical neoliberal. Un liberal debería estar pensándolo en profundidad.

Me preocupa la ingenuidad de los emprendedores exitosos, pues no parecen reconocer el marco de liberalización que los presiona, modifica sus valores y los hace creerse de vanguardia. Me preocupa cuando publican #TrabajoSíHay, hashtag bajo el cual, en medio de una sociedad de inequidad drástica, con índices de desempleo abruptos y sin espacio, literalmente, para el bienestar de todos, muestran un aparente derecho moral a decirle a los otros que no sean vagos o perezosos, que #TrabajoSíHay, sino que no saben buscar o crearlo. Me preocupa que sigan creyendo que no hay suerte en su papel, que todo se lo merecen por su esfuerzo, que nadie les ha regalado nada, pues si hay algunos de esos casos serían contados con los dedos de una mano y seguramente algunos tendrían que ver con vías ilegales. Sí, hay una buena parte que depende de uno, pero desconocer que hemos tenido más suerte que la mayoría y que eso nos ha ayudado un cojonal a sacar adelante lo que hemos conseguido, es un acto de ingenuidad que tiene una incidencia política enorme.

Como lo dije hace un tiempo, para mí el emprendimiento y el liderazgo, tal y como los plantean Pablo Crespo, Álvaro Uribe o una inmensa mayoría de los coaches que nos invaden hoy, son un nuevo salvavidas creado en el modelo económico dominante como parte de esa inocente flexibilidad y que, en lugar de complejizarse para ganar capacidad de agencia, se ha simplificado para hacerlo parte de los sueños de la mayoría desde el modelo de ascenso social al que asistimos.

Por eso no me interesa hacer parte de aquel Club del 20%En el nuevo diseño no deberíamos hablar de esa innovación. El juego de ping pong entre la innovación radical y la incremental lo venimos jugando hace rato. En ese juego me hice emprendedor, investigador y docente, estando en desacuerdo con la dinámica incremental dominante, tratando de saltar a la radical. Pero en la revisión del juego también hallé que ambas pertenecerán siempre al mismo modelo económico que, a la larga, es el que genera el meollo social. Por eso resultó fascinante encontrarme con la afirmación del también diseñador industrial William Vásquez en alguna sesión de la Maestría en Educación Artística de la Nacional: “La verdadera innovación es epistémica”. He aquí por qué me resulta paradójico estar dándole vueltas al mismo tambor, cual hámster de laboratorio.

Si alguien quiere hablarle a los emprendedores o a los nuevos diseñadores, no lo haga sumiéndolos en la misma ingenuidad de la cual algún suertudo exitoso ha sido presa. Iinvítelos a re-pensar la manera en que piensan la sociedad que forjan con sus acciones de emprendimiento y diseño, pues abnegación y berraquera dan lo mismo si alimentan el proyecto social de siempre. Si ante estas dos no hay un proceso crítico -no de ir en contra sino en profundidad, como me aclaraba mi maestra Nathalí Buenaventura alguna vez- en función del papel político de cada ciudadano, no haremos más que vernos excesivamente ingenuos cuando hablemos de ser liberales.

O por lo menos no confundamos públicamente las dos posturas. Recordemos que a estos espacios de la red cualquier estudiante incauto puede entrar, ¡y qué peligroso sería una catajarria de nuevos abnegados y berracos emprendedores creyéndose liberales, pero siendo la encarnación del diseño puramente neoliberal!

[1] Sennett, R. (2000). La corrosión del carácter. Barcelona: Anagrama
[2] Ospina, W. (1996). ¿Dónde está la franja amarilla? Bogotá: Literatura Random House
[3] Wallerstein, I. (1998). Utopística o las opciones históricas del Siglo XXI. Ciudad de México: Siglo Veintiuno Editores

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