Lo tergiversable del emprendimiento

En abril de 2009 estuve en un evento llamado Pensar el Presente. Aquel espacio, organizado por La Casa Encendida –de la Obra Social Caja Madrid- y el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León (Musac), tenía como pretexto debatir acerca del nuevo orden social, en permanente cambio y transformación, y de los retos que esto presenta para las artes. Aunque el evento estaba lleno presentaciones de celebridades del medio, no fue una de ellas la que más se grabó en mi mente sino por el contrario, fue una de las intervenciones de uno de los espectadores. Aquel hombre, que de haberme cruzado en la calle habría pasado por alto, resultó ser un ingeniero industrial brasilero con un diletantismo que brotaba por sus poros. Más allá del bien y del mal, el sujeto de unos setenta años formuló una pregunta que hasta hoy sigo queriendo agradecerle en persona: ¿no viene a ser lo mismo invertir 80 millones de Euros en un jugador de fútbol que en una obra de arte? Por supuesto, primero hubo silencio. Seguramente no era la primera vez que se lo preguntaban en público a un grupo de artistas y pensadores de gran trayectoria, pero sí parecía que era la primera vez que se lo preguntaran a ellos. Aquellas personas, a quienes en los intermedios uno oía hablar de sus galerías y los exorbitantes precios que habían conseguido por sus piezas, pronto se vieron enfrentadas al debate.

No recuerdo con precisión qué más se dijo en el cruce candente de juicios, pero probablemente no hubo algo que pesara más que los argumentos de aquel ingeniero de quien lamento no recordar al menos el nombre. Son lo mismo –decía-; ambos causan la misma inequidad.
Lo que hoy nos es más fácil reconocer gracias al contundente libro de Thomas Piketty, aquel hombre –así como seguramente muchas otras personas- ya lo sabía por la experiencia, por la vida. Grandes transacciones que alimenten la acumulación de capital, sin importar siquiera cómo las ensalcemos con valor intelectual, artístico e incluso sensible, o si hacen o no parte de fundaciones pro-exención de impuestos u ONGs, irán directamente a aportar a la inequidad en que vivimos

Lo complicado es que esa inequidad, la que no nos deja vivir tranquilos en la vía pública, en cajeros, restaurantes, universidades y ni siquiera en casa, se da mientras la acumulación se nos presenta como única vía para adquirir la añorada tranquilidad y como representación del éxito y el reconocimiento social por excelencia. Por esta razón, aunque resulte indirectamente alimentando la inequidad y la intranquilidad, se vuelve propósito de una gran masa de emprendedores.

Vean oportunidades en lugar de problemas, reza una de las máximas de las disciplinas proyectuales, de sus docentes y, por supuesto, de quienes añoran con el ambiguo término de empresa –aun cuando ni siquiera sospechan de qué quisieran vivir- y la mencionan cada tanto como si se tratara de una receta infalible para el triunfo en la abundancia. Con esa carga de optimismo y vestidos con el incierto salvavidas del emprendimiento, un montón de muchachitos son lanzados al voraz océano del capitalismo para ver quién sobrevive y así tomarlo como ejemplo de éxito para tener cómo alimentar las ilusiones de otra gran cantidad de potenciales náufragos.

Veo con preocupación que quienes fomentan el emprendimiento, usualmente pasan por alto lo que realmente implica aquello de oportunidades en lugar de problemas. Olvidan que hay una fuerte diferencia entre la oportunidad de negocio y la de transformación social, y entonces, o se engolosinan hablando de la primera o las mezclan para sugerir una suerte de altruismo inocuo. No mencionan que mientras una oportunidad de transformación prioriza un beneficio común para quienes viven el problema, la de negocio se concentra en el beneficio del fascinante observador que la identificó –quien por supuesto merece gran retribución por su logro. Ni tampoco señalan que mientras en la de cambio el rédito económico del empresario se produce como consecuencia del beneficio común, en la de negocio el rédito mismo es el fin. Y si esto no sucede, aún con mayor dificultad se llegará a debatir acerca de la suficiencia de la ganancia y el impacto social que su exceso pudiera tener. Así, cualquier buen observador, cualquier sujeto sensible hábil para identificar problemas sociales que requieran atención pronta y que tenga capacidad de agencia, modificará el problema –en el mejor de los casos inconscientemente- hasta que su abundante ganancia –en ocasiones llamada sostenibilidad del modelo de negocio- esté asegurada.

¿Por qué tergiversamos con tanta facilidad las causas sociales en función de las empresas? Porque la imagen de éxito de estas últimas no está en su capacidad de transformación social sino en los extractos de la cuenta bancaria. Igual sucede con los empresarios, pues si consiguen agencia creen que debe verse compensada monetariamente por el gran esfuerzo que esto haya significado, como si una vida modesta y cómoda, beneficiada colateralmente por la transformación social, no fuera suficiente compensación.

El emprendedor social, por lo tanto, no puede dejarse confundir por las oportunidades de negocio, ni mucho menos debe alardear con la transformación social conseguida para exigir retribuciones económicas que, como dijera el ingeniero brasilero, generen otra inequidad que no concibamos posible por proximidad. Así como tampoco puede dejar que las empresas sociales, en su alto valor y gran vulnerabilidad, sigan siendo usadas para el enriquecimiento, la exención de impuestos o para alimentar el altruismo ya tradicional de las grandes celebridades que, donando el 2% de sus ganancias anuales, se hacen a un espacio de algunos minutos en las asambleas de los organismos internacionales para pregonar que hay que cambiar el mundo.

No obstante, esto debería ser base de todo emprendedor, no sólo de los sociales. Sin embargo, cada vez me convenzo más de que cuando ponemos un nuevo apellido a un oficio, estamos demostrando que nunca fuimos capaces de ejercerlo holísticamente, de hacerlo bien. Por eso habrá que seguir redundando.

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