Rápidos y furiosos 7 = demasiado

Por mucho tiempo he discutido con mis estudiantes por su uso indiscriminado del a veces adjetivo, a veces adverbio, demasiado. “La amo demasiado, mk”, dicen como si aquel amor lastimara. Claro, puede pasar también, pero apuesto que no encaminan sus palabras en ese sentido.

Pues bien, ha llegado el ejemplo perfecto para que comprendan qué es la demasía: Rápidos y furiosos 7.

Esto es la antítesis de mi trabajo en movilidad, lo sé, y lejos estoy de idolatrar a Paul Walker o siquiera considerarlo una pérdida para el cine, pero tal vez algo de petrolhead que debe reposar en algún rincón de mi ser me ha llevado a ver toda la saga. O a lo mejor tenga que ver la fascinación que me produce la capacidad del director de cambiar de género con espontaneidad, como cuando Toretto atrapó a Letty en el aire entre los puentes en la sexta. Un salto inmediato de acción a parodia.

La cuestión es que si la sexta parodió el árduo trabajo de quienes han hecho películas de acción históricamente, construyendo tramas en donde solucionar situaciones de riesgo requería, además de pericia, inteligencia, la siete la remata mostrando que sólo es necesario algo de fantasía, humor y suerte… mucha suerte.
Así que si sumercé tiene problemas para usar el adjetivo/adverbio demasiado, véala para que le quede claro: Rápidos y Furiosos 7 es demasiado. Demasiado escueta, demasiado ligera, demasiado ingenua. Incluso los carros aparecen en demasía: meten un esperpento de USD$3.5 millones diseñado por un alguien llamado Anthony Janarelly, egresado de Coventry, y producido por una empresa libanesa que debe generar un conflicto social horrible en su país: W Motors. Eso quiere decir que realmente, en materia de carros, su criterio es discutible. O, bueno, sencillamente no lo comparto.

Pero si aún le quedan dudas sobre el concepto, le propongo que la vea en una de las novedosas salas Dinamix. Lo sacudirán hasta la saciedad, el movimiento no tendrá nada que ver con los planos de la película y hasta tendrá que agudizar su oído para diferenciar entre un disparo y el inyector de aire instalado tras sus orejas; eventualmente le caerá un poco de agua -espero-, las turbinas simuladoras de viento se confundirán con el soundtrack y si no goza de buen tono muscular al otro día lo recordará cada vez que ría. A excepción del rechinar de alguna silla cercana, que empataba perfecto con el andar de las horrorosas lanchas que adora conducir el protagonista, la claridad del concepto mejorará, pues es tan difícil adaptarse que no sabrá de qué trató la película en los primeros veinte minutos -tiempo que, al menos a mí, me tomó acostumbrarme a que unas protuberancias molestaran mi trasero cual zapato de compañero de colegio que no quiere dejar que uno se concentre en clase de biología. ¿Divertido? Sí, algo, pero así como nunca más quise sentarme delante de aquel compañero, también creo que no volveré a cine a esas salas. Es demasiado.

Eso sí, si llega haber una octava en la que Jason Statham maneje un S8 y atienda, como deben ser las cosas, a Vin Diesel, allá estaré.

Coda: Siempre pensé que Pablo Calderón y Nicolás Rojas, grandes colegas y amigos, vivían paranóicos y eran exagerados. Sin embargo les seguí la cuerda y pegué un papelito pa’ tapar la cámara de mi portátil, por si acaso. ¿Notaron que hasta la demasía tecnológica de R&F7 habría sido solucionada si uno le pusiera un papelito al lente del celular? Soluciones inteligentes y análogas para dispositivos bruticos y digitales. DCIM162GOPRO

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