Pablo y la Argentina

No sé si puedo atreverme a llamar a Pablo “amigo”. Lo hago porque soy un confianzudo y porque así lo siento, pero la verdad es que no he compartido tanto con él como quisiera. Cuento acerca de Pablo porque hoy me tomé el atrevimiento de pedirle que me permitiera postear un texto que acaba de publicar en su cuenta de fb para que sus palabras le den algo de sabor a este blog. Leerlo siempre es grato para mí y lo que escribió hoy da luces de algo que muchos colombianos, apresuradamente, malinterpretamos: el sentir argentino por el fútbol y por su tierra. Por eso comparto este texto que, al menos a mí, me hizo volver a sentir -como cuando estuve tres cortas semanas allá y me trataron como a un conocido de toda la vida- que la soberbia que vemos en los argentinos no lo es tanto. No siendo más de mi parte…
“Desde que tengo uso de razón mi papá, argentinísimo, inculcó en mí, además de millones de cosas, una pasión extraplanetaria por el deporte y por Argentina. Argentina era ir todos los domingos a jugar “a la pelota”, patear “al arco” y no a “la cancha”, era pelear con mi hermano por quien “atajaba” y no quien “tapaba”. Eran historias de Bochini que nunca se fue de Independiente, y de vivir en carne propia el mundial del 78. Argentina era mi abuela y sus azulísimos ojos, mis primos, todos ídolos del universo, y de mis tíos atemporales. Dulce de leche y chocolate en rama.

Argentina era encerrarme en el baño 5 horas a llorar con el gol de Bergkamp en el mundial del 98. Y de llorar en los brazos de mi papá cuando Roa le atajó ese penal a los ingleses en ese mismisimo mundial. Argentina era no entender nada en el 2002, y romper una puerta con la pincelada de Maxi Rodríguez en el 2006. Palermo en la lluvia gritando ese gol contra Perú en el 2009. La vergonzosa puerta de atrás que tuve que atravesar en el 2010. Eso era Argentina.

Para la mayoría de la gente, amigos, conocidos, y compañeros de equipo, lo mío era una obsesión arrogante y exitista. Pero más que una obsesión, una elección. Para todos yo había elegido sentirme así. Y jamás fue una elección. Argentina nunca fue una elección. Llámese genética, llámese nurture vs. nature. No lo sé. Pero nunca fue una elección.

Nadie entendía (y pocos entienden) por qué yo llevaba otros colores cuando había nacido en Colombia, y había hecho toda una vida ahí. Toda la vida sufrí burlas, y vi a colombianos hinchar a muerte por Brasil y Timbuktu con tal de ver perder a Argentina. Nunca lo pude entender.

Ahora que Colombia juega un mundial después de 16 años me lleno de orgullo al ver la tabla de posiciones. Los goles los grito y los seguiré gritanto a muerte. La relevancia socio-cultural de cada uno es innegable. Colombia es un país que necesita desesperadamente algo de amor propio; algo que, para ellos, acá en el sur sobra en demasía.

Aún así, debo admitir que siento cierta tranquilidad. Cierta alegría de que el balance kármico se cumpla, así sea en los detalles más triviales. Ojalá nunca se olviden que lo logrado es trabajo tanto de quienes juegan, como de Jose Nestor Pékerman, argentínismo técnico que ayer lloraba mientras decía que se sentía colombiano. Ojalá que a toda la gente que alguna vez se alegró de mi sufrimiento “argentino” se le impregne esa imágen de Pekerman ayer.

Su corazón, como el mío, está dividido a la mitad. Así fue desde siempre. Estoy a mitad de camino, pero por alguna razón, la celeste y blanca siempre tiró más fuerte. Nada puedo hacer al respecto.

VAMOS ARGENTINA, CARAJO.”

Pablo Gutiérrez, 25 de junio de 2014 (en medio del mundial)

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