99 días sin Facebook (o el derecho a las empresas de resistencia)

(Banda sonora de escritura y lectura, si le antoja: Arcade Fire – Reflektor)

(Nota: para esta columna, las cursivas dan cuenta de mi sospecha sobre la universalidad de los conceptos literalmente torcidos)

En una de nuestras últimas charlas con Alfredo recordábamos que hay quienes aseguran que el no progreso de Colombia radica en que cuando uno de nosotros asciende o crece, los otros, en lugar de animarse a progresar, procuran impedir su fortuna. Como ejemplo Alfredo citaba una pregunta que le hacían a Iván Cortés, fundador de la Revista ProyectoDiseño, cuando ésta se acercaba ya a sus veinte ediciones: “¿Y la revista todavía existe?”. Si bien pareciera no haber acciones en contra de Iván y su empresa, el tono de la pregunta ya representa suficiente: da cuenta de esperar el fracaso del otro porque el éxito de su empresa seguramente significa esfuerzos que no estamos dispuestos a librar y que sabemos tienen mérito en nuestro contexto; entonces preferimos que en otro tampoco se den.
Yo no lidero una empresa como la de Iván ni persigo su éxito; mis empresas son más pequeñas, casi íntimas, pero las preguntas por mi fracaso no dejan de parecerse a la que le formulaban a él.

La empresa de resistencia

No tuve cuenta en Facebook sino hasta finales de 2007 ni teléfono celular hasta 2009. Esas son algunas de mis empresas discutidas. ¿Por quién? En este caso el cuestionamiento era inverso al del ejemplo de Alfredo: no venía de quienes no habían llegado a la misma posición de reconocimiento, sino de quienes ya la tenían con su celular o cuenta.

La razón de resistirme al celular es que detesto sentir que debo estar a disposición de otros. Sea quien sea, no hay nada más molesto para mí que no poder pasar un instante sin ser encontrado para las urgencias (usualmente superfluas) de otros o, en su defecto ser reprochado por no atenderlas. Ante esto varios me dijeron “pues lo apaga y listo”, pero oh, no… ¡no señor! Uno no puede apagar ese aparato sin recibir reproches. Por eso preferí no tenerlo y, contra los pronósticos y cuestionamientos, sobreviví: mis clientes no se ahuyentaron, mis jefes no me echaron, mi novia no me terminó y lo más importante, mi mamá no dejó de quererme ni de contar conmigo. ¿Que qué pasaba con las emergencias? Fui afortunado y nunca hubo una en ese tiempo, pero puedo decir que si la hubiera habido, seguro se habría podido solucionar por otra vía.

Mi primer celular apareció cuando salí del país y no tenía teléfono fijo en mi apartamento, cosa que se repetiría al independizarme a mi regreso a Bogotá. Durante los años anteriores de auge de la tecnología, siempre hubo quien intentara convertirme y aún hoy, cuando me encuentro con quien no veía hace tiempo, dicen cosas como “y qué, ¿sigue con la pendejada de no tener celular?”. Por supuesto, cuando se enteran que ya tengo, antes que interesarles mi número, tienen que decir “es que así es la vida… ¡toca!” o “jajajaja, ¿si ve? ¡Por fin cayó!”. Como es obvio, sólo después de mofarme me piden el número, pero no recuerdo el primero que lo haya usado.
Igual fue con mi primer teléfono pseudointeligente. Al ver mi número en Whatsapp más de uno se apresuró a hacer comentarios idénticos, haciendo alusión a mi poca voluntad, seguramente porque alguna vez dije que no tendría bichos de aquellos. Bajo el pretexto de tener una cámara conmigo –pues me las doy de etnógrafo amateur- me decidí por un tiesto de esos. Al mes de tenerlo y debiendo aún dos cuotas, me lo robaron a mano armada. No me enfrascaré en si es que disfruté que me pusieran un arma en la cara por quitarme lo que era mío, pero agradecí no tenerlo más (no el acto delictivo). Reconocí que vivía idiotizado por el bicho aquel dejando de hacer cosas que resultan más satisfactorias y provechosas (ojo, no productivas). En mi caso, por andar pegado a él, había dejado de leer en Transmilenio –ya escribiré sobre el desprendimiento de retina que muchos argumentan cuando digo esto- y lo más grave, había parado de observar la ciudad, cosa que claramente resultaba paradójica.

Con mi cuenta de Facebook no fue distinto. Hoy, ojeando en los comentarios de diciembre de 2007, mes en que la abrí -buen tiempo después de que la mayoría de mis cercanos ya tuvieran la suya-, me encontré con cosas como (texto original)“rucho rucho rucho!!! Jajaaj tienes Facebook hace 3 días y no lo sueltas.. imagínate cuando tengas cel!”; “Holaa Holaaa… Bienvenidooooo.. no lo puedo creer.. Todos mal o bien terminamos cayendo en la tentación, no??”; “JAJAJAJAJA ciste… lo q ltaba (viste… lo que faltaba). me dio mucha risa cuando vi tu invitación, bienvenido al mundo del Feisbuk, y estoy de acuerdo con tu amiga solo te Falta celular y mejor dicho completamos la dicha. jajajaja cuidate”; incluso recordé una iniciativa de un viejo amigo creando un grupo llamado Estrategias para conseguirle a Cristiam Sabogal un CELULAR, el cual ya no existe.

Aunque los tonos han sido en su mayoría afectivos tanto para el caso del celular como el de Facebook, no deja de parecerme extraña la amplia tendencia a celebrar lo que se supone es mi rendición ante estos. No negaré sentirme bien con esas palabras de recibimiento ni tampoco –aunque lo dudo- haber dado bienvenidas similares a nuevos adeptos a la red social –eso sí, seguro nunca al celular. Pero el fin de esas resistencias, por momentáneas o efímeras que parecieran, es lo que dan para pensar y echar eso a la basura es una gran pérdida.

Por eso me pregunto por qué generaba tanta dicha en los ya adeptos, independientemente de nuestro vínculo afectivo, el ingreso a Facebook o la adquisición de un celular. Claro, la dicha podía estar relacionada con tener más medios -¿o mass media?- para comunicarnos, pero no puedo evitar atarlo a aquella pregunta, recurrente en nuestro contexto, que en casos como el de Iván y la Revista se formula. Lo interpreto entonces como algo digno de ser pensado, pues me resulta fuerte lo que como sociedad significa celebrar el fracaso del otro en empresas que, aunque seamos conscientes de cómo pueden afectar nuestra cotidianidad, no muchos estamos dispuestos a echar a andar.
¿Es posible, entonces, que prefiramos vernos todos sumidos en el mismo desastre, que ver algún modesto intento porque alguien, así sea solo y por un tiempo, busque otras opciones y encuentre otras alternativas de vida?

En mi regresión feisbuquera encontré que un mes después de iniciarme allí ya estaba intentando zafarme del vicio que éste suponía. No deja de asombrarme que ante ese intento fallido alguien escribiera (ortografía original): “Por lo que veo tu rehabilitacion con el cara de libro no esta sirviendo de a mucho jjajaja por experiencia propia no lo intentes!!! Jajaj”. Seguramente le creí y no lo volví a intentar sino hasta hace ciento un días cuando, por motivos personales que seguramente me dieron más fuerza, me uní al experimento 99 days of freedom.

Cumplido ese tiempo, sí, vuelvo a Facebook, pero pienso que vuelve otro yo producto de la acción misma. Por supuesto, quienes leen esto y están contactados conmigo o con Creatorio, pueden saber que no lo cumplí a cabalidad y no lo justificaré; sé que de alguna forma fracasé. Sin embargo, aunque esto sólo debería importarme a mí para revisar futuras acciones, sospecho que, de no existir este texto –ya veremos si aún con él-, sería probable ver a varios colgándose de eso para decirme, jocosamente, que fracasé y que se sabía; que no tenía voluntad suficiente para lograrlo o, acaso entre líneas, que por lo menos no tenía más que quienes no lo intentaron.

El asunto, mi asunto, no tiene que ver con una competencia de voluntades. No soy más ni menos ni mejor que otros que no lo intentan, pero creo necesario reivindicar el derecho a hacerlo sin temor a ser visto como un jocoso fracaso público que devuelve al otro a la media general.
Así como la mayoría reconocemos fácilmente que el éxito de la empresa privada es importante para el progreso occidentalizado del país, démosle crédito o al menos espacio a quienes echan a andar su pequeña empresa de resistencia. Y si no las consideramos plausibles, como seguro sí las del progreso, al menos dejémoslas vivir sin esperar el momento de celebrar su hundimiento. Pensemos por una vez que desde nuestros populares estilos de vida, nos es bastante difícil saber cuándo necesitaremos alternativas que sólo aquellos encontrarán al decidir recorrer caminos inhóspitos para nuestra ya inviable mentalidad.

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