Diseño a veintidós manos: un agradecimiento a Bicicírculo Urbano

Más de una vez escuché a algún colega docente diseñador decir que “uno no debe sentarse a diseñar con los estudiantes”, que “uno no debe hacerles la tarea”. Esa afirmación siempre me puso en cuestión porque pareciera que la hubieran tenido por máxima todos mis profesores en la Universidad. Fue muy rara la vez en que uno se sentara a mi lado a resolver los problemas que yo tenía. Las retroalimentaciones eran caracterizadas por la voz de un profesor que decía qué era lo que había que cambiar, qué era lo que no era pertinente y en su mayoría eran anotaciones meramente verbales. Ni una pinche rayita en la plancha.

No digo que esto esté bien ni mal (sospecho que puede ser mejor, eso sí, pero aún no tengo las herramientas para justificarlo). A la larga soy, en parte, producto de esa formación y no salí tan mal –creo-, pero muy rara vez  vi a alguno tomando un esfero para rayar mis dibujos con ajustes o nuevas propuestas. Es decir, con lo que considero diseño en sí mismo (claro, ¡ya entendí que no me harían el proyecto!).

 

Pues bien, hace ya casi dos años, en agosto de 2012, empecé a dar un taller en la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano llamado “Objeto y forma” en el que por primera vez (y francamente, casi la única) pude darme el lujo de sentarme a diseñar, como casi nunca lo hicieron conmigo, con mis estudiantes. Claro, habrá que ver quiénes de ellas lo notaron (la mayoría eran mujeres, así que decidimos que seríamos un grupo femenino) o si fue tan trascendental para ellas como para mí, pero le adjudico a ese hecho (además de que apenas éramos once, que administrativamente es inadmisible pero académicamente todo un placer) muchos de los logros conseguidos por ese colectivo que luego se llamaría Bicicírculo Urbano.

 

El proyecto de aquel curso era bastante puntual: explorar tanto estética como morfológicamente la construcción discursiva de cada una reflejándola al final en un producto llamado bicicleta.

No éramos, ni mucho menos, las únicas trabajando alrededor de la bicicleta en las escuelas de diseño colombianas. Por el contrario, es algo bastante recurrente, pero creo que por la sinergia y el producto logrados en el –casi literal- taller Objeto y Forma, la bola fue rodando y una persona le fue contando a la otra lo que hacíamos: Mariana Buraglia le contó a Virginia Gutiérrez, quien a su vez le dijo a Santiago Palazzesi y él a Julie Cangrand, que nosotras estábamos diseñando bicicletas. Por el camino la información también llegó, entre otras personas, a Elizabeth Rodríguez, y fue así como, gracias a todas, llegamos por un lado a la exposición Bikefriendly de la Cámara de Comercio de Bogotá y por otro a una publicación en la edición número 84 de la Revista ProyectoDiseño.

 

Sin embargo hay un asunto que hoy tiene que hacerse público, pues es imprescindible dárselo a conocer a ellas, ya que lo considero, al igual que los anteriores casos, como un logro compartido: durante ese semestre yo también estaba llevando a prototipo en Creatorio, con mis socios y amigos de toda la vida, la primera bicicleta que pusimos en producción. Cada una de las rayas que hice llegando al añorado keysketch tuvo que ser influenciada por lo que pasaba en ese salón de clases. Es imposible que no haya sido de esa manera. Por eso mi gratitud con ellas: porque de no haberse dado ese curso, con esas diez personas, en ese momento, quién sabe si el resultado en Creatorio hubiera sido tan exitoso.

 

Aquella bicicleta, esta misma noche estará, junto a los demás productos nominados en la categoría Diseño Industrial del área Producto –Haceb, Essenses, EcoZoom y Parque Explora-, esperando el veredicto del Colegio de Jurados del Premio Lápiz de Acero. Sea lo que sea que pase, los logros alcanzados tienen que ser compartidos, así como con Industrias Román y Energía y Movilidad que nos apoyaron incondicionalmente, también con ellas.

 

Por eso este escrito era tan urgente como importante. De hecho, hay que decirlo, es por ellas que aquel primer prototipo nuestro pudo hacer parte de la muestra Bikefriendly, pues lo acogieron como parte del producto de su equipo, como parte de Bicicírculo y democráticamente acordaron su participación.

 

Mil gracias, pues, a Mónica Marconi, a Maria Alejandra Tovar, a Ana María Kalvo, a Camila Jiménez, a Pablo Másmela, a Maria Paula Cely, a Christian Ardila, a Maritza Jaraba, Jessica Vargas y a Maria Fernanda Soriano. Ya veremos esta noche si Bicicírculo Urbano puede darse el lujo de decir que tiene un Lápiz de Acero.

Y sí, aunque no haya podido hacerlo –aún- de nuevo o como aquella vez, algo me queda para decirle a mis colegas docentes diseñadores: vale la pena sentarse a diseñar con los estudiantes. Lo aprendido es inimaginable.

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