Cantaleta a un editorial de “Clopa”

(Reacción a esta columna de José Clopatofsky: http://www.motor.com.co/editorialmotor/doce-alcaldes-en-14-anos_13722335-4 )

 

“… ¡pero Clopatofsky se las cantó clarita!”, decían unos señores que estaban un puesto adelante mío en la fila del supermercado. Lo decían sonrientes, seguros, casi extasiados por encontrar una voz contundente que representara sus preocupaciones. “¡Es que no son gerentes! No saben lo que la ciudad necesita; ése Transmilenio es llenísimo, además uno tiene que llevar los niños al colegio”, continuaban mientras yo me preguntaba de qué hablarían esos dos. Resultó ser de la editorial que José Clopatofsky escribió en la edición del 26 de marzo de 2014 de su revista Motor: “¡Doce alcaldes en 14 años!”

La busqué, la compré y no me aguanté las ganas de rayarla. Bajo su protesta, aparentemente racional, divisé un discurso casi sectario por los automóviles y el concreto que les permite rodar. Claro, esto puede ser obvio para los que, como yo, vivimos de revisar la forma en que nos movemos en las ciudades, pero para el lector desprevenido y con carro, no es más que un apetitoso bocadillo lleno de razones para exigir alcaldías que prioricen el automóvil particular –de nuevo-, y eso es lo que me interesa controvertir.

 

Clopatofsky es vocero de lo obvio, de lo común que cualquier adicto al automóvil podría querer. Él encuentra en los alcaldes de nuestros últimos 14 años una serie de desadaptados que no amplían las vías, no construyen más puentes, ni autopistas de dos pisos. Yo no digo que sus obras hayan sido la panacea, pero claramente él no discute lo logrado en términos generales, sino lo sacrificado para sus lectores. Lo resume todo en su máxima: “el progreso no solo es social. También lo debe ser de cemento y pavimento”. Y suena bien, casi como eslogan para candidatura a la alcaldía, pero me recuerda la estrategia de Oscar Iván Zuluaga cuando habla de educación: apunta a algo en lo que todos estamos de acuerdo, pero sin anotar que la cuestión es la forma final, el direccionamiento y los mecanismos para conseguirla.

Por eso uno no puede decir a priori que Clopa esté desfasado. El hombre puede tener razón en algunas cosas (a mí, particularmente, me produce escalofríos lo de las autopistas de dos pisos), pero cuando empieza a aparecer la forma, se puede entender la diferencia en la perspectiva y la ciudad hacia la cual apunta.

 

“Ojalá quienes pasen por este cargo hasta el final de este tormentoso periodo que se suma al de Moreno, pongan algo de gerencia, de visión, de sentido común, de amor por la ciudad –dice hablando de cuatro virtudes que parecen ser sólo demostrables con cemento y pavimento-. Es urgente que piensen hacerle obras viales en grande y con criterio, dejando de lado el prurito obtuso y reaccionario de que el carro particular es el gran enemigo de la ciudad y pertenece a un estrato burgués que no merece atención sino rechazo cuando es al revés: la ciudad se surte de sus tributos y lo tratan a las patadas”.  Imaginé inmediatamente a los señores de la fila –y a los otros fieles lectores- sonriendo, asintiendo con la cabeza y llenando su espíritu de verdad.

Para comprender más de la forma planteada por Clopa, fui al diccionario para poder saber que con prurito se refiere al “deseo persistente y excesivo de hacer algo de la mejor manera posible” (RAE), y comprendí que si dice de aquél que es “obtuso y reaccionario” es porque reconoce una buena intención detrás, pero con poco de aquella visión y gerencia.

No puedo dudar de las intenciones del director de la revista, porque no lo conozco y de lejos hasta me cae bien, luego creería que en él también yace un prurito (aún dudo si sé usar bien la palabra) porque la ciudad funcione mejor, pero déjenme dudar que sea uno menos obtuso que el que critica. Yo no entiendo cómo puede juzgar como cerrada una visión que contempla más actores en movilidad que la que él sugiere.

 

El carro particular no se trata como enemigo por pertenecer a un estrato burgués sino por hacer parte de un imaginario burgués que aparece en el colombiano en general, sin distinción de estratos ni credos. Ahí es en donde está lo complicado. Y precisamente por eso le doy la razón en que no debe ser presa del rechazo, sino que se le debe prestar atención… ¡y mucha!

He sostenido en varios espacios que la influencia que genera la estructura de poder del automóvil –la publicidad, el periodismo especializado, la misma ciudad, el petróleo, las compañías productoras, los diseñadores, los ingenieros, etc.-  en los habitantes de una ciudad, no puede ser tratada menospreciando a los usuarios y compradores. Al contrario: ese gran monstruo que nos domina requiere acciones mucho más robustas y seductoras que el simple desprecio.

 

No podemos hacernos los de la vista gorda cuando de inmovilidad, como él la llama, con respecto al carro se trata. Yo no soy enemigo del automóvil: ¡me encantan! Pero, joder, hay que procurar usarlo sensatamente. De hecho hay que construir esa noción que plantea al principio de “ciudadano con carro”, pero en un sentido crítico real. La ciudadanía no se trata únicamente de cumplir deberes tributarios, respetar las normas de tránsito y hacer vigilancia de las acciones de la administración de turno; tampoco es un acto que deba ser diferenciado por religión, raza, preferencia sexual o política y mucho menos, por las posesiones. Es algo que debería estar en la base de todo aquello. Por eso no entiendo la expresión “ciudadano con carro”. ¿Tiene acaso más derechos en la vía pública alguien que usa un carro a alguien que no? ¿Tiene menos responsabilidad en el impacto generado alguien que maneja su automóvil particular que alguien que no tiene, simplemente porque paga impuestos de rodamiento? ¿A caso eso lo exime de ser consciente de la forma en que afecta la movilidad de los demás ciudadanos? Lo dudo, pero siempre lo hemos abordado con esa ligereza. Hablar de la ciudadanía de quienes tienen carro implica una responsabilidad, una consciencia colectiva que no hemos querido tomar con carácter.

Abundan las estadísticas que demuestran que una persona con vehículo consume 9 veces más energía, contamina 14 veces más y genera 15 veces más accidentalidad que una persona que no tiene carro; también anotan que ocupa 10 veces más espacio público que el peatón, ciclista o usuario de transporte público colectivo, pero claro, ¡como pagan impuestos se compensa!

Con su texto, que superficialmente es un acto de legítima defensa a los intereses de  quienes juiciosamente pagan sus deberes tributarios para poder usar sus automóviles, también es fácil seguir alimentando esa idea de que quien paga tiene derecho a afectar la movilidad de los demás.

 

Yo creo que muchos de aquellos que el Sr Clopatofsky llama con desdén expertos en movilidad, tienen carro y se comportan genuinamente como ciudadanos; piensan en cuándo es pertinente usarlo tanto en beneficio común como propio, sin dejar de cumplir los deberes ni de exigir los derechos que antaño se han estipulado. Eso me hace decir que los estudiosos que él señala no deben hacer caso a su sugerencia de especializarse en inmovilidad. Por una parte, porque perfectamente están más cerca de su propio concepto de “ciudadano con carro” y por otra porque en ese campo ya hay bastantes profesionales: se llaman diseñadores e ingenieros automotrices, publicistas, expertos en mercadeo y periodistas –claro, hay excepciones-. De hecho tiene todo el sentido que haya titulado su conferencia por el lado de la inmovilidad. El problema es que, aparentemente, no sabe realmente por qué lo hizo. Cree que lo construyó como parte de un statement crítico y político, pero a mí me antoja que fue porque la inmovilidad la lleva en las páginas de su revista.

 

Chris Morfas, activista norteamericano de la bicicleta dijo en alguno de los encuentros en que estuvo presente las últimas semanas en Bogotá, que una estrategia para incentivar los medios alternativos era que las grandes personalidades del país se decidieran a dar ejemplo. Yo me pregunto si el popular Clopa se le mediría a andar en bici, transmi, SITP  como el ciudadano con carro que yo quisiera ver. Creo que es una invitación que dejaré abierta con el hashtag #QuieroaClopaEnBici por si alguien más lo quiere convidar. Y, por supuesto, que nos regale una que otra fotico.

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2 thoughts on “Cantaleta a un editorial de “Clopa”

  1. Me pregunto (una de esas preguntas bobas formuladas por alguien que no estudia el tema, sencillamente observa, y que puede llegar a sonar simplista) por qué hay trancones, si todos los carros van para adelante?

    Se supone que un carro ocupa un carril, y el dicho automovil tiene como función acelerar, por qué habría de frenarse una vía de un solo carril, si todos están avanzando (depronto alguien frena un poco, pero para girar nada más), no será que el problema es mas bien de que los que tienen carro no saben usarlo? no saben conducir? que en vez de hacer autopistas de 5 carriles, sería mejor enseñarle a la gente a manejar?

    Y traslado el mismo problema a los ciclistas y a los peatones. Como peatón, me indigna la cantidad de ciclistas que en cualquier momento le pueden mandar encima a uno la bicicleta, sencillamente porque la imprudencia o el afán les gana, y los peatones tampoco nos quedamos atrás; utlimamente quedo asombrado como, sí el semaforo peatonal está en rojo, la multitud de gente que espera para cruzar se manda como manada de cebras atravesando un río infestado de cocodrilos (y no puedo ocultar que muchas veces lo hago y creo que por afán o inconsciencia es probable que lo siga haciendo) provocando obviamente trancón, porque los carros que tenían que avanzar, ahora deben frenar para no llevarse al grupo de atarbanes que pasamos la calle sin pensar.

    Cada cual siempre defenderá lo suyo, los partidarios del carro, pedirán vías más grandes y de 5 pisos si es necesario (de ser posible una autopista para cada carro, eso sería un gran logro del progreso urbanistico), los de las bicicletas pedirán ciclorrutas de cuatro carriles por toda la ciudad y los peatones pediremos un andén de 15 metros de ancho para que no tengamos que esquivar a la gente al caminar.

    Echarle la culpa a los otros, como Clopatofsky lo hace, es muy colombiano, delegar responsabilidades, es un arte patrio, siempre la culpa la tiene el otro, que mire él como me encuentra la solución porque yo soy el ciudadano de bien.

    Sería genial empezar a ver que es lo que hacemos nosotros, porque no creo que el problema sea un solo ladrón en el gobierno que se roba la plata de las obras, creo que el problema también somos los otros 8 millones que nos tiramos la ciudad porque el egoísmo nos gana.

    1. Yo haría énfasis en que aquello de “saber usar el carro” no sólo es relativo a manejar “bien”, a cumplir las normas, a procurar evitar el tráfico. La densidad de automóviles en las calles hace que, por más que manejemos como indican los códigos, haya estancamientos (estos se dan debido a la cantidad y consecuente imposibilidad de sincronización). En ese sentido, “saber usar” se refiere también a pertinencia. Cuándo debo/puedo usar el carro en función del beneficio colectivo es un acto que aporta fundamentalmente a la ciudadanía. Ahí concuerdo con su cierre: hay que revisarse uno mismo como actor en el espacio público, sea cual sea el vehículo o el modo de andar.

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