A Uber también lo sabrá destruir el colombiano

No defenderé a capa y espada lo indefendible, pero pensaré en voz alta un rato, pues sí es pensable lo obviado.

Aunque lo intentemos reducir, lo de los taxistas es mucho más complejo que un problema de servicio. Los maltratos, los robos, los “allá no voy porque tengo que entregar”, no son la enfermedad; son el síntoma. Y si algo tiene en crisis a nuestra hipócritamente querida patria, es eso: una serie de gobiernos estilo EPS que tratan de tapar con acetaminofén el cáncer, y un reguero de votantes convencidos de que las crisis sociales se solucionan con píldoras de innovación tecnológica, en lugar de tratamientos robustos, legislativos, estatales o ciudadanos.

Un caso para ilustrar: yo en un taxi, haciendo el retorno de doble carril de la Avenida 68 con calle 98, sentido sur-norte. El taxista hace triple línea y empieza a meterse con indebida mañita. Un ciudadano justiciero en una Dodge Ram roja con sofisticados stickers negros, descarga su peso en el pito, se detiene al lado, baja la ventana y hace un ejemplar llamado a la cordura: “¡grandísimo hijuep***, gremio de criminales atravesados, por eso les toca manejar pa’ tragar!”. Me quedo atónito ante su elocuencia y, con la mirada fija en su heroísmo, lo veo acelerar con convicción mientras el nuevo semáforo cambia a rojo para que él, haciendo gala de su autoridad, se lo pase.
En medio de mi dilema por quién de los tres -pues no dije nada en el momento de la maniobra del taxista- era el peor ciudadano, le comento lo que pienso. El hombre me contesta: “claro, patrón, pero es que ese tranconcito me cuesta a mí el pan del desayuno de mis hijos”.

No es la primera vez que escucho testimonios similares de taxistas y creo que no es caso aparte, pero ese tipo de respuestas me hacen dudar incluso de las posturas absolutas sobre la ilegalidad del Profesor Mockus; me hacen peguntar si es posible llegar a su añorada cultura de la legalidad -que a la larga es añorada por todos- en el marco de inequidad social actual colombiano.
Los datos de los taxistas que Ricardo Silva Romero planteaba en su columna de fin de 2014 son fuertes: “El taxi, que en Bogotá compite con 55.000 carros más, cuesta por lo menos 140.000.000 de pesos. El dueño se queda con el 30 por ciento de lo producido: unos 60.000 por día“. Aun así, son de los más alentadores, pues hay quienes dicen que un taxista no dueño del carro, en un día entre semana, puede llevarse a casa apenas $15.000 o incluso puede quedar debiéndole al patrón. Y no lo dudo.

Pero en Colombia -y para qué nos decimos mentiras, en la mayoría de este planeta- reducimos una situación tan compleja a un problema de servicio y tratamos de darle arreglo con algún nuevo producto tecnológico o una protesta que sólo da cuenta de la histórica perspectiva egocéntrica del nativo. ¿O me dirán que la gente sería capaz de salir a protestar porque a los taxistas y sus familias se les garantice una vida digna y, en consecuencia, conseguir el dichoso servicio de calidad que añora? No, al colombiano le gusta pelear con el de al lado -en este caso con el de abajo-, antes que enfrentar a quienes la han embarrado históricamente con todos desde el gobierno.

“Hay que reparar antes que innovar”, me decía el diseñador Daniel Lopera, parafraseando a un teórico que admiro mucho y que fuera su mentor en Australia, Tony Fry -quien por cierto, a quien le interese, vendrá a mitad de año a la Universidad de Ibagué. Hoy le veo mucho sentido. A la larga nuestra historia lo demuestra: no reparamos los ferrocarriles; en su lugar innovamos con un jurgo de aeropuertos y hoy pagamos un transporte de carga enfermamente costoso; no hemos reparado Transmilenio, ya queremos innovar con metro -aunque sigo creyendo que lo necesitamos- pero terminaremos atropellándonos al interior de sus vagones; no reparamos nuestra pésima cultura ciudadana pero queremos innovar en nuestras vidas manejando un simplón Audi, demostrando en últimas que el mono, aunque se vista de seda, mono se queda. Y hoy no queremos ayudar a reparar las condiciones de vida de los taxistas, pues seguro nos toca remangarnos y ensuciarnos las manos, pero sí innovamos pagando Uber sin dudarlo, y quién sabe cómo nos cobrará el futuro nuestra nueva brillante adquisición.

Usualmente empiezo mis charlas hablando de por qué decidí no diseñar carros -que era mi pasión absoluta. Cancelé mi sueño al notar que sin una transformación cultural ciudadana de raíz, hasta el carro mejor diseñado del mundo podría ser utilizado de la peor manera por un colombiano. Lo mismo pasa con Uber. Miren no más que el viernes, segundo día de Estereo Picnic, uno de estos salvadores del transporte urbano bogotano dejó plantados a unos amigos, muy a las 3:30am en la grandísima porra, haciéndolos caminar hasta las 190. Y todo por no tener la delicadeza de avisar a tiempo, como el conductor decente, abanderado de la vanguardista plataforma, que no iría a causa del bloqueo de taxis.
¿Qué se puede esperar de una nueva tecnología en medio de una sociedad que no se piensa a ella misma? Una nueva manera de explotarse entre sus individuos: el sujeto de Uber quería cobrarles $80.000 por trayecto al EP. Claro, eso no es atraco; eso es buen servicio.
¿Que el costo de la carrera en Uber es calculada por la aplicación? Perdónenme, pero en una sociedad en donde siempre hemos sabido saltarnos la tecnología y las normas para el beneficio particular, es una premisa bastante ingenua.

“Compra lo nuevo antes de complicarte la vida reparando” es una máxima del consumismo que perfectamente tuvo su parte en la gestación de las guerrillas: desplaza al campesino porque “no presta un buen servicio”. Hoy nos quejamos de nuestra infinita guerrilla, pero no tenemos las bolas  ni los ovarios para revertir una situación actual que puede decantar en lo mismo o cosas peores. No me queda difícil pensar que, a este paso y en poco tiempo tendremos un ejército armado de extaxistas –junto a otro reguero de prestadores de servicios sometidos a la inescrupulosa competencia- que no prestaron un buen servicio y no tuvieron otro lugar para refugiarse o exigir.

¿No será que estamos haciéndole cada vez más daño a esta sociedad formando a las nuevas generaciones para la competencia en el servicio en lugar de hacerlo para la colaboración en la equidad? A mí me late que sí. Y todo porque nos cuesta mucho trabajo pensar que la real innovación no está en la plataforma tecnológica del iPhone o el nuevo Google/Motorola, sino en nuestra capacidad de voltear la plataforma social del produccionismo, de la competencia para el éxito y de la acumulación de capital para la tranquilidad individual.

Que los taxistas tienen que cambiar, es una realidad. Y ojalá lo acordado con el gobierno este fin de semana sea cierto. Pero si los habitantes siguen prefiriendo la asepsia de sus tarjetas de crédito a tomar el cambio por sus manos como reales ciudadanos, este país no tiene escapatoria. Así, toda simpática innovación tecnológica que sea apropiada por nuestra fachada vanguardista, será sabida explotar en los baches de inequidad de nuestra silenciosa e increíblemente poderosa godarria social.

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6 thoughts on “A Uber también lo sabrá destruir el colombiano

  1. Lo mejor que le he leído… Que gran reflexión. Tiene ecos del cuento del ‘sub-software’.

    Me gusta esto: “¿No será que estamos haciéndole cada vez más daño a esta sociedad formando a las nuevas generaciones para la competencia en el servicio en lugar de hacerlo para la colaboración en la equidad?”

  2. Excelente punto de vista y completamente valido, eso si, debo objetar en la parte que dice que el señor de Uber les quería cobrar 80,000 pesos (el señor puede decirles que les cobra 10,000,000 de pesos, pero el que regula es la misma aplicación, así que dejémonos de hablar paja) puesto que yo también asistí al estereo Picnic, y fueron 25,000 pesos, de regreso, tomando en cuenta el maravilloso bloqueo de los taxistas… Ahh pero si ud paraba un taxi alla, y le decía a la 116 de una le decían 40,000 pesos, pero de eso no hablo aca cierto? Seamos objetivos, la razón por la cual aplicaciones como Uber les va bien es porque los mismos taxistas ayudaron a que fuera así, simple. Lo de los cupos y demás que habla es valido, pero sabe de quien es la culpa que un estupido cupo de taxi valga 70, 80 o 100 millones? De los mismos que tienen la propiedad de el, puesto que esto lo controlan PARTICULARES, es así que los que deberían quejarse de que los cupos son tan caros son los mismos taxistas con los dueños de estos cupos… (Oferta/demanda)

    1. Saludo, Santiago. Mil gracias por comentar. Hago un par de anotaciones:

      1. Pienso que creemos en exceso en cómo la tecnología nos salvará de la crítica situación social. Si Uber regula precios y la gente ya está buscando cómo saltarse esa barrera para poner sus tarifas y reglas, calcule lo que puede llegar a pasar después. Insisto en que podemos crear para innovar, pero sobre la base de una sociedad con condiciones como la nuestra, dudo que la tecnología/innovación logre enderezar el camino de mucohs. A eso me refiero con que hay que reparar antes que innovar.

      2. Estuve en el EP, me regresé en taxi y me cobró lo que decía el taxímetro (que no esaba adulterado, creería yo): $19.000 hasta Chapinero. Podemos enfrascarnos en ejemplos de uno y del otro lado, lo pésimo que es el servicio de taxis -en ningún momento he dicho que no lo sea-, lo grandioso que es Uber -lo que pongo en cuestión si se trata de tener fe ciega en la tecnología. Me interesa ejemplificar la condición social que en Colombia da pie a estos casos: ¿por qué no pensar la delicada situación de quienes ya están pensando en aprovecharse de Uber? ¿no está dándonos indicios de lo que peude llegar a pasar si seguimos sacándole el quite a la discusión de fondo?

      3. Por último lo invito a pensar la “objetividad” con que hablamos y si realmente es ley a la hora de debatir. Decir que lo evidente es el diagnóstico acertado, no da cuenta de objetividad, según creo yo. Retomando la anlogía que planteo, sería decir que el dueño de una botica es más objetivo que el médico especialista. Sin decir que uno sea mejor que el otro -ambos dependen de su pertinencia-, me antoja que la cuestión de los taxistas ya debe llevarse a especialistas (revisión social) y dejar de curarla con el antipirético de turno (tecnología). Ahí habría objetividad. Como sea, no creo mucho en ella. Si existiera, Ud y yo no podríamos estar discutiendo. Lo sabroso de esto es, precisamente, la subjetividad.

      Insisto: muchas gracias por tomarse el tiempo de escribir. Espero podamos seguir conversando.

  3. Es un punto de vista tan válido que parece obvio haber visto las cosas así desde un principio. El consumismo a la larga cambió nuestra manera de ver las cosas en donde ahora comprar nuevo es más “económico” antes que reparar… Obsolescencia programada y sus derivados. No tengo punto que objetar, a excepción del cobro de Uber, es cierto lo que dice un comentario anterior, el precio lo dicta el app.
    De la raíz de la legislaciones e instituciones es de donde se derivan los problemas como este, y como punto aparte, yo sí creo en la cultura de legalidad de Antanas.
    Fuerte abrazo, me gustó mucho su post.

    1. Saludo, Unmultimedio.

      Repito el comentario que hice al que sumercé respalda, escrito por Santiago: Pienso que creemos en exceso en cómo la tecnología nos salvará de la crítica situación social. Si Uber regula precios y la gente ya está buscando cómo saltarse esa barrera para poner sus tarifas y reglas, calcule lo que puede llegar a pasar después. Insisto en que podemos crear para innovar, pero sobre la base de una sociedad con condiciones como la nuestra, dudo que la tecnología/innovación logre enderezar el camino de mucohs. A eso me refiero con que hay que reparar antes que innovar.
      El caso que cité de los aeropuertos de Rojas Pinilla frente al ferrocarril, es uno de muchos. Es algo que viene replicándose históricamente y mi temor está en que tal vez pase más ahora, puesto que la infraestructura digital es mucho más fácil de implementar que las infraestructuras de transporte. Precisamente por eso, creo yo, dar pasos en innovación tecnológica hoy, implica una revisión mucho más juiciosa con respecto a nuestra capacidad social de asimilarlo correctamente.

      Por último, yo también creo en el concepto de la cultura de la legalidad de Antanas; a la larga hay que apostarle como sea a esa meta. Pero me pregunto qué tan viable es en estos momentos en que los valores ya no son los mismos. Varios psicólogos (Paul K. Piff, Robert Hare, Paul Babiak, entre otros) dicen algo similar a lo que sumercé plantea (“el consumismo cambió nuestra manera de ver las cosas”), pero se centran en la psique y los valores, y la relación es directa con el neoliberalismo. En ese marco, una suerte de psicopatía (Hare, Babiak) se ha desencadenado gracias a la competencia (a la cual le hemos creído a ciegas en el discurso del progreso). Por eso me pregunto qué es necesario hoy para poder tener una cultura de la legalidad. ¿Deberá cambiar elmarco legal? ¿deberá haber mayor equidad? ¿mejor redistribución del capital? ¿otros cánones de éxito para nuestros estilos de vida? Creo que todas las anteriores, yseguro muchas otras más, deben darse para poder apuntarle a eso. Pero como están las cosas hoy, ¿quién que deba comer -o incluso quiera tener los lujos de otros- va a hacer una reflexión sobre sus valores antes de vincularse a lo ilegal? Creo que la respuesta la vemos en las calles. Esto excedió hace rato los límites de nuestra pasada de moda moral.

      Mil gracias por comentar. Por favor siga conversando cuando quiera. Saludos.

  4. Reblogged this on Blog de opiniones and commented:
    Porque innovamos, pero no nos preguntamos en detrimento de quien; y no hablo de los monopolios, ellos pagan quien los defienda, sino de la gente de carne y hueso que en últimas es la que hace todos los productos y servicios y consumimos.

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